«Volvieron a Jerusalén con gran alegría»
Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa
Queridos hermanos,
¡Que el Señor os dé la paz!
En estos años de ministerio pastoral me he dirigido a vosotros, a nuestra amada Iglesia de Jerusalén, de diversas maneras: a través de las homilías, de algunas breves cartas y, sobre todo, durante las visitas pastorales. Han sido precisamente estas últimas los momentos de encuentro y de intercambio con las comunidades que han marcado la vida de la Iglesia local y también la mía propia. Me han permitido conocer más de cerca nuestra diócesis y dar expresión concreta a esa unidad entre el pastor y la comunidad que es la base de la vida eclesial.
En estos últimos años, sin embargo, la enésima y trágica guerra en la que nos hemos visto sumidos – con sus consecuencias sobre la vida de todos nosotros – nos ha obligado a replantear formas y tiempos de nuestro ministerio, el cual he intentado proseguir en la medida de lo posible. El tiempo dramático que estamos viviendo nos ha visto a todos involucrados en el servicio a los pobres, en la denuncia de las injusticias, en la presencia en el territorio y, sobre todo, en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, buscando unidad y verdad en nuestro estar ante Él y ante cada hermano y hermana.
A la luz de lo que está sucediendo – y por el peso que estos acontecimientos han tenido y tendrán sobre la vida de nuestra Iglesia – siento ahora la necesidad de ofrecer una palabra más articulada y una reflexión más completa y, por ello, excepcionalmente, también más larga. Esta Carta, por tanto, no nace para una lectura rápida o parcial, ni para ser utilizada como un texto de análisis político. Debe leerse poco a poco, como instrumento de discernimiento, y está pensada también para promover el diálogo y la reflexión dentro de nuestros contextos eclesiales, de nuestras comunidades, en los monasterios y en las familias. Su propósito no es ofrecer respuestas inmediatas o soluciones técnicas, sino ayudar a cada uno a interrogarse sobre cómo vivir hoy la fe cristiana en esta Tierra a la luz del Evangelio.
Me resulta difícil limitarme a las habituales declaraciones de compromiso, que a menudo se suceden casi idénticas unas a otras. Siento con una urgencia aún mayor la necesidad de palabras verdaderas y significativas para nosotros. El sufrimiento de este tiempo, de hecho, no permite limitarse a discursos edulcorados y abstractos – y por ello no creíbles – ni nos permite detenernos en los enésimos análisis o denuncias.
Estas cuestiones ya se han hecho en más de una ocasión, y sobre esto ya hemos dicho bastante, con palabras y con gestos. Los análisis y las denuncias siguen siendo necesarios – no podemos eximirnos de expresarlos – , pero no serán ellos los que nos abran horizontes de confianza. Quizás encuentren eco también fuera de nuestra comunidad en cualquiera que se identifique con nuestras valoraciones. Sin embargo, estos deben ir acompañados de la pregunta sobre qué nos pide el Señor en este momento, e interrogarnos sobre cómo dar expresión vivida a nuestra fe en este contexto difícil. Es la pregunta que desde hace tiempo acompaña mi ministerio de pastor: ¿cómo estar como cristianos, en cuanto asamblea eclesial, dentro de esta situación de conflicto – político, militar, espiritual – que sabemos que durará aún muchos años? Este conflicto es ya parte integrante de la vida eclesial, de la existencia ordinaria de cada uno de nosotros. Lamentablemente, ya es parte de la cultura de esta Tierra. No es, por tanto, un momento que superar, sino el lugar en el que nuestra Iglesia está llamada a poner en marcha su misión específica de comunidad de creyentes en Cristo. En esta Tierra donde las fronteras identitarias están tan fuertemente marcadas, nuestro ser cristianos debe convertirse en testimonio de un modo particular de vivir, incluso dentro de la contienda, y debe hallar una expresión visible y reconocible en lo que decimos y hacemos. Estamos llamados a ofrecer una interpretación del tiempo actual según una perspectiva cristiana que nos distinga de modo claro y reconocible.
Con la presente Carta deseo intentar responder a esta pregunta. Es el fruto laborioso y sufrido – como lo es todo intento de síntesis espiritual – de mi reflexión y oración, y de lo que he madurado en este tiempo. No es, obviamente, una síntesis perfecta. Debe entenderse más bien como una propuesta inicial de reflexión que deberá ciertamente madurar, perfeccionarse y completarse en el tiempo, sobre todo a través del diálogo, incluso dialéctico si es necesario, con cualquiera que quiera aventurarse en este intento de síntesis y en esta lectura. Siempre que uno esté movido por el sincero deseo de buscar la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Recojo aquí, de manera más sistemática y ordenada, lo que en parte ya he presentado en estos últimos años en diversas ocasiones.
El icono bíblico en torno al cual girará mi reflexión es la ciudad, y en particular la ciudad de Jerusalén. La imagen de la ciudad es común y nos es familiar. Indica la convivencia, la relación, civil y religiosa. Pero no nos detendremos en la idea genérica de ciudad, sino en Jerusalén como modelo de referencia ideal, recurriendo a algunos pasajes de las Escrituras. Nosotros somos la Iglesia de Jerusalén, y la Ciudad Santa es el corazón no solo geográfico, sino también espiritual de nuestra comunidad eclesial. Es el Lugar que custodia el corazón de nuestra fe – la Redención – y es por ello también el lugar geográfico y espiritual que custodia la identidad de nuestra Iglesia, el centro al que volver para encontrar la inspiración necesaria en este tiempo. Nuestra Iglesia tiene un rostro multiforme, expresión de la riqueza de sus ritos y de sus tradiciones. Desde sus orígenes hasta hoy es, por esencia, plural, dado que Jerusalén es madre de todos los pueblos. Por otra parte, desde hace muchos siglos tiene una configuración muy clara: es una Iglesia inmersa predominantemente en un contexto árabe. Nuestra mirada sobre los acontecimientos que estamos viviendo, por tanto, parte de esta Iglesia, extendida por su vasto territorio. Es una mirada que, precisamente por estar arraigada en esta tierra, aspira sin embargo a abrazar e incluir a todos sus habitantes.
De hecho, en la Ciudad Santa cada comunidad particular puede reconocerse: desde la parroquia más pequeña de Jordania hasta la más numerosa, desde las vivaces comunidades de Chipre hasta los fieles de expresión hebrea en Israel, desde las parroquias marcadas por las dificultades en Palestina hasta aquellas presentes y arraigadas en Israel, hasta los migrantes, los solicitantes de asilo y todas las demás diversas realidades de nuestra Diócesis. Jerusalén es el modelo espiritual que unifica nuestra Iglesia, distribuida en territorios y situaciones políticas tan diversas.
La Carta está estructurada en tres partes: la primera comienza con mi valoración del actual estado de desorden. Antes de hablar de ideales, es necesario anclarse firmemente en la realidad tal como es, reconociendo sin embargo en ella la presencia operante de Dios.
En la segunda parte, me gustaría compartir una visión para nuestra comunidad, inspirada y anclada en las Escrituras, con una conexión precisa con Jerusalén.
La tercera parte tratará de traducir esa misma visión en implicaciones pastorales para nuestra comunidad eclesial, abordando las actividades de nuestras parroquias, las familias, las escuelas y las instituciones.
Como ya he dicho, se trata de una Carta ante todo de carácter pastoral: no contendrá consideraciones ni análisis de carácter puramente político. Es «política» solo en un sentido más amplio, en cuanto concierne a nuestro permanecer, como cristianos, en la polis, es decir, en nuestro mundo real y en nuestra ciudad de Jerusalén, aunque siempre orientados a la verdadera y definitiva Polis, la Jerusalén celestial.
PRIMERA PARTE
Interpretar la realidad: reflexiones sobre el presente
Antes de interrogarnos sobre nuestra misión como creyentes, debemos analizar con honestidad el contexto en el que estamos llamados a vivirla. De hecho, hay que partir de la realidad en la que nos encontramos si queremos responder de manera concreta a la pregunta que nos acompañará a lo largo de toda la Carta: ¿Cómo permanecer, como cristianos, en medio de este conflicto?
En una realidad tan compleja como la nuestra, cualquier intento de síntesis es necesariamente parcial. Acepto ese riesgo.
No es mi intención reconstruir la crónica de los acontecimientos, sino comprender, ante todo, su alcance trascendental. El 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza han significado algo diferente y disruptivo para cada uno de los dos pueblos de esta tierra. Para los palestinos, representa la última y dramática fase de una larga historia de humillaciones y éxodos. Para los israelíes, en cambio, algo inédito: una violencia que ha revivido los horrores ocurridos en Europa hace ochenta años. Sin entrar en este debate, que excede el alcance de nuestro tema, queremos señalar que el 7 de octubre y la guerra de Gaza se consideran ya universalmente acontecimientos decisivos que han cerrado una época y han abierto otra, y lo han hecho de la peor manera posible.
Así, nos hemos visto precipitados en un «después» que nos cuesta comprender, pero del que ya podemos esbozar los contornos.
Lo que estamos viviendo no representa solo un conflicto local. Es el síntoma de una crisis mucho más profunda, de un cambio de paradigma a escala mundial. Durante décadas, la comunidad internacional, y en particular el mundo occidental, ha creído en un orden internacional basado en normas, tratados y multilateralismo. No sin un velo de hipocresía, declaraba que el derecho internacional, los Convenios de Ginebra y las resoluciones de la ONU eran instrumentos imperfectos, pero necesarios para regular la convivencia entre los pueblos y proteger a los más débiles de la ley del más fuerte. Hoy, todo el mundo parece haber abierto los ojos ante su debilidad, puesta de manifiesto por la incapacidad de gestionar estos conflictos. En Israel y Palestina, por motivos diversos y opuestos, la confianza en ese sistema había desaparecido hacía ya mucho tiempo.
Estamos asistiendo al resurgimiento del uso de la fuerza como instrumento considerado decisivo para la resolución de los conflictos, donde esta se reduce, casi exclusivamente, a su forma violenta y militar, en detrimento de cualquier otra posibilidad basada en el derecho, el diálogo y la responsabilidad hacia la población civil. La guerra se ha convertido en objeto de un culto idólatra: ya no nos sentamos a la mesa para evitar los conflictos a toda costa, sino que los tenemos muy presentes como un escenario posible o, incluso, inevitable. Los civiles ya no se consideran víctimas colaterales, sino que se convierten en daños que imputar a la falta de rendición del enemigo o en instrumentos funcionales para alcanzar el propio objetivo. La guerra actúa como un fin en sí misma. Algunas potencias mundiales, que en su día se presentaban como garantes del orden internacional, revelan hoy un rostro diferente: eligen de qué lado estar no en función de la justicia, sino en función de sus propios intereses estratégicos y económicos. Gran parte de las instituciones – civiles, políticas, religiosas – terminan así por quedarse como espectadoras silenciosas e impotentes ante el surgimiento de este nuevo desorden mundial.
La lógica de la disuasión como instrumento de seguridad, el recurso a las armas y a la fuerza en la gestión de los conflictos, así como el propio concepto de defensa, plantean hoy en día cuestiones éticas y políticas de gran relevancia: su legitimidad, las modalidades de su uso, los costes económicos y sociales, las consecuencias concretas para la población civil y mucho más.
A estas cuestiones se suma hoy un elemento que no puede ser ignorado: la conciencia cívica de los pueblos, madurada con el tiempo y profundamente marcada por la asimilación de los valores de la dignidad de la persona humana, del respeto a la vida y de los derechos fundamentales. Este patrimonio moral, ya grabado en el corazón de las sociedades contemporáneas, interpelan toda decisión política y militar y establece límites claros al uso de la fuerza.
La historia de esta Tierra, marcada por conflictos antiguos y repetidos, nos enseña, además, que es ilusorio pensar que la fuerza, incluso cuando se considera necesaria a corto plazo, pueda por sí sola ofrecer una solución duradera. Cuando se convierte en lenguaje habitual y criterio dominante, acaba alimentando una espiral de violencia que es realmente difícil de interrumpir.
Dicha violencia deja tras de sí heridas profundas: destrucción material y laceraciones morales que pesan sobre las generaciones futuras. Por eso, sin ignorar la complejidad de las decisiones a las que se enfrentan las autoridades, no podemos dejar de recordar que la fuerza no puede ser el horizonte último, ni el fundamento sobre el que construir un futuro de paz.
El papel de los medios y de las comunicaciones es hoy más central que nunca. Por un lado, son la ventana a través de la cual recibimos información de lugares que, de otro modo, serían inalcanzables. Por otro, se han convertido en el vector privilegiado para la difusión de narrativas, a menudo contrapuestas, y cada vez más difíciles de verificar. En un conflicto como el actual, la guerra se libra no solo sobre el terreno, sino también con las palabras y con las imágenes: cada fotografía, cada vídeo, cada titular puede convertirse en un arma. Es real el riesgo de perderse, de no lograr ya distinguir lo verdadero de lo falso, la crónica de la propaganda.
A esto se añade otro elemento, quizá aún más nuevo e inquietante. La guerra en curso ha planteado otros interrogantes éticos para los que no estábamos preparados. Pienso, en particular, en el uso de la inteligencia artificial en las operaciones bélicas. Ya no se trata solo de armas cada vez más sofisticadas o de drones teledirigidos: estamos entrando en una fase en la que son los algoritmos los que seleccionan objetivos, los que realizan elecciones que hasta ayer seguían siendo exclusivamente humanas. ¿Qué sucede cuando quien decide quién vive y quién muere es una máquina? ¿Qué responsabilidad le queda al hombre? Son preguntas nuevas, para las cuales no tenemos aún respuestas, pero que ya no podemos permitirnos ignorar.
No pretendo entrar en estas valoraciones tan complejas, sino solo subrayar que esta nueva época plantea también cuestiones inéditas, que tarde o temprano tendremos que considerar seriamente. Hay que decir, sin embargo, que la crisis del multilateralismo, de las instituciones, así como estas nuevas cuestiones, no son abstracciones intelectuales alejadas de nuestra realidad. Por el contrario, tienen un impacto directo en la vida de nuestra comunidad; son el marco en el que se ha visto envuelta nuestra vida cotidiana en estos últimos años, causando un profundo sufrimiento. Me he preguntado más de una vez, por ejemplo: ¿cuántas personas han muerto en estas últimas guerras en nuestro territorio por «decisión de un algoritmo»? Es en este escenario donde debemos examinar la experiencia de nuestra Diócesis.
Sin tener la pretensión de decirlo todo, intentemos poner orden agrupando en torno a cinco núcleos fundamentales las consecuencias de este caos sobre la vida de todos nosotros.
1. La disolución del vínculo: dolor, odio y desconfianza
El primer desgarro es la laceración del tejido de las relaciones humanas. El dolor – que siempre merece respeto – está arraigado en el ánimo de demasiadas personas.
Ante las tragedias y las injusticias de este tiempo, el sentirse víctima es una reacción profundamente extendida. Cada uno tiende a percibir su propia tribulación como única y absoluta. Esta actitud hace muy difícil reconocer la vivencia del otro, y marca profundamente el modo en que personas y comunidades viven e interpretan lo que sucede a su alrededor.
Es necesario reconocer, sin embargo, que la experiencia de ser víctima puede ser diferente, dependiendo de las circunstancias en las que uno se encuentre. Hay quien pierde la vida mientras descansa entre los muros de su casa, y quien, por el contrario, muere envuelto directamente en los combates. Hay quien ve su hogar destruido durante un bombardeo, y quien asiste, año tras año, a la pérdida de su propia tierra. Algunos han vivido condiciones de asedio, privados de bienes esenciales como alimentos y medicinas, mientras otros afrontan el miedo constante causado por ataques terroristas. El dolor sigue siendo dolor, y no es nuestra intención establecer una jerarquía del sufrimiento. No obstante, aun respetando las diversas situaciones y reconociendo su complejidad, no podemos considerarlas todas idénticas: existe una diferencia entre quien ejerce el poder y quien lo sufre, entre quien gobierna y quien es gobernado, entre quien posee las armas y quien se ve amenazado por ellas, entre quien ocupa y quien es ocupado. Las responsabilidades son diversas. Reconocer esta diferencia es un acto de respeto hacia la justicia y la verdad.
El odio ha cavado surcos profundos. Asistimos a una dolorosa deshumanización del otro: cuando este se convierte solo en «el enemigo», todo se vuelve lícito. La violencia no ha destruido solo ciudades y hogares, personas y esperanzas: ha marcado las conciencias, ha envenenado el lenguaje público y ha generado un sentido de traición incluso en los ideales que se creían compartidos. Ha creado un círculo de víctimas contra otras víctimas que, con el tiempo, endurece los ánimos y hace cada vez más difícil abrir caminos de reconciliación.
La vida política y las instituciones civiles parecen incapaces de adoptar una visión de largo plazo que ofrezca perspectivas, lo que agudiza la desorientación y el escepticismo en un contexto dominado por la desconfianza. Y es por eso por lo que en muchos – especialmente entre los jóvenes – crece la desconfianza hacia cualquier posibilidad de convivencia y hacia la convicción de que existe una alternativa creíble a la espiral de enfrentamientos e injusticias.
Desde el inicio de la guerra, la situación económica ha empeorado en todas partes. La falta de peregrinos ha dejado a cientos de familias sin trabajo; el cierre de los territorios palestinos ha paralizado a otras tantas. En las comunidades cuesta hacer proyectos. Los jóvenes no se comprometen, se casan cada vez menos, no tienen hijos. Muchos miran hacia el extranjero y sueñan con un futuro lejos de su tierra. La emigración, una herida antigua, se reabre hoy más profunda que nunca.
Cuando el grito de quien padece parece no encontrar ni escucha ni respuesta, se siente la tentación de perder la confianza incluso en las comunidades de fe, que deberían ser la voz de los más débiles, e incluso en Dios.
Sin embargo, sería injusto quedarse solo en esta descripción tan sombría de los problemas que la realidad evidencia. Porque precisamente en esta encrucijada, en el vacío dejado por la política y el derecho, nunca han dejado de actuar asociaciones, movimientos y organizaciones de base. No por una ingenua vocación al diálogo, sino por una obstinada insistencia en considerar al otro como un ser humano. Este no es el lugar para una enumeración, y no sirve de nada hacer una hagiografía. Pero es desde ahí, desde estos fragmentos de humanidad concreta, de donde podrá surgir el proyecto de una convivencia posible. Si logramos salir de los escombros, serán ellos – y no los grandes organismos internacionales en crisis – quienes deberán ser los arquitectos de la reconstrucción. La debacle del sistema internacional, en este sentido, tiene al menos el mérito de haber devuelto visibilidad y dignidad a quienes nunca habían dejado de trabajar sobre el terreno.
2. Fragmentación y miedo: la tentación de los enclaves
A esta disolución del vínculo se suma un fenómeno preocupante: la creciente polarización. No solo entre israelíes y palestinos – que conocemos bien – , sino en el interior de ambos tejidos sociales. ada vez más nos encerramos en grupos cerrados, en enclaves sociales donde solo se encuentran personas que piensan del mismo modo, que hablan el mismo lenguaje, que comparten los mismos miedos. Esta tendencia se ve reforzada ulteriormente por los algoritmos de las redes sociales, que suministran constantemente a los usuarios contenidos que confirman sus convicciones preexistentes, aumentando el eco de las propias posiciones y ampliando las brechas de desconfianza, miedo y sospecha entre los grupos.
El miedo y la radicalización generan fragmentación y aislamiento. Uno se retira a su propio grupo como a un refugio. Se deja de frecuentar a quien es diferente, a quien piensa de otro modo, a quien pertenece a otra comunidad, a otra fe, a otra facción política. Se forman burbujas paralelas que no comunican entre sí.
Esta polarización es deletérea porque afecta a la forma misma en que cada grupo construye los fundamentos de su propia pertenencia, a nivel nacional, social y personal. Nos definimos cada vez más por oposición: somos lo que el otro no es. En este juego de espejos, la identidad se vuelve rígida, defensiva y excluyente. Como si ya no existiera un «nosotros» que incluya a todos, sino solo muchos pequeños «nosotros» que se oponen entre sí. Cuando el «nosotros» se reduce a identidades contrapuestas, resulta fácil simplificar al otro e interpretarlo como un bloque uniforme. Sin embargo, en toda sociedad, existen voces y posiciones diversas, y resistir a la tentación de considerar a pueblos enteros como realidades monolíticas es un primer paso necesario para reconstruir la relación.
El sentido de pertenencia a una comunidad, sin embargo, no constituye necesariamente un elemento negativo, ya que cada comunidad se caracteriza por una fisonomía propia, una misión específica y un carisma particular. Es una riqueza dentro del mosaico único de Tierra Santa y debe ser preservada, pero con la condición de que esas cualidades no se afirmen en detrimento de los demás ni se conviertan en instrumentos de confrontación.
Desde esta perspectiva, la vida cristiana, fundada sobre raíces sólidas, muestra cómo una pertenencia puede ser fuerte sin volverse rígida o defensiva, y cómo es precisamente la profundidad de la identidad lo que hace posible la apertura al otro. De este modo, el «nosotros» puede volver a ser inclusivo, capaz de mantener unidas las diversas pertenencias sin reducirlas a identidades opuestas.
3. La sensación de pérdida: palabras consumidas y bien común difuminado
El tercer núcleo es el más profundo: la pérdida de las coordenadas que nos permitían orientarnos. Hemos perdido la confianza en ciertas palabras. «Convivencia», «diálogo», «justicia», «derechos humanos», «dos pueblos y dos Estados»: estos términos, que durante años han alimentado nuestro discurso, hoy nos parecen desgastados y vacíos de significado. Cuando los utilizamos en nuestras comunidades, a veces nos encontramos con miradas cansadas y desilusionadas. Ante el horror de las imágenes que nos llegan cada día, estas expresiones parecen pertenecer realmente a otro mundo. Nos quedamos entonces sin palabras, y en ese silencio la violencia clama su brutal lenguaje.
A esto se suma la pérdida de significado del concepto de «bien común». Nos cuesta responder a preguntas fundamentales como: ¿qué sociedad queremos construir? ¿Cuál es el bien que queremos perseguir juntos, más allá de los intereses particulares?
En esta Tierra, el bien común es sacrificado por todos, aunque de formas diferentes, en aras de los intereses particulares. Parece que cada uno piensa solo en sí mismo, en su propia supervivencia, en su propia seguridad, en una guerra existencial perpetua, en frentes cada vez más distantes.
Sin embargo, el lenguaje más poderoso sigue siendo el de la realidad. Y la realidad, mucho más allá de lo que pensamos, sentimos o creemos, nos recuerda que estamos destinados a encontrar formas posibles de convivencia. No hay alternativa. Esta Tierra –tan disputada como amada – es el hogar de todos: judíos israelíes y árabes palestinos; cristianos, hebreos, musulmanes, drusos, samaritanos, bahaíes y de cualquier otra fe. Es Dios quien nos ha puesto aquí. Somos nosotros los cristianos, en particular, quienes tenemos un mandato preciso: ser sal y luz allí donde estamos. Y esto significa no renunciar a construir ocasiones de interacción entre las diversas comunidades nacionales y religiosas porque, cuando las palabras ya no bastan, es entonces cuando se necesitan gestos concretos.
4. El desafío específico de Tierra Santa: el diálogo interreligioso en dificultades
Otro aspecto amargo se refiere a la relación con las demás comunidades de fe. El diálogo interreligioso – que durante años ha sido central en nuestra misión – está en dificultades. No porque hayamos dejado de encontrarnos. Sino porque el terreno del encuentro se ha visto afectado por lo que hemos descrito hasta ahora: sospecha, desilusión, cansancio.
Hemos tenido que lidiar con narrativas históricas que se contraponen de una manera que parece irreconciliable, donde cada uno reclama para sí el monopolio de la interpretación de los acontecimientos. No nos hemos sentido sostenidos ni escuchados el uno por el otro. Es una gran amargura que nos interpela profundamente.
Los Lugares Santos, que deberían ser espacios de oración, se convierten en campos de batalla identitarios. Se invocan los textos sagrados para justificar la violencia, las ocupaciones y el terrorismo. Creo que este abuso del nombre de Dios es el pecado más grave de nuestro tiempo. Muchas instituciones religiosas parecen respaldar, en lugar de frenar y denunciar estas derivas, demostrando así su debilidad profética.
Sin embargo, para nosotros los cristianos, el diálogo no es una opción, sino una necesidad vital. Nuestros hijos – cristianos y musulmanes – van juntos a la escuela; nuestros enfermos son atendidos en los mismos hospitales, donde no se hacen distinciones de pertenencia religiosa entre judíos, cristianos, musulmanes y otras confesiones. Nuestros pobres comparten las mismas necesidades. Sin relación con las otras confesiones no tenemos futuro. Pero el problema es más profundo: el diálogo es nuestra vocación y nuestro destino. Es una de las formas en que nuestra fe se manifiesta y se alimenta.
5. El rostro diverso de nuestra Iglesia local en este desorden
Nuestra comunidad eclesial vive inmersa en esta desorientación generalizada. Somos una Iglesia que se extiende por distintos territorios – Israel, Palestina, Jordania, Chipre – , cada uno con su propia historia y sus propias dinámicas. No existe una única situación política ni un único contexto pastoral. Existen muchas situaciones diferentes, y todas reclaman atención. Esta complejidad constituye nuestra riqueza, pero también nuestro esfuerzo. Nos obliga a no generalizar, a no hablar nunca en abstracto, a tener siempre presentes los rostros vividos de las comunidades que viven en lugares distintos. Nos obliga a una escucha articulada y a una acción pastoral que sepa adaptarse a las necesidades de cada territorio.
Intentemos ahora contemplar el rostro tangible de nuestra Iglesia en este tiempo tan difícil.
En Gaza, nuestros hermanos se encuentran sumidos en una situación de extrema tribulación. Han vivido durante años bajo las bombas, sin agua, sin comida, sin medicinas. Y ahora viven entre los escombros. Hemos perdido a jóvenes, ancianos y niños. La parroquia de la Sagrada Familia y Cáritas han sido, y siguen siendo, el Rostro de Cristo en medio del horror. En las iglesias convertidas en refugios, cientos de desplazados han compartido la vida en todo.
En Palestina, la situación se deteriora día a día. Ya hemos hablado largo y tendido sobre ello, pero los acontecimientos no parecen calmarse. Es allí donde se está decidiendo, de forma silenciosa y estructural, el futuro del conflicto israelí-palestino. Aumentan las agresiones provocadas por la ocupación y la ausencia total del Estado de derecho, con un incremento continuo de los asentamientos. Si no se detiene esta deriva, el riesgo es la cristalización de una situación de ocupación permanente que erosiona toda posibilidad de una solución justa y compartida. Temo que esta sea una preocupación y una situación destinada a definir aún por mucho tiempo las formas de nuestra implicación.
En Israel, nuestros hermanos y hermanas viven en un contexto diferente, pero no exento de problemas: discriminación social, desigualdades económicas y una creciente inseguridad. El aumento de la delincuencia – que en ciertas áreas controla de manera capilar el territorio, con un balance diario de muertos y heridos – está creando un miedo generalizado que refuerza en muchos la tentación de marcharse. La sociedad israelí está traumatizada desde el 7 de octubre, y este trauma ha generado recelo hacia todo lo relacionado con el mundo árabe, con la consiguiente desconfianza creciente entre ambas poblaciones.
La comunidad católica de expresión hebrea, en esta contienda tan polarizadora, no siempre se ha sentido escuchada por su propia Iglesia, y así lo ha expresado claramente. Nuestros hermanos y hermanas católicos de lengua hebrea viven una particular soledad eclesial. Forman parte de una Iglesia que quizá no sienten totalmente como suya. En los próximos meses, buscaré oportunidades para reunirme personalmente con este sector de nuestra Diócesis, con el fin de escucharlos mejor.
Los migrantes y los solicitantes de asilo que forman parte de nuestras comunidades viven en situaciones de precariedad existencial, temiendo ser deportados y sufriendo discriminación y explotación. También ellos se han visto envueltos en la violencia del conflicto, y algunos han perdido la vida en diversos atentados en los últimos años.
Nuestras escuelas, lugar de convivencia y componente precioso de la Iglesia, también tienen dificultades para orientar a los alumnos. Profesores y alumnos llevan también a clase el peso de lo que ven en la televisión y en las redes sociales; hoy, también para ellos, el diálogo sobre los temas más controvertidos se ha vuelto, como mínimo, agotador.
Incluso en medio de esta desolación, nuestra determinación de construir una sociedad fraterna permanece firme, y nuestras comunidades cristianas siguen siendo un signo tangible de esperanza. En Gaza, la fe sigue iluminando la vida de los cristianos locales. Las celebraciones diarias de la Misa, el rosario, las obras de caridad de la parroquia y de Cáritas mantienen viva la fe cristiana. Son miles las familias que, gracias al compromiso de la parroquia y de Cáritas, han podido recibir ayuda y apoyo, incluso en los momentos más duros de la guerra. En Palestina, nuestros párrocos han organizado y mantenido unidas a sus comunidades, creando iniciativas de apoyo y solidaridad, sobre todo en favor de las familias más necesitadas. Tampoco en Israel los sacerdotes se han ahorrado esfuerzos durante el período más difícil de la guerra. En Jordania, la vida transcurre con bastante normalidad y, a pesar de la crisis económica, las parroquias se han comprometido a organizar colectas, vigilias de oración y rosarios en solidaridad con las parroquias de la Diócesis que actualmente atraviesan dificultades. También Chipre, involucrada recientemente en esta guerra, se ha comprometido con la solidaridad y está consolidando sus actividades pastorales.
Un hecho importante es que toda la Iglesia universal, desde el Papa Francisco hasta el Papa León XIV, pasando por las diócesis más pequeñas y pobres, ha mostrado su cercanía, ofreciendo oraciones y apoyo material a nuestra Iglesia de Tierra Santa. Es nuestro deber agradecer a todos aquellos que se han esforzado – y siguen esforzándose – para permitirnos seguir haciendo frente a las numerosas necesidades de este momento; deseamos agradecerles sobre todo el afecto y la cercanía cristiana, que nos consuela y nos edifica. La acción de toda la Iglesia ha demostrado que la esperanza se ha encarnado. De hecho, son innumerables las oraciones organizadas, las colectas solidarias y muchas otras expresiones concretas de comunión.
A la luz de todo esto, debemos preguntarnos seriamente sobre otro aspecto importante de nuestra misión. Es cierto que, en estos tiempos, hemos estado presentes en todo el territorio de la Diócesis con gestos de cercanía y solidaridad. Nuestra Iglesia ha hecho oír su voz, tratando de pronunciar una palabra de verdad – honesta, clara, con parresia – incluso en medio de este caos, a menudo a costa de ser malinterpretados. Pero, me pregunto, ¿ha sido suficiente? ¿O es que, en este período tan duro, hemos privilegiado en ocasiones la prudencia y hemos buscado la supervivencia institucional, sacrificando nuestro testimonio profético? ¿Cómo decir una palabra de verdad sin crear nuevas barreras y nuevas víctimas? Es una pregunta que me acompaña cada día, a la que nunca es fácil responder. Es necesario plantearse esta pregunta con sinceridad, sobre todo ante el Señor, sabiendo que el discernimiento es escuchar la voz de Dios, convirtiéndonos a la verdad, buscando la justicia, eligiendo el bien de nuestros hermanos.
Así es. Esta es la condición en la que vivimos: un desierto de llanto, de resignación, de palabras vacías, habitado, sin embargo, por valientes experiencias de vitalidad y fraternidad. Es en este desierto donde se nos invita a reconocer una vez más la voz de Dios que nos interpela.
Frente a este desorden, la pregunta decisiva no es cómo salir de él o cómo resolverlo, sino cómo vivirlo como creyentes, sin dejarnos absorber por su lógica y sin renunciar a la responsabilidad de un testimonio evangélico. Por esto, es el momento de levantar la mirada y preguntarnos qué nos está diciendo el Señor en todo esto, dejándonos atraer por una luz que viene de lo Alto. Necesitamos contemplar el sueño de Dios para Su ciudad.
SEGUNDA PARTE
La vocación: el sueño de Dios llamado Jerusalén
Tras un análisis general – e inevitablemente aproximado – a nuestra vivencia, común pero tan diversificada, volvemos a la pregunta inicial: ¿cómo vivir como cristianos en esta situación de conflicto?, que ahora también podemos reformular así: ¿cuál es la voluntad de Dios para Jerusalén? Intentemos, pues, escrutar juntos la imagen de la Ciudad Santa que Él mismo nos ofrece.
La Escritura, ya desde las primeras páginas del libro del Génesis, nos ofrece el fundamento de las relaciones tal y como Dios las quiso: entre Él y la humanidad, entre los seres humanos, entre el hombre y la creación. Es a partir de este fundamento donde se inicia toda la historia de la salvación. Sin embargo, será sobre todo la mirada del Apocalipsis la que nos acompañe a lo largo de nuestra reflexión. Un libro a menudo malinterpretado, también debido a su lenguaje simbólico, que no pretende alimentar miedos o lecturas fatalistas de la historia, sino más bien ayudar a reconocer su sentido último, a la luz de la fidelidad de Dios y de la esperanza cristiana.
Según las Escrituras, la historia de la humanidad comienza en un jardín, el Edén. El jardín es el símbolo de una humanidad que aún se encuentra en un estado de inocencia primordial y, en definitiva, solitaria. Al final, sin embargo, precisamente con el libro del Apocalipsis, la Historia concluye en un entorno completamente diferente y especular: en una ciudad. No una ciudad cualquiera: la nueva Jerusalén. Este pasaje no es en absoluto un detalle narrativo, sino una profunda revelación sobre el destino de la humanidad. La obra de la salvación no es un retorno a un pasado idílico y aislado, sino la construcción de un futuro comunitario, complejo y reconciliado. El fin de la historia tiende hacia una sociedad madura, una «ciudad», precisamente.
La primera ciudad mencionada en la Biblia fue construida por Caín (Gn 4,17). Tras matar a su hermano, construyó un refugio: un lugar donde poner fin a la violencia, donde reconstruir la fraternidad perdida. En la Escritura, la ciudad surge, por tanto, como un intento humano de recrear la convivencia allí donde la relación se ha roto. La última ciudad de la Biblia es, en cambio, la Nueva Jerusalén «que desciende del cielo» (Ap 21–22).
Entre estos dos polos – la ciudad-refugio construida por el hombre por miedo y la ciudad-don que desciende de Dios por amor – se desarrolla toda la historia de la salvación. La Biblia nunca presenta una imagen ideal y estática de la ciudad; la ciudad «perfecta» no existe. Es siempre el espejo de todas las contradicciones humanas: de los pecados y de la grandeza, de la violencia y de la confianza. Cada contexto humano, cada ciudad refleja y vive esta tensión.
Es una tensión que recorre toda la Escritura y se concentra de manera singular en Jerusalén. Ninguna otra ciudad de la Biblia recibe tanto amor y tantos reproches, tantas promesas y tanta condena. Y esta misma tensión, como veremos, habita también en la Iglesia que nació en Jerusalén.
Cuando hoy hablamos de Jerusalén, nos centramos principalmente en los aspectos políticos, históricos y sociológicos. Pero nunca debe olvidarse el hecho de que lo que une al mundo entero con este lugar va más allá de la historia, la geografía y las piedras. Cuando hablamos de la Ciudad Santa en este contexto, la entendemos, además de como realidad física, también y sobre todo como símbolo del Pueblo de Dios y de la Iglesia, nacida en Pentecostés en el Cenáculo. En ese momento, el Espíritu Santo descendió sobre los Doce, es decir, sobre toda la asamblea apostólica reunida en la sala donde Jesús había instituido la Eucaristía. Es en esa mañana de Pentecostés cuando ocurre el prodigio descrito en los Hechos de los Apóstoles. Los discípulos, que habían recibido el Espíritu, salen a la plaza para anunciar lo sucedido, y «cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban asombrados y, fuera de sí por la maravilla, decían: "¿No son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo es que los oímos a cada uno en nuestra lengua materna? "» (Hch 2,6-8)
Todas las personas presentes en ese momento, pertenecientes a naciones y lenguas diferentes, pudieron entenderse y construir unidad por obra del Espíritu. Desde el principio, la Iglesia ha sido universal, unida y plural. Desde allí partieron los Doce para llevar el anuncio a todo el mundo.
Todavía hoy, la comunidad cristiana de Jerusalén conserva este carácter universal que no debe confundirse con una simple dimensión «internacional», sino que remite a una realidad más profunda, descrita de manera ejemplar en los Hechos de los Apóstoles. Aún hoy, la mayoría de las Iglesias tiene su centro jerárquico en otras partes del mundo, pero cada una conserva en Jerusalén su corazón y una presencia viva. En esta ciudad, las diversas confesiones cristianas comparten espacio y tiempo, dando vida a un camino imperfecto pero vital hacia la unidad de los creyentes. A través de ritos y lenguas diferentes, celebrados en los mismos lugares, vividos y frecuentados por nuestras familias, estas Iglesias nos ofrecen una imagen viva de lo que ocurrió en Jerusalén el día de Pentecostés: pueblos diferentes reunidos en el mismo Espíritu. Así como entonces los Apóstoles partieron para anunciar el Evangelio a todas las gentes, así hoy estas comunidades, arraigadas en un mismo lugar y, a menudo, entre los miembros de una misma familia, están llamadas a redescubrir la comunión plena en la fe y en la caridad.
Para los creyentes, el vínculo con esta Tierra implica también una relación constitutiva, por compleja que sea, con el judaísmo y el islam. Aquí, el diálogo interreligioso, a lo largo de los siglos, se ha convertido para nosotros no solo en una condición de supervivencia, sino en un elemento de fidelidad a nuestra identidad universal. De hecho, es aquí donde la Iglesia Madre está llamada a generar vida y cuidado, promoviendo la comprensión del otro, la exigente práctica del perdón, el esfuerzo de la comprensión respetuosa.
La universalidad de la Iglesia no se opone a la concreción de los lugares y de las Iglesias locales. Es más, es precisamente en la Iglesia local donde se hace visible y activa. Por eso, san Juan Pablo II hablaba de una «interioridad mutua»1 entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal
No solo la Iglesia, sino la propia Ciudad Santa ha conservado este carácter universal. El Papa Benedicto XVI lo describió con gran claridad en una homilía pronunciada precisamente en Jerusalén:
«Jerusalén, en realidad, siempre ha sido una ciudad en cuyas calles resuenan diferentes lenguas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de todas las razas y lenguas, cuyas murallas son un símbolo del providencial cuidado de Dios por toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta Ciudad, si ha de vivir su misión universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la comprensión mutua; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que los alimenta sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la convivencia. No debería haber lugar entre estos muros para el aislamiento, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia – ya sean judíos, cristianos o musulmanes – deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y la convivencia, por muy arduo y lento que sea el proceso y por muy pesado que sea la carga de los recuerdos del pasado» (Benedicto XVI, Valle de Josafat, Jerusalén, 12 de mayo de 2009).
La misión de la Jerusalén terrenal, en cierto sentido, es convertirse en imagen y espejo de la Jerusalén celestial, «profecía y promesa de esa reconciliación y convivencia universal que Dios desea para toda la familia humana» (Benedicto XVI, ibid.). Esta es la misión que hemos extraviado en el vórtice violento de los acontecimientos de los últimos años. Y es a esta misión a la que debemos volver.
En extrema síntesis, podemos decir que, en la encrucijada de civilizaciones, religiones y etnias, Jerusalén representa un microcosmos simbólico. Es un paradigma del mundo en general y, por lo tanto, encierra en sí todas las cuestiones contemporáneas a las que nos enfrentamos a nivel global. Ciertamente se encuentra en el centro del conflicto israelí-palestino, pero representa también las complejas interacciones entre diferentes religiones y naciones. Ya solo la contienda que desgarra esta ciudad tiene repercusiones regionales y globales significativas. Basta con dar un paseo por las calles de Jerusalén para comprender hasta qué punto la ciudad es realmente el punto focal de numerosos otros enfrentamientos percibidos a escala mundial: la tensión entre modernidad y tradición, democracia liberal y conservadurismo; universalismo y particularismo.
Jerusalén también reúne en sí misma las diversas almas de nuestra Iglesia y manifiesta de manera ejemplar su vocación. En este lugar, en medio de una realidad marcada por fuertes contrastes, comunes al camino de la historia humana, ella está llamada a expresarse.
Las imágenes más potentes de la Escritura que definen la identidad profunda de Jerusalén y, por consiguiente, la identidad y la misión de nuestra Iglesia, se encuentran en la visión de Juan de la Jerusalén celestial, descrita en los dos últimos capítulos del Apocalipsis, en los que ahora nos inspiramos.
1. Un Cielo Nuevo para una Ciudad Nueva
«Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existía» (Ap 21,1).
Lo primero que ve Juan no es la ciudad, sino un «Cielo nuevo». Jerusalén tiene un cielo. Puede parecer trivial o evidente, pero es su rasgo distintivo más elocuente. Incluso su antagonista, Babilonia, se describe en el Apocalipsis con todo detalle. Sin embargo, de Babilonia, nunca se ve el cielo. Es una ciudad sin cielo y, por tanto, sin Dios: encerrada en un horizonte puramente humano y terrenal, y por ello destinada a la ruina.
El cielo de Jerusalén, además, es totalmente especial: es un Cielo «nuevo». No es la primera vez que Juan habla del cielo. En el capítulo 4 del Apocalipsis, las visiones se abren con un anuncio significativo: el vidente ve una puerta abierta en el cielo (Ap 4,1). El cielo es nuevo, ante todo porque está abierto. Y se ha abierto porque el Hijo del hombre, que descendió del Cielo, tras la Resurrección regresó al Cielo, llevando consigo a la humanidad (cf. Jn 1,51). El Cielo nuevo es un cielo ya habitado por el hombre.
En este pasaje encontramos una indicación importante: para construir la ciudad, para tejer relaciones auténticas entre nosotros y entre nuestras comunidades, hay que partir ante todo de la conciencia de la presencia de Dios, del primado de Dios, de la fe. Dios no debe ser excluido. Jerusalén no es solo una cuestión de fronteras políticas o acuerdos técnicos. Su identidad principal – la característica más importante de la Ciudad y de toda Tierra Santa – es la de ser el lugar de la revelación de Dios, el lugar donde las religiones están en casa.
Todavía hoy, esta dimensión se hace tangible y visible especialmente en lo que se considera la cuenca sagrada, donde se concentran casi todos los principales Lugares Santos: la Ciudad Vieja y el Monte de los Olivos. Las celebraciones públicas de las distintas comunidades religiosas, marcadas por ritmos diferentes y a veces superpuestas unas a otras, transforman la ciudad, sobre todo en determinados momentos del año, dando vida a una extraordinaria sinfonía de oraciones, cantos y liturgias diversas.
Además, es frecuente, a las primeras luces del alba o en el silencio de la noche, encontrar a hombres y mujeres de todas las edades – judíos, cristianos y musulmanes – caminando por los senderos de la ciudad, envueltos en sus diferentes mantos y dirigidos a sus respectivos Lugares Santos, para unirse a los religiosos que allí rezan día y noche. La oración de las diferentes comunidades religiosas, en definitiva, marca el ritmo de toda la ciudad: es su aliento y su luz. Esta es la identidad más bella y cautivadora de la ciudad, su característica más preciosa, que deber ser custodiada y preservada.
Ignorar esta dimensión «vertical» de nuestra Tierra, esta sensibilidad religiosa y espiritual de las comunidades que la habitan – judías, musulmanas y cristianas – es la razón más profunda del fracaso de los acuerdos de convivencia que se han sucedido en las últimas décadas. Y también los futuros estarán destinados al fracaso si no se tiene en cuenta el carácter especial, en cuanto profético, de Jerusalén. Esta debe ser, ante todo, una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56,7). No queremos poner en tela de juicio, y de hecho confirmamos, la necesidad de los diversos Status Quo existentes, importantes para regular las relaciones entre las distintas comunidades de la ciudad. Creo, sin embargo, que también se necesita el valor de un nuevo impulso, de construir nuevos modelos de vida y de relaciones en los que la fe común en Dios pueda convertirse en ocasión de encuentro y no de exclusión. Una fe que nos abra al Cielo y al mundo, donde todos los creyentes se sientan llamados a llevar a la humanidad hacia Dios. Ningún proyecto de convivencia en Tierra Santa puede prescindir de la dimensión vertical, de la conciencia de que esta tierra es, ante todo, el lugar de la Revelación.
2. Una ciudad que desciende del cielo
«Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una esposa adornada para su esposo... El ángel me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, resplandeciente de la gloria de Dios» (Ap 21,2.10).
La Ciudad Santa no se eleva orgullosa hacia el cielo por sus propios medios. Juan la ve «descender del cielo, de Dios», y la ve descender dos veces (tres veces si se tiene en cuenta también el texto de Ap 3,12). Este movimiento descendente no es algo que haya ocurrido una vez para siempre, sino su modo de ser perenne. La nueva Jerusalén es una ciudad que recibe continuamente de Dios a sí misma y su propia vida. Su existencia no es una conquista, sino un don.
Ella desciende «preparada como una esposa adornada para su esposo». Es una imagen de intimidad y relación. Juan utiliza también la imagen bíblica de la tienda, donde Dios elige habitar en medio de la humanidad, lugar de encuentro entre Dios y los hombres (cf. Jn 1,14). Es, pues, una ciudad cuya naturaleza más originaria es vivir una profunda intimidad con el Señor, pero también ser como la tienda, lugar de acogida. Este doble movimiento – intimidad y acogida – define la vida de la Iglesia. En la morada de Dios entre los suyos, se produce el cumplimiento, la victoria sobre el mal y sobre la muerte: no solo el mal es vencido, sino que el hombre es consolado por Dios mismo, que enjuga las lágrimas de sus rostros (cf. Ap 21,4).
Este pasaje nos ofrece otra indicación significativa. Se trata de una advertencia crucial, sobre todo para las instituciones religiosas de la Ciudad Santa: sin un continuo «descender del cielo», es decir, sin recurrir con humildad y constancia a la relación con Dios, dejando que sea Él quien ilumine nuestra forma de pensar, sin alimentarnos continuamente de la Palabra de Dios, nuestras instituciones corren el riesgo de atrofiarse. Corren el riesgo de convertirse en fortalezas inexpugnables y cerradas al mundo, en lugar de ser ciudades abiertas y fuentes de vida nueva. No se recibe de Dios la fuerza y la posibilidad de una mirada diferente de una vez por todas: estos dones requieren una tensión continua del alma y del corazón.
En términos concretos, ponerse a la escucha de la Escritura, significa para las Iglesias y las comunidades religiosas escuchar ante todo el grito de aquellos que no conocen a Cristo, no lo conocen lo suficiente o se han alejado de Él, así como el grito de los pobres, de los marginados, de quienes sufren a causa de los conflictos. Es ahí, como ocasión de acogida efectiva en la carne marcada de la humanidad, donde podemos verificar la autenticidad de nuestra relación con Dios. Si nuestra mirada hacia Dios no nos abre a la mirada hacia el otro que sufre, entonces no hemos encontrado realmente al Dios que desciende a la ciudad. Es un llamamiento a las autoridades religiosas para que mantengan unida la cercanía con Dios y con su pueblo.
3. El Templo y el Cordero
«Y en ella no vi ningún templo, pues el Señor, Dios Todopoderoso, es su templo, y también el Cordero» (Ap 21,22).
La Escritura presenta a Dios como Aquel que desea habitar entre los hombres. En el Antiguo Testamento, esta presencia estaba ligada al templo, lugar de encuentro entre Dios y su pueblo. También el profeta Ezequiel imagina una ciudad renovada alrededor del templo, corazón de la presencia divina y signo de su santidad.
En la visión de la nueva Jerusalén, el Apocalipsis adopta un lenguaje diferente. Juan afirma: «No vi ningún templo». No porque falte la Presencia de Dios, sino porque ya no se concentra en un espacio separado. Dios mismo y el Cordero habitan en medio de su pueblo y constituyen su centro vivo. Desde esta perspectiva, ya no hay separación entre lugares sagrados y profanos: Dios no habita en un edificio, sino en la relación; no en un lugar que conquistar y poseer, sino en la historia.
En consecuencia, no existen espacios en los que Dios está presente y otros en los que no lo está. No hay lugares en los que Él escucha y otros en los que no escucha. También desaparece toda distinción entre incluidos y excluidos basada en criterios de pureza. Si en la visión de Ezequiel el acceso al templo estaba regulado por distinciones rigurosas, en la nueva Jerusalén todos son acogidos: hombres y mujeres, niños y ancianos, sanos y enfermos, libres y esclavos.
Este pasaje del Apocalipsis ofrece una lección contundente a la Jerusalén terrenal, desgarrada por conflictos relacionados con la posesión de los lugares y la definición de fronteras exclusivas. La obsesión por la ocupación de los espacios y por la propiedad se ha convertido en uno de los principales criterios de interpretación de las relaciones entre las comunidades, generando a menudo división y violencia. Parece casi como si, para construir relaciones y tener derecho a la palabra, fuera necesario poseer, ocupar y justificar la propia presencia a través de un territorio.
No debemos ser ingenuos. Existen espacios que hay que custodiar, lugares necesarios para que cada comunidad pueda vivir y dar testimonio de su fe. No debemos olvidar que Tierra Santa es también la Tierra de los Lugares Santos, que custodian la memoria y la identidad histórica de los pueblos. Pero las fronteras sirven para preservar la libertad, no para sofocarla. No deben convertirse en barreras infranqueables ni en motivo de exclusión. Es posible convivir respetando los espacios ajenos, teniendo en cuenta la historia de todos y las diferentes sensibilidades.
En la nueva Jerusalén, por tanto, no hay lugares que poseer, sino relaciones que construir. Si el Dios de la Ciudad Santa no ocupa espacios ni levanta barreras, entonces nadie debe sentirse excluido. Por lo tanto, no se puede utilizar a Dios para justificar decisiones de cierre o de exclusión.
Este pasaje del Apocalipsis, al tiempo que nos invita a levantar la mirada hacia el cielo, en realidad nos devuelve a poner los pies en la tierra: una ciudad está viva en la medida en que reconoce que el verdadero templo que hay que custodiar – su centro vital – son las relaciones humanas y la relación con Dios. Por el contrario, está destinada a marchitarse y morir cuando se deja dominar por la lógica de la posesión, por la desvalorización del otro y por narrativas autorreferenciales, en lugar de por la luz del Cordero, que es la lógica del don.
4. La lámpara del Cordero: una nueva forma de ver
«La ciudad no necesita la luz del sol ni la luz de la luna: la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). «Ya no habrá noche, y no necesitarán luz de lámpara ni luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará» (Ap 22,5).
Hemos visto que en la nueva Jerusalén no hay templo. Pero entonces, ¿dónde está Dios? ¿Cómo habita en Jerusalén? ¿Dónde lo podemos encontrar? La presencia de Dios en la ciudad no es aparatosa ni voluminosa; no se impone. Dios está presente como una lámpara que ilumina. Está presente como Aquel que ofrece la posibilidad de tener una perspectiva diferente y, por tanto, una nueva forma de vivir; esclarece las relaciones, la vida, todas las cosas.
Si la lámpara es el Cordero, significa que es una luz «pascual»: es la luz de Aquel que dio la vida por amor, de forma gratuita e incondicional. La Pascua inaugura una nueva forma de ver la realidad. Es la experiencia pascual la que nos permite ver la vida incluso allí donde nuestros ojos carnales solo ven muerte, derrota o devastación.
Este pasaje del Apocalipsis nos hace dar un paso más allá del criterio de la posesión, de los espacios asfixiantes, de las fronteras cerradas y de la propiedad idolatrada que hemos visto hasta ahora. La luz no se posee: se acoge y se difunde. Se convierte así en el criterio con el que leer la realidad y orientar las elecciones. ¿Con qué ojos, con qué ánimo miramos a los demás, especialmente a aquellos que no son «de los nuestros»? ¿Con confianza o con miedo o, peor aún, con desprecio?
Entrenar los propios ojos en esta luz – que es la vida – se convierte en la primera tarea de quien desea pertenecer a esta ciudad. Significa reconocer a cada persona – al pobre, al extranjero e incluso al enemigo – como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, mirándolos como se mira a Dios. Es el mismo estilo del Cordero que ilumina la ciudad: una autoridad que se expresa en el don de sí mismo y que transforma el poder en servicio, no en posesión y dominio.
5. El estilo de vida de la ciudad: acogida y memoria
«Está rodeada de grandes y altas murallas con doce puertas; sobre estas puertas hay doce ángeles y nombres escritos, los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel... Las murallas de la ciudad descansan sobre doce cimientos, sobre los cuales están los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Ap 21,12–14).
En esta descripción, llama la atención una aparente incongruencia. Los doce apóstoles se sitúan como fundamento del edificio, mientras que las doce tribus de Israel aparecen en las puertas. Desde el punto de vista cronológico, cabría esperar lo contrario: Israel viene antes que los apóstoles. Sin embargo, en la visión del Apocalipsis, lo antiguo y lo nuevo no se contraponen ni se superponen, sino que se recomponen en una unidad redimida. Dios no borra la historia, sino que la recrea poniéndole nuevos cimientos, en los que nada se pierde y todo vuelve a encontrar su lugar. Jerusalén se convierte así en el cumplimiento tanto para las doce tribus como para los doce apóstoles. Solo dentro de esta ciudad cada uno puede redescubrir el sentido de su propia historia y de su propia misión.
Este es un punto decisivo también para nosotros hoy. La violencia nace a menudo de la incapacidad de releer la propia historia de manera redimida. Ocurre cuando la memoria se convierte en una narración cerrada, construida contra el otro y defendida como una posesión exclusiva. La preocupación por la posesión de la propiedad, asumida como criterio para definir las relaciones, se refleja también en la relación con la memoria histórica. Se tiende a querer poseer la narración de los acontecimientos, como un territorio que hay que defender, poniendo continuamente en tela de juicio la memoria histórica del otro. Al hacerlo, ya no es una memoria que ayude a mejorar las relaciones, sino que, por el contrario, se convierte en una «memoria tóxica», que las envenena. Negar la memoria histórica del otro es una forma sutil pero poderosa de exclusión.
Es necesario, en cambio, replantearse las propias categorías de «historia» y «memoria» y, en consecuencia, también las de «culpa», «justicia» y «perdón». Son estas últimas las que ponen en contacto directo la esfera religiosa con la moral, la social y la política. No se trata de negar los hechos del pasado, sino de verificar sus interpretaciones, para que estas no determinen de manera violenta las decisiones de hoy. Solo a través de este reexamen honesto se puede redimir la propia lectura histórica en beneficio de toda la humanidad. Las escuelas, las universidades, los centros y movimientos culturales y los medios de comunicación son los principales responsables de esta misión de replanteamiento y sanación de la memoria. Son ellos quienes pueden contribuir a construir una narrativa histórica diferente, positiva y no excluyente.
Esta purificación no es una operación diplomática, ni un compromiso político: es un acto profundamente espiritual, porque toca las raíces de la identidad y del dolor. Requiere dejarnos redimir por Dios para poder convertirnos, a nuestra vez, en instrumentos y canales de sanación para los demás. Solo una memoria redimida puede generar un futuro diferente. La misión de la Iglesia es, pues, promover una verdadera «purificación de la memoria histórica». San Juan Pablo II lo recordó con fuerza durante el Jubileo del año 2000, cuando habló de la necesidad de purificar la memoria como un acto profundamente espiritual, capaz de tocar las raíces de la identidad y del dolor.
Soy muy consciente de que este es un tema inaceptable para muchos. Quizás para algunos sea un tema «demasiado cristiano», para otros pueda parecer utópico, o incluso algo que hay que rechazar. Pero no importa. Esta es la contribución, la misión, que el Cordero nos confía. El testimonio al que estamos destinados, la «promesa y profecía» que debe sostener nuestro peregrinar en la Ciudad Santa, en nuestra Iglesia: atrevernos a una visión que no nace de la posesión, del miedo o de la reivindicación, sino de la redención de la historia. ¿Qué Iglesia seríamos si no tuviéramos el valor de señalar un mundo que aún no existe, pero que Dios nos promete y que ya vislumbramos en el horizonte?
6. Las puertas abiertas
«Sus puertas nunca se cerrarán durante el día, pues allí ya no habrá noche» (Ap 21,25).
Las murallas de una ciudad siempre se construyen para defenderse. Aquí, sin embargo, no se construyen para defender la ciudad de un exterior amenazante, como si lo que hay afuera, fuera peligroso. Sirven para definir un estilo de vida, una pertenencia, pero están constantemente abiertas. No hay nada que defender, sino solo un estilo que proponer. Abiertas en las cuatro direcciones, para que cualquiera, en cualquier momento, pueda entrar y formar parte de esta nueva humanidad. «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7).
Lo que en la Antigua Alianza era privilegio de un solo pueblo – aunque, desde el principio, estaba destinado a todos los pueblos de la tierra (cf. Gn 12,3) – , ahora se profetiza para todos. Todos pueden formar parte del pueblo santo de Dios. La Iglesia lo vive y lo anuncia hoy llevando este tesoro profético en vasos de barro. Esta es también otra clara indicación que nos ofrece el Apocalipsis. En la ciudad que desciende del cielo no puede haber ejercicio de monopolio por parte de nadie, porque la Ciudad Santa, por su propia naturaleza, es incompatible con toda forma de cierre, de exclusividad o de identidad monocromática. No pertenece a unos frente a otros, ni puede reducirse a posesión de una parte. Sus puertas están siempre abiertas: no son un detalle arquitectónico, sino la expresión de una identidad que se define únicamente en la acogida y en la relación. La convivencia es fruto del compartir un proyecto común, del que todos somos parte integrante.
Se trata también de mantener abiertas las puertas entre las diversas comunidades que componen nuestra sociedad. No solo «rozarse» unos con otros. «Mantener las puertas abiertas» significa conocerse y apoyarse mutuamente.
7. El corazón compartido de la humanidad
«Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra le llevarán su esplendor... Y le llevarán la gloria y el honor de las naciones» (Ap 21,24.26).
Las puertas de la Ciudad no solo están abiertas. Juan especifica y añade que los pueblos, las naciones, la alteridad, no son una amenaza, sino que, por el contrario, se consideran una riqueza. Es el oro y el incienso de los pueblos lo que embellece la ciudad. Esta es otra de las grandes novedades descritas por el Apóstol. Se invierten por completo los cánones de la belleza, la santidad y la pureza: no es lo que está incontaminado, solitario, aislado lo que es bello, sino lo que está abierto al otro. Jerusalén se enriquece en la medida en que acoge.
Al principio vimos que Jerusalén se construye en la medida en que se recibe a sí misma de Dios. Ahora la visión se completa y podemos constatar también que Jerusalén se enriquece en la medida en que se recibe a sí misma de los demás. Ambas cosas van de la mano. Parece el cumplimiento de la profecía de Isaías: «A ella acudirán todas las naciones. Vendrán muchos pueblos y dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que nos enseñe sus caminos y podamos andar por sus sendas"» (Is 2,2-3).
El corazón del mundo está en Jerusalén, como atestiguan los millones de peregrinos que llegan de todas partes a la Ciudad Santa. Los peregrinos forman parte de la vida de la ciudad. Sin ellos, sin este vínculo con el mundo, la ciudad está incompleta, y lo vemos, por desgracia, muy bien en estos meses, marcados por su ausencia. Esto significa que los gobernantes locales deben tener siempre en cuenta que lo que se vive en Jerusalén afecta a la vida de miles de millones de creyentes en todo el mundo. No es solo un asunto privado de quienes tienen la gracia de vivir en esos lugares. Jerusalén no pertenece a nadie de manera exclusiva, sino que pertenece a todos, porque no es un botín, sino un don, un punto de referencia común, un patrimonio de la humanidad.
El mundo tiene el derecho y la responsabilidad de interesarse por Jerusalén. No para imponer soluciones desde arriba, faltando al respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos que allí residen, sino para ejercer una presión constante y discreta – diplomática, cultural y espiritual – para que no pueda prevalecer ninguna lógica de exclusión, opresión o posesión exclusiva. La comunidad internacional debería garantizar la misión universal de Jerusalén, recordando a todos que lo que ocurre entre sus murallas concierne al corazón de miles de millones de creyentes y a toda la familia humana.
8. La vocación: sanar el mundo
La ciudad no es un fin en sí misma. Su misión es universal y su vocación es terapéutica.
«Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, y a ambos lados del río, hay un árbol de la vida que da fruto doce veces al año, dando fruto cada mes; las hojas del árbol sirven para la sanación de las naciones» (Ap 22,1–2).
Del trono de Dios y del Cordero brota un río de agua viva, y en sus orillas crece el árbol de la vida, cuyas hojas «sirven para sanar a las naciones». Esta es la tarea última y sublime de Jerusalén. El árbol de la vida, que en el Edén estaba vedado al hombre, se encuentra ahora en el corazón de la ciudad, accesible a todos. Y sus hojas no son para unos pocos elegidos, sino para la sanación de las «naciones», término que en el Apocalipsis indica a menudo al mundo no creyente, a los que están fuera, a los que aún no conocen a Dios. La misericordia divina no es un privilegio para unos pocos, sino un destino ofrecido a todos.
La misión de Jerusalén no se agota dentro de sus murallas, no queda encerrada tras sus puertas. La fuente de agua viva que brota del corazón del Cordero riega el mundo entero. Jerusalén es una ciudad «en salida», llamada a dar fruto para la humanidad. Lo que ha recibido de lo Alto debe compartirlo con todos. Tiene una misión específica, que es solo suya, la de «sanar a las naciones». ¿Sanar de qué? El texto no lo dice, porque no se refiere a una sola herida, sino a la raíz misma de la vida herida. Dice, sin embargo, que lo que sana es su ser viva, su participar en la vida de Dios.
La Tierra Santa necesitará sanación. Se necesitarán largos procesos de recuperación de las numerosas y dolorosísimas heridas que este conflicto produce en la vida de todas las comunidades. Se necesitará consuelo para las tribulaciones causadas por el odio, por la «memoria tóxica». La misión de la Iglesia no es trazar fronteras más estrechas, sino mantener las puertas abiertas, dando testimonio de un amor que nunca se rinde y que llega incluso a quién está lejos, duda o se resiste. Se afirma la responsabilidad de la libertad humana, pero también la infinitud de la Gracia divina.
Tierra Santa, y la pequeña y vulnerable comunidad cristiana que la habita, tiene mucho que compartir. No posee poder militar ni económico, pero recibe del Cordero la «mansedumbre», de quien, según la bienaventuranza evangélica, heredará la tierra. Tiene la fuerza del amor que se dona, la única fuerza que el mal no puede derrotar.
Redimir las consecuencias del conflicto – el odio, el miedo, la «memoria tóxica» – es la tarea específica y sublime de la Iglesia de Jerusalén para el mundo entero. Sus raíces se hunden en la geografía de la salvación, pero su mirada es universal: ser para el mundo no una utopía, sino la semilla de una ciudad real, la ciudad situada sobre el monte (cf. Mt 5,14), que irradia la luz de Cristo a todas las naciones, donde los hombres aprenden el arte del perdón, la fuerza de la igualdad y la alegría del servicio. Es sobre todo el valor del perdón la medicina más poderosa, capaz de traer sanación, y es también el testimonio más auténtico que nuestra comunidad puede ofrecer a los pueblos de esta Tierra.
No se trata de actuar como puente entre dos partes en conflicto, como si los cristianos estuvieran llamados a mediar desde fuera. Ese no es su papel. Los cristianos de Tierra Santa no son un tercero incómodo, ni un amortiguador neutral entre israelíes y palestinos, ni un grupo separado de sus hermanos no cristianos. Son, más bien, sal, luz y levadura dentro de las sociedades a las que pertenecen de pleno derecho. En su mayoría ciudadanos palestinos o jordanos, árabes cristianos, pero también chipriotas e israelíes, comparten la historia, la lengua, las heridas y las aspiraciones de sus pueblos. No están llamados a encerrarse en un enclave protegido, ni a huir, sino a vivir hasta el fondo su vocación: permanecer dentro de la sociedad, compartiendo su destino, para fermentarla desde dentro con una visión del hombre – y de la sociedad – arraigada en el Evangelio.
No ofrecen al mundo una utopía abstracta, sino la semilla – frágil, concreta, a veces casi invisible – de una ciudad posible. Una ciudad que surge desde abajo, en la masa del día a día compartido con sus conciudadanos musulmanes y judíos, y que muestra cómo la convivencia, el perdón y la reconciliación son posibles. Para todos.
9. El rechazo
Estos dos capítulos del Apocalipsis que nos han acompañado no están desvinculados de la realidad. Juan es muy consciente de que, además del encanto y la belleza que encierran los pasajes que hemos presentado, también existe la posibilidad del rechazo. Hay diversos pasajes en este sentido (21,8.27; 22,11.15). Tomemos solo uno como ejemplo: «¡Fuera los perros, los magos, los inmorales, los asesinos, los idólatras y cualquiera que ame y practique la mentira!» (22,15).
Es un lenguaje contundente, al que quizá ya no estamos acostumbrados. Indica un elemento importante: vivir en la Ciudad Santa representa una elección y una responsabilidad. Las murallas de la ciudad – hemos dicho – no defienden, sino que definen el estilo de vida de quien ha decidido vivir iluminado por el Cordero. Si se decide vivir en la ciudad llena de esplendor y de puertas siempre abiertas, deseosa de acoger y de sanar, se asume también la responsabilidad de rechazar todo lo que no pertenece a ese estilo.
Hay una elección que hacer, un estilo que asumir. Quien lo rechaza, no puede permanecer dentro de las murallas, no puede formar parte de la vida de la Ciudad. Se trata, además, no solo de elegir vivir en la luz del Cordero, sino también de esforzarse para que las tinieblas y todo lo que pertenece al mundo de la muerte no moren en la ciudad.
Es importante comprender la naturaleza de este rechazo. No se está juzgando nuestra humanidad – que siempre está marcada por la imperfección –, ni nuestro pecado que necesita perdón; al contrario: precisamente por eso el Cordero es fuente inagotable de misericordia. El rechazo del que hablan las Escrituras constituye algo más radical: es la adhesión – deliberada, obstinada y cerrada al arrepentimiento – a un estilo de vida que se convierte en la negación misma de la lógica del Cordero. Es la elección consciente de la mentira como sistema, de la violencia como método. Se manifiesta en la pretensión de poseer no solo los espacios, sino también la verdad. Es construir la propia vida y la propia ciudad sobre ese proyecto de Babel que pretende elevarse hacia el cielo solo con sus propias fuerzas, excluyendo a Dios y, en consecuencia, dejando de lado al hermano.
La ciudad de puertas abiertas no expulsa, pero define claramente lo que es incompatible con su propia existencia. La elección es nuestra: vivir de la luz que se recibe, o pretender ser nosotros mismos luz. Para quien hace esta elección, la ciudad de puertas abiertas no puede sino parecer un juicio de condena. Pero para quien acoge el estilo del Cordero, ella es, y seguirá siendo para siempre, un hogar.
Es importante subrayar, sin embargo, que no debemos engañarnos pensando que esta elección es definitiva, ni que la Jerusalén celestial coincida perfectamente con ninguna comunidad terrenal – ni siquiera con nuestra Iglesia – . Mientras seamos peregrinos en la historia, la Ciudad Santa permanecerá ante nosotros como un don y como una promesa, no como una posesión. También nuestras comunidades, nuestras instituciones religiosas, nuestros corazones siguen llevando las cicatrices del pecado y de la división. La tentación de encerrarnos en una «ciudad ideal» construida con nuestras propias manos está siempre al acecho. Por eso, la Jerusalén que desciende del cielo nunca deja de descender: siempre necesitamos recibirla de nuevo, porque nunca la poseemos.
10. Una ciudad para todos: habitar la historia con los ojos del Cordero
La visión de la nueva Jerusalén, en definitiva, no constituye una invitación a evadirse de la historia, sino una indicación para caminar dentro de la historia. Es un modelo, un estilo, una referencia real para la comunidad cristiana y para todos aquellos que tienen en el corazón la ciudad terrenal.
Los principios que han surgido – el arraigo en la realidad, la custodia de lo sagrado, la universalidad de la acogida, la fuerza de la mansedumbre, el primado de la relación sobre la posesión, la necesidad de una redención de la memoria, la apertura a todas las naciones – tienen implicaciones políticas, sociales e interreligiosas inmediatas. Nos dicen que:
El carácter histórico de Jerusalén nos recuerda que la ciudad es la patria tanto de israelíes como de palestinos, y que ambos la reclaman como capital. Sin embargo, las reivindicaciones exclusivas contradicen la vocación de Jerusalén. Se trata, en cambio, de una ciudad que compartir, un lugar de encuentro.
El carácter religioso de Jerusalén no puede ser ignorado en ningún acuerdo político. Los fracasos del pasado lo demuestran. Es necesario tomar conciencia de que la característica principal de la Ciudad Santa es ser el lugar de la revelación de Dios.
La armonía entre las comunidades (judías, cristianas y musulmanas) sigue siendo el reflejo terrenal de la intimidad con Dios. Las divisiones son una negación de ello.
Las instituciones religiosas están llamadas a una continua renovación espiritual para no convertirse en obstáculos para el conocimiento de Dios y el encuentro con el mundo.
La posesión de la tierra y de los lugares santos no puede transformarse en un absoluto ideológico. Se necesitan nuevos equilibrios que tengan en cuenta las necesidades vitales de todos, superando la lógica de la exclusión. Es posible encontrar formas de convivencia, respetando cada uno los lugares del otro.
La comunidad internacional tiene el deber y el derecho de interesarse por Jerusalén, porque es de todos. El corazón del mundo está en Jerusalén y lo que allí ocurre afecta a miles de millones de creyentes.
La Iglesia de Jerusalén, pequeña y resiliente, se encuentra viviendo aquí y ahora el estilo de la Jerusalén celestial: ser un lugar acogedor, luz pascual que ilumina las tinieblas del rencor; ser una casa de puertas abiertas, instrumento de sanación en el mundo. Este es su sueño, su misión, su don a la humanidad.
TERCERA PARTE
Implicaciones pastorales
Tras reconocer la realidad y contemplar el futuro que se nos ha confiado, ahora nos preguntamos: ¿cómo podemos, como comunidad, vivir aquí y ahora el estilo de la Jerusalén que desciende del cielo? No se trata de aplicar un proyecto abstracto, sino de dejarnos iluminar en nuestro día a día, en la parroquia, en la familia, en las instituciones. Es un camino largo y arduo, pero el único que puede darnos confianza.
No pensemos que nada podemos hacer a causa del conflicto. Las dificultades no deben ser pretexto para detener la caridad o justificar omisiones. Al contrario, es precisamente en estos casos cuando nuestra acción pastoral debe volverse más incisiva: no para actuar como héroes, sino para dejar espacio a la obra de Dios.
Retomando los contenidos presentados hasta aquí, intentaré ahora esbozar algunos ámbitos pastorales en los que queda claro que la misión de nuestra Iglesia es ser expresión concreta de esta visión que Dios nos ha revelado.
1. La primacía de la liturgia y de la oración
Hemos visto que el primer elemento de la Ciudad que desciende del cielo es recibirse continuamente de Dios, manteniendo viva la conciencia de Su presencia. Y es la vida sacramental de la Iglesia – la liturgia y la oración – la que custodia y aviva esta conciencia. Ella es parte esencial de la misión de la Iglesia
Existe una tentación sutil que debemos reconocer: la de reducir la liturgia y la oración a un instrumento, a algo que sirve para obtener otra cosa – ya sea la paz, el fin de la guerra o la solución de los problemas –. La oración no es un medio. Es un momento de amor y de encuentro con Dios, en el que buscamos verle y ser vistos por Él, tal como hacemos cuando vamos a visitar a las personas que amamos. Es el corazón, el aliento. Es lo que mantiene viva a nuestra comunidad cuando todo lo demás se tambalea. Quien reza encuentra confianza, incluso cuando parece imposible, porque quizás la oración no lo cambie todo ni traiga resultados inmediatos y tangibles, pero transforma nuestro modo de ver las cosas.
Debemos, pues, mantener la liturgia y la oración en el centro de la vida de nuestras comunidades. No solo las oraciones por la paz – que también deben promoverse – , sino la oración como atmósfera estable de nuestra vida, como aquello que da forma a nuestros días, a nuestras semanas, a nuestras comunidades.
Pienso, en particular, en la Liturgia de las Horas comunitaria, en la lectio divina, en la adoración eucarística: no son prácticas para especialistas, sino expresiones sencillas y profundas de la oración de la Iglesia, capaces de sumergir nuestro día a día – con sus miedos y sus expectativas – en la relación viva con Dios.
También debe promoverse la dimensión comunitaria y sanadora del Sacramento de la Reconciliación. Vivido con demasiada frecuencia de forma privada e aislada, es en realidad un sacramento eclesial, que sana no solo al individuo sino a toda la comunidad, restableciendo la comunión herida. Las celebraciones penitenciales comunitarias bien preparadas pueden devolver a este encuentro con la misericordia de Dios toda su fuerza de renacimiento.
Se debe prestar especial atención también al Sacramento del Matrimonio y al cuidado de las familias. En una época que tiene dificultades para creer en la fidelidad y la perdurabilidad, acompañar a los esposos significa ayudarles a construir su hogar no sobre la fragilidad de las emociones, sino sobre la roca del amor de Cristo.
En resumen, la cuestión es esta: la liturgia no es un conjunto de prácticas, sino la acción misma de Cristo, que sigue moldeando, sanando y sosteniendo a su Iglesia. Hagamos de la oración el corazón latente de nuestras parroquias, de nuestras familias, de nuestras escuelas. Una comunidad que reza no evade la realidad, sino que aprende a vivirla con la mirada de Dios, en la luz pascual que resplandece incluso cuando todo a su alrededor es noche. Las parroquias son, sin duda, el corazón de nuestra vida comunitaria; es allí donde se administran los sacramentos y se celebran las liturgias.
2. Las familias: iglesias domésticas
Si las parroquias son el corazón latente de nuestra vida comunitaria, las familias son el aliento cotidiano. Es allí donde la fe se aprende, se transmite y se encarna. Es allí donde los niños viven sus primeras experiencias de amor, perdón y confianza. En ellas, cada uno forma la mirada con la que observará el mundo durante toda su vida.
En esta época de escepticismo y miedo, nuestras familias tienen una misión adicional: convertirse en laboratorios de reconciliación, escuelas de humanidad, iglesias domésticas.
Pensemos en la «purificación de la memoria» de la que hemos hablado. ¿Dónde puede comenzar si no es en la familia? Los padres son los primeros narradores de la historia. La forma en que cuentan el pasado – con rencor o con honestidad, con resentimiento o con confianza – marca a los hijos para siempre. Educar para la convivencia también significa esto: contar la verdad, aunque sea dolorosa, sin transmitir odio. Significa enseñar que se puede recordar una historia dolorosa sin querer vengarse, que se puede llorar a los propios muertos sin desear la muerte de los demás.
Nuestras familias son el primer lugar donde se aprende concretamente el encuentro con el otro: el vecino, el compañero de colegio de otra fe, el compañero de trabajo. Si los padres viven relaciones de respeto y apertura, los hijos aprenden que tales relaciones son posibles. Si los padres hablan con desprecio de quien es diferente, los hijos absorben ese veneno y lo inyectan en su mirada sobre el mundo.
Y luego la oración. La familia que reza unida, dice un antiguo adagio, permanece unida. No hacen falta fórmulas complicadas. La señal de la cruz y la oración antes de la comida, una breve oración por la noche, el Evangelio abierto y leído juntos el domingo. Pequeños gestos que crean una atmósfera, que recuerdan a todos – niños y adultos – que Dios está presente en ese hogar.
Pienso en particular en las familias cristianas mixtas, aquellas en las que conviven tradiciones diferentes. En un contexto que empuja a la separación, ellas destacan como un signo profético: dan testimonio de que el amor es más fuerte que las barreras, de que el encuentro es posible, de que se puede construir unidad en la diversidad. A ellas va nuestro apoyo y nuestra admiración.
Sé bien que las familias hoy están bajo presión: la crisis económica, el miedo al futuro, la tentación de emigrar, las dificultades cotidianas. Muchas familias se encuentran probadas, fatigadas, cansadas. A ellas va dirigida nuestra mayor cercanía. La Iglesia desea estar a su lado, sostenerlas y ayudarlas a redescubrir la belleza de su camino.
A vosotras, familias, os digo: no os sintáis solas. La Iglesia está con vosotras. La parroquia es vuestra casa. Ciertamente no podemos llegar a todo ni a todos, pero no tengáis miedo de compartir vuestras fatigas, de buscar una orientación cuando todo parece oscuro. Y no olvidéis nunca vuestra misión: vosotros sois los primeros testigos de la fe para vuestros hijos. Más que las palabras, cuentan los gestos. Más que los discursos, cuenta el amor vivido.
Que María, Madre de Nazaret, que en una pequeña casa custodió y meditó en su corazón las maravillas de Dios, acompañe a cada familia de nuestra Diócesis. Que nos enseñe a todos el arte de custodiar y unir, de esperar con paciencia, confiados en la espera.
3. Las escuelas: laboratorios del futuro
Nuestras escuelas son quizá uno de los mayores dones que la Iglesia hace a esta Tierra. Generaciones de hombres y mujeres – judíos, cristianos, musulmanes – han pasado por las aulas de nuestras instituciones. Esto no es un detalle: es una verdadera misión.
Hoy, nuestras escuelas están llamadas a ir más allá. No son solo lugares de instrucción, sino auténticos talleres de una nueva humanidad. Son espacios en los que se aprende a convivir, donde la diferencia no asusta, sino que enriquece, y donde el encuentro con el otro se convierte en una ocasión de crecimiento y no de enfrentamiento. El Papa León XIV, recientemente, al recordar el 60.º aniversario del documento conciliar Gravissimum Educationis, afirmó: «Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad» (Dibujar nuevos mapas de esperanza, 3.2.)
Al mismo tiempo, siguen siendo lugares esenciales para la transmisión de la conciencia cristiana. Nuestros jóvenes deben saber quiénes son, a qué historia pertenecen, qué tesoro llevan en el corazón. Una fe que no se conoce no se puede testificar. Una conciencia frágil se cierra por miedo, mientras que una conciencia sólida y madura se abre al encuentro.
Imaginemos escuelas donde no solo se transmitan nociones, sino donde se eduque a releer la historia con ojos libres de rencor; donde el conflicto no se elimine, sino que se afronte con las herramientas del conocimiento del otro, del diálogo y del respeto; donde la calidad de la enseñanza vaya de la mano de la calidad de las relaciones. Escuelas en las que la oración, el silencio y la escucha ayuden a los jóvenes a leer la realidad sin miedo, y donde maestros y educadores no sean solo transmisores de contenidos, sino testigos de un estilo de vida.
Nuestras escuelas deben convertirse en el lugar donde la visión que hemos esbozado en esta Carta – la Jerusalén de puertas abiertas, la redención de la memoria, el rechazo de la violencia – tome forma concreta en el método educativo y en el estilo cotidiano. Es aquí donde se juega una parte decisiva del futuro de esta Tierra.
Soy plenamente consciente de los problemas crónicos – no solo financieros – que afligen a la mayoría de nuestras instituciones escolares y académicas. Últimamente, en Jerusalén está surgiendo el problema de los permisos para los profesores procedentes de Belén, lo que pone en grave riesgo la posibilidad de mantener firme la identidad cristiana de nuestras escuelas. También en este ámbito, el conflicto político tiene consecuencias directas en la vida de la Iglesia, y tendremos que hacer todo lo posible por ayudar y apoyar a nuestros docentes, sin hacernos ilusiones. Nos esperan tiempos difíciles en los próximos años. No obstante, una cosa es segura: con mansedumbre y determinación seguiremos defendiendo el carácter cristiano de nuestras instituciones.
A los directores, a los profesores y a todo el personal de nuestras escuelas les expreso mi más sincero agradecimiento. Vuestro trabajo, a menudo arduo y poco visible, es una inversión en el futuro. Día tras día, estáis construyendo esa ciudad posible con la que soñamos: una ciudad en la que la convivencia no es una utopía, sino una experiencia que se aprende desde la juventud.
4. Los hospitales y las obras sociales: las hojas que sanan
Hay un lugar donde la acogida, el diálogo y la curación ya son una realidad: nuestras obras sociales. Nuestros hospitales, los ambulatorios, los centros de Cáritas, los comedores para pobres, las casas de acogida. El Apocalipsis habla de un árbol de la vida cuyas hojas «sirven para sanar a las naciones»: nuestras obras son como esas hojas, silenciosas y discretas, pero capaces de llevar alivio a quien lo necesite, sin pedir el documento de identidad ni preguntar por la creencia religiosa.
En nuestros hospitales, judíos, cristianos y musulmanes nacen, son atendidos, sufren y, a veces, mueren juntos. Médicos y enfermeros de diferentes credos trabajan codo con codo. En estos gestos cotidianos, el amor de Dios se hace presente y redime divisiones que las palabras a menudo no logran sanar.
Es aquí donde el diálogo se hace carne. No hacen falta grandes discursos. Basta el gesto de quien se hace cargo de una tribulación, de quien ofrece un vaso de agua, de quien acompaña a un moribundo. En esos gestos, el amor de Dios se hace presente y sana.
Nuestra tarea pastoral es doble. En primer lugar, hay que apoyar estas obras con generosidad, para que puedan continuar su misión. Cada vez es más difícil garantizar su mantenimiento y desarrollo y, al mismo tiempo, custodiar su espíritu de apertura y acogida, junto con la profesionalidad de su compromiso. Esta será otra prueba que nos espera en los próximos años.
En segundo lugar, hay que dar a conocer estas realidades para mostrar que otro camino es posible. Con demasiada frecuencia solo escuchamos las voces del odio. Sabemos muy poco de estos gestos silenciosos que mantienen vivo el tejido de nuestra convivencia.
A todos aquellos que trabajáis en nuestras estructuras sanitarias y sociales – médicos, enfermeros, voluntarios, operarios – os expreso mi más profundo agradecimiento. Sois esas hojas que ya hoy, en silencio, redimen las consecuencias de nuestro tiempo. En una tierra donde todo divide, vosotros construís unidad. En un tiempo en el que el odio grita, vosotros amáis en silencio. Vuestro trabajo es precioso a los ojos de Dios y de la comunidad.
5. Nuestros ancianos: memoria viva
Existe además un tesoro en nuestras comunidades que corremos el riesgo de no valorar lo suficiente: nuestros ancianos. En una sociedad que envejece, como la nuestra, ellos también son una presencia valiosa que merece atención y gratitud.
Nuestros abuelos, nuestros ancianos, son la memoria viva de la Iglesia. Han atravesado guerras, han vivido esperanzas frustradas, han sufrido éxodos, han trabajado en la reconstrucción. Han visto cambiar las fronteras, las banderas, los poderes. Y, sin embargo, se han quedado, han custodiado la fe y la han transmitido. A menudo en silencio, con esa discreción propia de quienes han aprendido de verdad que las palabras pesan y deben usarse con cuidado. Hoy, muchos de ellos viven solos. Los hijos se han marchado de aquí, buscando un futuro en otra parte. Las familias están más fragmentadas. La soledad de los ancianos es una preocupación que debemos abordar con una nueva perspectiva.
En la nueva Jerusalén, como hemos visto, todos tienen un lugar. También quien ya no produce, también quien ya no es rápido, también quien necesita ayuda para las cosas sencillas del día a día. En una sociedad que mide el valor en función de la productividad y la eficiencia, ellos nos recuerdan que la dignidad no se pierde con la edad y que la vida vale no por lo que se hace, sino por lo que se es. La sabiduría nace del tiempo y de las pruebas superadas. Incluso cuando la soledad se hace sentir – porque los hijos están lejos o las familias se han fragmentado – , los ancianos siguen siendo un tesoro precioso que hay que custodiar. Como ha enseñado el Papa Francisco, «Los ancianos ayudan a percibir la continuidad de las generaciones, con el carisma de recomponer las rupturas» (Amoris Laetitia, 192).
Que nuestras parroquias se distingan como lugares donde los ancianos se sientan como en casa. Donde no solo sean asistidos, sino escuchados; no solo cuidados, sino amados. Creemos ocasiones para estar con ellos, para recoger sus historias, para aprender de su experiencia. Los jóvenes, las familias, la Iglesia los necesitan.
A todos los ancianos de nuestra Diócesis les digo: gracias. Gracias por vuestra fidelidad silenciosa. Gracias por las oraciones que ofrecéis día y noche. Gracias por la paciencia con la que lleváis el peso de los años y de la soledad. Sois como raíces profundas, que no se ven, pero que sostienen el árbol. Sin vosotros, nuestra Iglesia sería más frágil.
María, en su vejez, guardó en su corazón las maravillas de Dios. Aprendamos de ella, y de nuestros ancianos, el arte de custodiar y esperar con confianza un futuro mejor.
6. Los jóvenes: valor y profecía
Si los ancianos son la memoria, los jóvenes son la profecía. En ellos se concentran las esperanzas, los temores, pero también las energías más vivas de nuestras comunidades. Ellos demuestran que esta comunidad aún tiene un porvenir.
Los jóvenes de hoy son los primeros en sufrir la falta de trabajo, la imposibilidad de comprar una vivienda, un futuro que se presenta como un muro. Se multiplican sus preguntas sobre su pertenencia a esta tierra y sobre su futuro. Pero los jóvenes son también aquellos que saben atreverse, que no renuncian a plantearse interrogantes, sin dar nada por sentado.
A los jóvenes, pues, os digo: no creáis a quienes os dice que aquí no hay futuro. El futuro lo construiréis con vuestras manos, con vuestra inteligencia, con vuestra fe. La Iglesia quiere estar a vuestro lado. No tenemos recetas preparadas, pero tenemos una certeza: sin vosotros, nuestra casa se empobrece. Os pido que seáis audaces. Que no os encerréis en el miedo, sino que os comprometáis con confianza en la construcción de nuestra ciudad.
Que nuestras parroquias sean lugares donde los jóvenes se sientan como en casa. No solo como destinatarios de actividades, sino como protagonistas. Donde puedan expresar sus talentos, donde sus preguntas no sean juzgadas sino acogidas, donde puedan enamorarse de Cristo y de su Iglesia.
Que la Santísima Virgen, que era poco más que una muchacha cuando dio su «sí», camine con vosotros y os enseñe el valor de responder «aquí estoy».
7. Nuestros sacerdotes: punto de referencia para la comunidad
Pienso ahora, con gratitud, en nuestros sacerdotes. Son ellos quienes, día tras día, están entre la gente, para compartir las fatigas y las esperanzas de nuestras comunidades, partir la Palabra y el Pan de vida.
Nuestros párrocos están en primera línea. En este tiempo complejo, marcado por el desconcierto y la desconfianza, su tarea es más delicada y valiosa que nunca. Llevan sobre sus hombros el peso de la atención pastoral, tratando de conciliar sensibilidades diferentes, de escuchar el dolor de cada uno sin alimentar divisiones, de convertirse en signo de unidad en contextos a menudo fragmentados.
A nuestros sacerdotes les pido que sean, para las comunidades, un punto de referencia firme y positivo. No simplemente quienes administran los sacramentos – lo cual es, sin duda, una tarea esencial – , sino hombres capaces de escuchar, de alentar, de recomponer. Que vuestra palabra, en un tiempo de palabras vacías y a menudo venenosas, adopte el tono de una palabra de confianza y esperanza. Que vuestra presencia sea una presencia que une y acoja.
Sé bien que la soledad, el cansancio y, a veces, la incomprensión son cargas reales. Sin embargo, muchos de vosotros seguís entregándoos sin reservas, con paciencia y generosidad. A todos os va mi más sincero agradecimiento y el de toda la Diócesis: por la fidelidad con la que acompañáis a las comunidades, por el valor con el que, incluso en las situaciones más difíciles, seguís siendo presencia de la Iglesia.
8. La vida religiosa: centinelas del alba
Existe otra presencia silenciosa que recorre toda nuestra Diócesis, a menudo oculta, pero esencial: la de los religiosos y las religiosas. Ellos son los centinelas del alba y de la noche (cf. Is 21,11–12).
Con su vida de oración y de consagración, nos recuerdan cada día que existe un «cielo nuevo». En una época en la que todo parece reducirse al horizonte cerrado de la política, la supervivencia y el miedo, ellos alzan la mirada y nos recuerdan que sin Dios toda construcción humana tarde o temprano se derrumba. Como recordaba san Juan Pablo II, el suyo es un testimonio profético de la primacía de Dios y de los bienes futuros, que nace del seguimiento de Cristo y del amor a los hermanos y hermanas (cf. Vita Consecrata, 85).
Pienso en particular en nuestros monasterios y comunidades de clausura, en quienes viven y trabajan en las periferias de las ciudades, y en quienes prestan servicio en las escuelas, los hospitales, las parroquias y en las casas de acogida. A menudo su presencia es discreta y poco visible, pero es esencial. En el silencio de la oración y en la fidelidad del servicio cotidiano, dan testimonio de que la vida cristiana no se mide por la eficiencia o la visibilidad, sino por la fidelidad y el amor. En una tierra marcada por las divisiones, con su presencia construyen modelos de convivencia posible, más allá de las pertenencias.
Pienso con especial gratitud en quienes, en estos meses de guerra, han compartido hasta el fondo el destino de la gente. Los religiosos y religiosas han vivido con la población el hambre, el miedo, los bombardeos. Cuando todo parecía derrumbarse, su presencia se convirtió en un signo poderoso: Dios no abandona a su pueblo. Cuando la muerte parecía prevalecer, ellos continuaron rezando, sirviendo, permaneciendo junto a todos.
Una palabra de agradecimiento va también a los voluntarios cristianos que, a pesar de la guerra, siguen viniendo a Tierra Santa para servir en las escuelas, en las parroquias y en las situaciones de pobreza. A todos los religiosos y religiosas de nuestra Diócesis va mi más sincero agradecimiento: con vuestra fidelidad silenciosa sois expertos en comunión y constructores de unidad. No hacéis ruido, pero construís; no buscáis visibilidad, pero sembráis el bien. Vuestra presencia es una profecía viva en Tierra Santa.
9. Diálogo ecuménico
En nuestra Diócesis, casi todas las familias cristianas son ya mixtas. Nuestros hijos van juntos a la escuela, estudian los mismos libros, comparten el mismo futuro. La vida cotidiana supera de forma muy natural las rígidas distinciones confesionales, mostrando una capacidad de fraternidad interconfesional que estamos llamados a custodiar. En Tierra Santa, el diálogo ecuménico – o, mejor dicho, la relación concreta entre las distintas Iglesias cristianas – no es una opción ni un ejercicio reservado a los especialistas: es una realidad pastoral cotidiana y una dimensión constitutiva de la vida de nuestra Iglesia.
Ningún párroco puede acompañar a su propia comunidad sin tener en cuenta a las demás comunidades cristianas que viven en el mismo territorio. Nuestra misión se desarrolla inevitablemente dentro de un entramado de relaciones que exige respeto, coordinación y un sincero deseo de comunión.
Una de las dificultades más sentidas se refiere a la diferencia de los calendarios litúrgicos, en particular, en lo que respecta a la Pascua. En algunas zonas de la Diócesis puede ocurrir que, en el mismo periodo, una comunidad celebre la Resurrección mientras otra inicia la Cuaresma. Es una situación dolorosa, sobre todo para las familias, que desde hace tiempo interpela la conciencia de la Iglesia. Se ha debatido mucho sobre cómo resolver esta situación, y a veces se oscila entre adoptar todos el calendario gregoriano o bien el juliano, según los periodos. La verdad es que aún no existe una solución. Cualquiera que sea la elección que se haga, no podrá responder a todas las diversas y variadas necesidades de nuestra Iglesia. Por eso estamos llamados a vivir esta dificultad con espíritu de paciencia, favoreciendo la participación recíproca y el compartir fraterno, sin dejar de orar y esperar en un camino que no podrá surgir de decisiones abstractas, sino de una maduración compartida.
En Jerusalén, el peso de las divisiones entre las Iglesias del mundo se manifiesta de manera especialmente concreta, en la propia carne de nuestras comunidades. Nuestra vocación no es solo ser instrumento de sanación para la ciudad y para los pueblos, sino también llevar en la vida cotidiana esta cruz de la Iglesia universal, que aquí tiene su corazón. No se descarta que, si algún día lográramos dar pasos significativos en este ámbito, también toda la Iglesia universal pudiera beneficiarse de ello.
Las relaciones entre las Iglesias se viven habitualmente bajo el signo de la corrección y el respeto mutuo, tanto a nivel de autoridad como en la vida parroquial. Es un signo de madurez que hay que custodiar. Debemos reconocer, sin embargo, que, en los últimos tiempos, algunas posiciones se han endurecido y que en algunas áreas surgen incomprensiones y tensiones, a veces dolorosas. En estas situaciones, la tentación es responder levantando nuevas barreras y adoptando el mismo lenguaje del otro. Sin ingenuidad, estamos llamados a permanecer fieles al estilo de la acogida y la mansedumbre, conservando una mirada abierta y disponible, sin por ello perder nuestra identidad ni nuestra historia, y permaneciendo fieles a nuestra vocación.
Por eso es importante fomentar ocasiones concretas de conocimiento mutuo: intercambios entre parroquias de diferentes confesiones, encuentros entre sacerdotes y entre responsables de la pastoral juvenil. Solo conociéndose verdaderamente se superan los prejuicios y la ignorancia.
En segundo lugar, la realidad nos pide que hablemos con una sola voz. No solo sobre temas sociales y políticos, cosa que ya hacemos. Sino también sobre temas éticos fundamentales, como la defensa de la vida, la igualdad entre los pueblos, el respeto a la dignidad humana, las desigualdades sociales y los derechos de los pobres, y los diversos otros temas que conciernen a la vida del hombre.
En nuestro corazón, nuestra intención debe permanecer abierta a la universalidad, acogedora y orientada a la unidad. Sin ingenuidad, pero también sin resignación. Porque el primer esfuerzo de nuestro ministerio, y el primer testimonio, es la unidad entre nosotros.
10. El diálogo interreligioso: no una isla, sino una ciudad
Lo hemos reconocido: el diálogo interreligioso atraviesa hoy dificultades. Cristianos, judíos y musulmanes tienen dificultades para encontrarse. La desconfianza ha cavado surcos profundos y muchos se preguntan si todavía tiene sentido insistir en este camino.
Sin embargo, precisamente en este momento tan difícil, el diálogo no es un capricho de unos pocos, ni una opción más: es una necesidad vital. Nuestros destinos están entrelazados. No podemos construir el futuro solos, ni imaginar una convivencia que prescinda del otro. Para nosotros los cristianos, como hemos visto, el diálogo no es una simple estrategia pastoral, sino parte integrante de nuestra vocación y de nuestro destino, la forma misma de nuestro ser Iglesia.
Sin embargo, es necesario dar un paso: pasar del diálogo de las élites al diálogo de la vida. Los encuentros entre especialistas y las declaraciones oficiales son importantes, pero no suficientes. El diálogo debe llegar a nuestras parroquias, a los barrios, a las relaciones cotidianas. Es necesario aprender a hablar con el otro, no solo del otro; a escuchar de verdad su historia, su sufrimiento, sus miedos. Solo así se sale de la lógica que reconoce valor exclusivamente a la propia tribulación.
Las escuelas representan un lugar privilegiado para este diálogo vivo. Nuestras aulas son ya, de hecho, laboratorios de convivencia. Aquí es posible educar a los jóvenes no solo en el conocimiento de las religiones, sino en el arte del encuentro, ayudándoles a desarrollar una mirada crítica capaz de resistir a la narrativa única del odio.
También las obras sociales – hospitales, Cáritas, centros de escucha – son lugares en los que el diálogo se produce cotidianamente, a menudo en silencio, a través del servicio común a los pobres y a los enfermos. Es aquí donde la «sanación de las naciones», de la que habla el Apocalipsis, ya está en marcha, sin clamor y sin condiciones.
Y luego está el perdón. Lo sé, es una palabra difícil en este momento. Pero somos cristianos, y Jesús es el maestro indiscutible del perdón. Perdonar no significa olvidar, ni justificar el mal. Significa romper la cadena del odio y dar testimonio de esta posibilidad, incluso cuando parece imposible. Sé que todo esto puede parecer ingenuo. Pero es nuestra misión. El camino es cuesta arriba, soy consciente de ello. Pero no nos cerremos. Nuestra tarea sigue siendo ser sal y luz, crear oportunidades de confianza, incluso cuando las palabras parecen insuficientes.
11. Contra la cultura de la violencia
Hemos visto que en la nueva Jerusalén no entra quien ama y practica la mentira y la violencia. Nuestro rechazo a la violencia debe ser total y visible. Lo hemos dicho muchas veces, pero no basta: debemos vivirlo, no solo con hechos, sino también con palabras. Vivimos inmersos en un torrente de palabras violentas, que se han convertido en lenguaje común. Y también nosotros, los cristianos, corremos el riesgo de caer en esta trampa.
¿Qué hacer? En primer lugar, hagamos un examen de conciencia sobre nuestro lenguaje. En las homilías, en la catequesis, en la familia: aprendamos a llamar a las cosas por su nombre sin reducir nunca al otro a la condición de enemigo. En cualquier circunstancia, el otro sigue siendo siempre una persona a la que se debe respetar.
En las familias, eduquemos a los hijos para que no utilicen palabras de odio, para que no compartan noticias falsas, para que distingan entre la crítica legítima y el insulto. En nuestros medios de comunicación, seamos ejemplares: ofrezcamos información que busque la verdad y favorezca el entendimiento, no el enfrentamiento.
Nos sentimos impotentes ante la ley del más fuerte. Pero el Apocalipsis nos recuerda que la fuerza de Dios es la del Cordero: mansedumbre que no se rinde, amor que no se doblega ante el odio, perdón que desarma al enemigo. Que esta sea nuestra «política». El Papa León XIV nos lo recuerda muy bien en su primer mensaje de paz: «El mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo» (Celebración eucarística en la fiesta de María Santísima Madre de Dios – LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2026).
Rechazamos toda complicidad con la cultura de la violencia. Nuestra fidelidad es al Cordero, no a las lógicas del poder. Venga de donde venga, adopte el rostro que adopte: la violencia nunca es un camino evangélico.
12. La confianza: a contracorriente, pero necesaria
En la primera parte de esta Carta hemos hablado del escepticismo. Es un sentimiento muy extendido en nuestras comunidades: escepticismo hacia las instituciones, la política, las palabras y, a veces, incluso hacia el futuro. Sin embargo, debemos reconocer que el escepticismo, cuando se convierte en una actitud permanente, termina por paralizar. Estamos llamados a responder a este escepticismo con confianza.
No se trata de un optimismo ingenuo ni de una actitud que ignora la dureza de la realidad. La confianza cristiana nace de la fe y es una elección a contracorriente. Es la certeza de que Dios no ha abandonado la historia al caos y permanece cerca de quienes sufren, de quienes son perseguidos, de quienes son rechazados. Es la convicción de que una vida entregada y donada por amor nunca se pierde.
Pensemos en Abraham y Sara. Humanamente, ya no había perspectiva para ellos. Sin embargo, Dios los visitó y les confió una promesa. La confianza nace siempre de una visita de Dios. Por eso debemos rezar para que el Señor visite de nuevo nuestras comunidades, nuestras familias, nuestros corazones. Solo así puede nacer una esperanza que no defrauda.
En la práctica, esta confianza nos impulsa a apoyar y dar visibilidad a todas las iniciativas, personas y realidades que, en nuestro territorio, siguen creyendo en el otro y promoviendo el arte del encuentro. Pero no basta con sumarse a lo que hacen otros: estamos llamados a convertirnos nosotros mismos en promotores de este estilo de presencia, asumiendo en primera persona el valor de la unidad.
Alguien podría pensar que se trata de gestos insignificantes, porque «aquí nunca cambiará nada». Pero, aunque así fuera, no podemos renunciar a marcar la diferencia. Queremos ser esa presencia pequeña, a veces incómoda, que no se deja guiar por las narrativas del odio, sino que con mansedumbre y determinación afirma la suya propia: los cristianos no odian. Este es nuestro testimonio, y es ya una profecía.
13. La acogida: el aliento del amor
Hay que hacer frente al peligro latente que acecha a toda comunidad, especialmente cuando es tan pequeña como la nuestra: el de encerrarse en sí misma, el de convertirse en una fortaleza. La tentación es proteger lo que queda, defender las fronteras, preservar la identidad – una actitud comprensible, sin duda, pero que no es cristiana – . El amor que Jesús nos enseña no conoce fronteras. Cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, Él unió indisolublemente el amor a Dios y el amor al prójimo. Y el prójimo, en su parábola, es un samaritano – un extranjero, alguien diferente, alguien con quien no se hablaba. Jerusalén – como hemos visto – siempre tiene las puertas abiertas y subsiste en la medida en que sabe acoger.
Acoger no significa solo abrir las puertas a quienes vienen de fuera – los migrantes, los refugiados, los peregrinos, los pobres de otras confesiones – sino también acogernos unos a otros, más allá de las pertenencias que nos dividen. En nuestra propia Diócesis tenemos católicos de rito latino y oriental, de expresión árabe y hebrea, procedentes de culturas y naciones diferentes: filipinos, indios, latinoamericanos, africanos, europeos. Todos nosotros somos una sola familia, no un archipiélago de islas.
Acoger significa mirar al otro – a cualquier otro – no como a un extraño al que hay que tolerar, sino como un don. Significa dejarse interpelar por su diversidad, dejarse enriquecer. Significa salir de la lógica del «nosotros» y «ellos» para entrar en la del único «nosotros» que incluye.
Sé bien que todo esto, en la situación en la que estamos inmersos, no es fácil. El miedo es grande. La identidad parece frágil. Pero la conciencia cristiana no es una fortaleza que hay que defender, es una fuente que fluye. Un manantial cerrado se estanca. Solo el agua que fluye permanece viva y da vida, como el río que brota del corazón del Cordero.
Que nuestras comunidades sean lugares donde cualquiera – de cualquier procedencia, lengua, cultura, fe – pueda sentirse acogido, escuchado, amado. No para perder nuestra identidad, sino para vivirla en su forma más verdadera: la del amor que no excluye
Conclusión
Volver a Jerusalén
Hemos llegado al final de esta larga Carta. Quizás algunos de vosotros, al llegar a este punto, os sintáis cansados o desconcertados: tantos temas, tantas pruebas, tantas indicaciones. El riesgo es sentirse abrumados, y pensar: «¿Cómo podemos hacer todo esto?»
La respuesta es sencilla: no podemos. Solos no podemos. Pero no estamos solos.
De hecho, Jesucristo dijo: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Es cierto, somos testigos de ello: también en este tiempo lo hemos experimentado. Por eso os invitamos a «no abandonar vuestras reuniones» (cf. Hb 10,25). Jesús nos espera en nuestras parroquias, en nuestras comunidades de fe, en nuestros grupos y movimientos eclesiales. La inspiración del Espíritu Santo es accesible en nuestra vida cotidiana a través de las Escrituras, la oración personal, el encuentro con los demás, el servicio a los pobres. Aunque tengamos la tentación de replegarnos ante los sufrimientos y la maldad que nos rodean, es saliendo al encuentro del otro como encontramos a Cristo y su consuelo.
Hemos hablado de diálogo ecuménico e interreligioso, del rechazo a la violencia, de la oración, de las escuelas, de las familias, de las obras sociales, de la vida religiosa, de los ancianos, de la confianza, de la acogida. Hemos esbozado una visión: la de la Jerusalén celestial, ciudad de puertas siempre abiertas, iluminada por el esplendor del Cordero, cuyas hojas redimen a las naciones.
Ahora todo esto debe seguir tomando forma. No todo de una vez, ni con heroísmos imposibles, sino paso a paso: en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestros lugares de trabajo y de encuentro. Al releer estas páginas con calma, compartiéndolas y discutiéndolas en los diversos contextos eclesiales y pastorales, sin prisas y poco a poco, espero que puedan convertirse en una ayuda concreta para comprender mejor nuestra misión en Tierra Santa.
Porque, al final, lo que nos sostiene no es nuestra fuerza, sino la alegría del Evangelio. Una alegría que no depende de las circunstancias, que no desfallece ni siquiera cuando todo parece envuelto en la oscuridad. Una alegría que nace de la certeza de que el Señor está con nosotros, que no nos abandona, que camina a nuestro lado incluso en las noches más oscuras, porque ha Resucitado. Y está vivo entre nosotros.
El Evangelio de Lucas se cierra con una imagen hermosa: después de la ascensión de Jesús, los discípulos «regresaron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24,52). Habían estado consternados, habían tenido miedo, habían dudado. Y, sin embargo, al final, regresan llenos de alegría.
También nosotros deseamos volver a nuestra Jerusalén cotidiana – nuestros hogares, nuestras parroquias, nuestras comunidades, nuestro compromiso diario – con esa misma alegría. No una alegría ingenua, que ignora las dificultades. Sino una alegría pascual, que sabe que la luz vence a las tinieblas, que la vida derrota a la muerte, que el amor desarma al odio.
Volvamos a Jerusalén con alegría. Volvamos a nuestra vida con pasión. Llevemos en el corazón el sueño de Dios para su ciudad, y dejemos que ese sueño se convierta, paso a paso, día tras día, en nuestra propia vida.
Que María, Madre de Dios y de la Iglesia, Reina de Palestina y de toda la Tierra Santa, Patrona de nuestra Diócesis, nos acompañe en este camino.
Que la bendición de Dios Todopoderoso y Padre de misericordia descienda sobre cada uno de vosotros.
Jerusalén, 25 de abril de 2026
San Marcos Evangelista
+ Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén

