10 de septiembre de 2017
XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Año A
El capítulo décimo octavo de Mateo contiene el cuarto de los cinco discursos de Jesús relatados por el evangelista. Es el así denominado discurso eclesial, que toca el tema de las relaciones entre los miembros de la nueva comunidad nacida de la Pascua del Señor.
Y hablando de relaciones, no puede faltar una reflexión sobre el mal, sobre el pecado, sobre la lucha de encontrarnos y vivir juntos. Una de las preguntas que toda proposición religiosa debe saber responder es precisamente esta: cómo lidiar con el mal que se insinúa dentro de la experiencia humana. El mal está ahí, y hacemos experiencia de ello a diario.
En el Evangelio de hoy, Jesús dice que enfrentar este problema requiere un trabajo largo y agotador: no es algo que se resuelva en un momento.
De tal manera que, si un hermano se equivoca conmigo, paradójicamente, a quien le espera el trabajo por hacer es a mí y no él. La lógica humana quisiera hacer dar el primer paso al que hizo el mal. Para Jesús no es así: quien ha sufrido el mal tienen el deber de poner en acto una serie de acciones, porque el hermano en peligro es el autor del mal, no el que lo sufre. Quien lo ha sufrido no tiene ningún otro derecho que ayudarlo.
Éste (quien ha sufrido el mal), debe entonces “ir” y abordar al otro por su cuenta, para “amonestarlo” (Mt 18,15). Debe abandonar su posición de persona ofendida que se queda varada a la espera de las disculpas del otro, debe descender desde esa posición de seguridad, del quien tiene razón, debe ponerse en camino para saber encontrarse con el otro. Es un recorrido físico, pero antes es un camino psicológico y espiritual. Y, si no es suficiente, debe repetirse una segunda vez acompañado por otros hermanos y, finalmente, una tercera vez junto con toda la comunidad (Mt 18,16-17).
Hay, por lo tanto, un ir y venir constante al hermano, para no dejarlo solo en su mal: el perdón es este movimiento continuo hacia el otro, sin cansarse.
Y cuanto más profundo es el mal, más profunda es la soledad en la que probablemente caiga, por lo que será más necesaria la presencia de los hermanos: lo que hay que aislar es el mal, no el hermano que lo cometió
No se va al encuentro del hermano que ha cometido una culpa sólo para reprocharle y castigarlo, sino para amonestarlo: Se va al encuentro con él para recuperarlo, como el pastor recupera la oveja perdida en la parábola que precede directamente a nuestro texto (Mt 18,12-14 ). No está lejos sólo quien se aparta de la comunidad, sino también quien permanece encerrado en su pecado, separado de los demás.
La expresión que Mateo usa para decir amonestar, significa realmente convencer, demostrar: en el Evangelio de Juan esta es precisamente la obra del Espíritu Santo, que cuando vendrá “convencerá al mundo de su culpa en referencia al pecado” (Jn 16,8).
Es necesario antes que nada, actuar de tal modo que el hermano reconozca su error: este continuo ir y venir se dirige a esto, a que tome conciencia de la realidad del mal que habita en él, porque este es el paso necesario para cualquier posible reconciliación, para regresar de nuevo a la unidad. Mientras el mal intenta permanecer oculto, la obra del Espíritu a través de los hermanos busca a toda costa exponerlo.
Y esto sólo puede ser un trabajo hecho en conjunto, una obra que involucra a ambos, que pone a todos en juego; exponiéndose a la obra de la verdad, que pone a prueba el corazón de todos. Ponerse en camino hacia el hermano es arriesgado.
Pero ¿Para qué hacer todo este trabajo? ¿Vale la pena todo este cansancio?
El Evangelio nos dice que los motivos son básicamente dos.
El primero es que habrás ganado a tu hermano (Mt 18,16): si las verdaderas riquezas son las relaciones que nos han sido donadas, entonces cada hermano es un bien inestimable e insustituible para cuidar. No puedes perderlo a la ligera.
El segundo se dice en los versículos finales (Mt 18, 20): cuando este trabajo funciona, cuando la amistad se encuentra de nuevo, entonces ahí está la segura presencia del Señor resucitado.
Este trabajo, esta fatiga, puede fallar también: no hay garantía de que “funcionará” (Mt 18,17). Entonces el hermano será como “el pagano y el publicano”, lo que no significa necesariamente que está lejos de la comunidad. Significa que la distancia permanece, y que es una distancia que hace sufrir.
Para colmar este sufrimiento está la oración “si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre que está en el cielo los concederá” (Mt 18,19).
La comunidad pascual es una comunidad de pobres, que viven diariamente las fatigas de vivir juntos y la posibilidad de una paciente y laboriosa reconciliación.
Y una vez que la paz ha sido restaurada, la comunidad ora con el corazón por los hermanos todavía lejanos, para que el don de la nueva vida del Resucitado llegue también a ellos, y ninguno se pierda (Mt 18,14).
+ Pierbattista
