17 de mayo de 2026
VII Domingo de Pascua, año A
Jn 17, 1-11
El séptimo Domingo de Pascua se sitúa entre dos Solemnidades que completan el tiempo pascual: la Ascensión y Pentecostés.
Y el pasaje del Evangelio que nos ofrece la Liturgia (Jn 17, 1-11) nos ayuda a transitar este tiempo de espera, este tiempo "intermedio", suspendido, en el que la Iglesia vive la ausencia y la promesa, el la partida y la suspensión, el vacío y el cumplimiento: un espacio intermedio.
Estamos en el último capítulo de ese largo discurso que en las semanas pasadas ya hemos tenido ocasión de escuchar. Ahora este discurso se convierte en oración: Jesús no habla a los discípulos, sino que habla al Padre ante los discípulos. Ruega al Padre por ellos.
¿Y qué pide?
Jesús pide tres cosas.
La primera petición no afecta directamente a los discípulos, pero los involucra profundamente.
Jesús pide: «Glorifica a tu Hijo» (Jn 17, 1).
La gloria, en Juan, es la manifestación del amor hasta el don total.
¿Por qué es importante para los discípulos? Porque solo si el Hijo es glorificado, es decir, solo si pasa por la cruz y regresa al Padre, los discípulos podrán recibir la vida eterna y conocer el verdadero rostro de Dios.
Por tanto, la oración comienza, pues, pidiendo que la historia llegue a su cumplimiento, para que la vida de los discípulos pueda ser una vida plena.
Inmediatamente después, Jesús pide que los discípulos entren en el conocimiento del Padre: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti» (Jn 17, 3).
No es un conocimiento intelectual de lo que habla Jesús, sino relacional: significa entrar en la comunión entre el Padre y el Hijo.
Jesús presenta al Padre a los discípulos como aquellos que han acogido la Palabra, han creído, han reconocido la procedencia divina del Hijo. Su petición es que este conocimiento crezca, madure, se convierta en vida eterna desde ahora.
Jesús ruega para que los discípulos permanezcan dentro de la relación que Él les ha abierto.
Todo el pasaje que leemos, sin embargo, nos prepara para la tercera petición, que encontramos justo después de la conclusión del Evangelio de hoy: «Padre santo, guárdalos en tu Nombre» (Jn 17, 11b).
Jesús ya había hablado de este Nombre: «Padre, he manifestado tu Nombre a los que me diste de este mundo» (Jn 17, 6).
El Nombre, en la Biblia, coincide con la presencia. Jesús, por tanto, no ha hablado simplemente de Dios: lo ha hecho visible, lo ha narrado (cf. Jn 1, 18), ha mostrado que Dios es Padre, ha revelado que su rostro es amor, ha abierto a los discípulos a la relación con Él.
Y ahora pide que en este Nombre, es decir, en Él, en el Padre, los discípulos sean guardados: la custodia es la gran petición de estos versículos. No pide que sean fuertes, inteligentes, capaces, fieles o cualquier otra cosa: pide que sean guardados. Guardados en el Nombre del Padre, es decir, afianzados en la relación con Él, protegidos en su identidad como hijos, preservados de la dispersión y el temor. Es una petición que anticipa Pentecostés: el Espíritu será precisamente esta custodia interior, esta presencia que habita y unifica.
Todo el pasaje, además, está impregnado por el tema de la gloria: «Glorifica al Hijo... yo te he glorificado... soy glorificado en ellos» (Jn 17, 1.4.10).
La gloria, que en la Pascua se reveló como amor que se entrega hasta el final, ahora se cumple en la Ascensión, cuando el Hijo vuelve al Padre, y en Pentecostés, donde el Espíritu hace visible en los discípulos la vida misma del Hijo.
Entre estas dos fiestas, la gloria está en camino: pasa del Hijo a la comunidad, como una herencia que está a punto de ser transmitida y acogida.
Entre estas dos fiestas, la Iglesia vive en el aliento de la oración de Jesús: todavía no ve al Espíritu, pero ya está guardada en el Nombre; todavía no está en misión, pero ya ha sido encomendada al Padre; todavía no comprende la plenitud de la gloria, pero ya está envuelta en el movimiento de amor que del Hijo pasa a la comunidad.
+Pierbattista
*Traducido del original en italiano

