12 de abril de 2026
II Domingo de Pascua, año A
Jn 20, 19-31
El pasaje del Evangelio que leemos hoy (Jn 20, 19-31) nos sitúa en la tarde del primer día de la semana; un día que había comenzado muy temprano por la mañana, cuando María Magdalena fue al sepulcro para honrar el cuerpo del Señor (Jn 20,1).
Todos los discípulos, excepto Tomás, están reunidos, encerrados en un lugar por miedo a los judíos (Jn 20,19). Allí se les une el Resucitado, que viene y se sitúa en medio de ellos.
Jesús, ante todo, viene y está. Estar es un verbo usado por el evangelista Juan por primera vez en referencia al Bautista: "En medio de vosotros esta uno a quien vosotros no conocéis…" (Jn 1,26). Es el verbo de la estabilidad.
El Mesías está en medio de nosotros, para dar testimonio que verdaderamente el Señor está en medio de su pueblo. Ha venido en medio de nosotros, pero su venida no es un paso breve o limitado: su venida es una elección definitiva, de quien viene y permanece, de quien viene para no irse más.
A lo largo de toda la historia de la salvación, Dios viene en medio de su pueblo: lo salva, lo libera, lo guía. Sin embargo, esto no basta para apaciguar la desconfianza del pueblo, que se pregunta una y otra vez: "¿Está el Señor en medio de nosotros, o no? " (Ex 17,7) La historia de la salvación está impregnada por esta pregunta, por esta inquietud. Es la pregunta que se hizo también el apóstol Tomás; es la que también cada uno de nosotros se hace, sobre todo en los momentos dramáticos de la vida y de la historia.
El Evangelio de Juan nos dice que el Resucitado se presenta en medio de los suyos de una manera muy particular, mostrando sus llagas, las marcas de su Pasión. Por esta señal, los discípulos pueden reconocer que se trata precisamente de Él, y no de otro. Tomás mismo lo confirma: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto el dedo en la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Jn 20,25).
Estas heridas, por lo tanto, no son un detalle, sino el lugar donde se revela la Pascua: el Resucitado, cuando aparece, no revela su rostro, o su gloria, sino las llagas de su crucifixión.
Son heridas que no se cierran, que permanecen siempre abiertas, para dar testimonio de la fidelidad del don de Dios, que nunca falla, que continúa entregándose a nosotros; que está en medio de los suyos como fuente perenne de vida y de alegría: "Les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor" (Jn 20,20). Pero, ¿por qué estas llagas son tan importantes, como para estar en el centro del Evangelio de hoy, en el centro del primer encuentro del Resucitado con sus discípulos?
Son importantes no solo porque son prueba de la identidad del Señor y porque crean una continuidad entre su muerte y su resurrección, sino también porque nos muestran el camino para participar de la vida nueva del Resucitado: debemos vivir en la memoria de su Pasión, de su amor que supera nuestro rechazo, nuestras traiciones, nuestras huidas.
Las llagas en las manos y en los pies, la herida del costado son memoria viva de la historia de Dios con nosotros, memoria del amor que Él tuvo por nosotros. En esas llagas gloriosas encuentra lugar nuestra vida, tal como es.
En esas heridas nace la Iglesia, llamada a ser entre los hombres memoria viviente de la lógica con la que el Padre lleva adelante su historia con la humanidad, que es la lógica de la mansedumbre. Sin estas heridas, la Pascua habría sido un acto de poder, el signo de una victoria que eliminaba el límite y la vulnerabilidad.
Con sus heridas el Resucitado consagra la Pascua como el lugar de una ofrenda eterna, de una Pasión eterna.
Con la Pascua, comienza un tiempo nuevo, aquel en el que también los discípulos son llamados a resucitar con Cristo.
Pero no es un tiempo sin heridas. Es un tiempo en el que toda herida encuentra un lugar y un sentido en las heridas del Resucitado, y en Él encontramos consuelo y alegría.
Resucita con Cristo quien sabe hacer memoria de sus llagas, de su amor infinito.
+Pierbattista

