¡Que el Señor les dé la paz y les bendiga a todos!
Hoy en Jerusalén estamos viviendo una Pascua muy diferente y extraña, sin reuniones, sin gente, de muy bajo perfil, si se me permite decirlo así. Por lo tanto, es muy difícil sentir el ambiente de la Pascua, esa atmósfera de alegría y jubilo, donde la gente se reúne para abrazarse y enviarse saludos y bendiciones en el Señor Resucitado.
Aún así, es el Domingo de Pascua, y en Jerusalén no podemos dejar de celebrar la Pascua. En los Evangelios, leemos que la Resurrección ocurrió durante la noche, porque cuando las mujeres llegaron temprano en la mañana, la resurrección ya había sucedido, así que Jesús resucitó en medio de la noche, en la oscuridad. Este es también mi mensaje: no hay oscuridad, no hay situación que no nos permita celebrar al Señor Resucitado, ni siquiera hoy, ni siquiera ahora en esta difícil situación que estamos viviendo.
Jesús no espera que alcancemos el nivel adecuado de la fe, no espera nada de nosotros. Fue un regalo gratuito, venir a nosotros como Señor Resucitado, para transformar nuestras heridas y nuestras dificultades para creer.
En cierto modo, la resurrección es un acto de desobediencia, desobediencia a la desconfianza y al miedo. Queremos obedecer al Señor y obedecer a la luz, porque celebramos la luz que vino a nosotros, y no la oscuridad. No permitimos que la oscuridad prevalezca en nuestros corazones, en nuestra forma de pensar, en nuestra actitud y en nuestras relaciones, incluso hoy, a pesar de todo.
Este es mi saludo para todos vosotros, ¡no hay situación que esté condenada para siempre a estar bajo la sombra de la muerte, ¡Ninguna! ¡Ni siquiera aquí! Y hoy, nosotros como cristianos por la fe, decimos que la historia ha cambiado, el Señor Resucitado cambió la historia, y pertenecemos a la historia que Él escribió, y queremos escribirla con Él, incluso hoy.
¡Felices Pascuas a todos!

