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Meditación de S.B. Cardenal Pizzaballa: Solemnidad de la Ascensión, A

Meditación de S.B. Cardenal Pizzaballa: Solemnidad de la Ascensión, A

Jueves 14 de mayo de 2026

 Solemnidad de la Ascensión, A

En estas palabras que el Señor Resucitado pronuncia mientras se despide de sus discípulos y vuelve al Padre, hay una pequeña conjunción que tiene un significado estratégico.

Nos encontramos en los versículos finales del último capítulo del Evangelio de Mateo, y Jesús dice así: «Se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos…» (Mt 28,18-19).
Hay un pues, o sea, una consecuencia: algo nuevo ha sucedido y por consiguiente, un efecto nuevo.

¿Qué ha sucedido?

Jesús reinterpreta los acontecimientos de la Pascua, como el momento en el que le ha sido dado todo poder, en el cielo y en la tierra.
En primer lugar, el poder le ha sido dado: el Resucitado no se autoproclama Señor, sino que es el Padre quien lo constituye Kyrios, Señor de la historia y del cosmos. Es un poder que nace de la relación, no de una conquista personal.

Es, pues, un poder pascual: no es el poder de los reinos de este mundo (cf. Mt 20,25); es el poder de quien ha vencido a la muerte dando la vida y, por esto, su autoridad tiene el estilo definitivo del amor que se entrega.

Es, finalmente, un poder que unifica cielo y tierra: ya no hay lugar que esté fuera de su radio de acción, por lo que ninguna distancia, ninguna noche, ninguna periferia se aparta de su presencia.

El poder del Resucitado es la soberanía del amor que ha trascendido la muerte y ahora alcanza a toda criatura.

Esta soberanía se manifiesta a través de un término que, en la lengua original, retorna cuatro veces, el término "todo": «A mí me ha sido dado todo poder» (Mt 28,18), «haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), «todo lo que os he enseñado» (Mt 28,20), «yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20).

Esta cuádruple repetición no describe un poder que domina, sino un poder que llena: es la plenitud de la vida pascual que ahora abarca el cosmos, llega a todos los pueblos, ilumina cada palabra de Jesús y acompaña cada día de la historia.
El "todo" del Resucitado es la vida llevada a su plenitud: una soberanía que no aplasta, sino que genera; no excluye, sino que acoge; no limita, sino que dilata.

Es en este punto donde se inserta el "pues" del que hablábamos al principio.

Puesto que el señorío del Resucitado es universal, puesto que su don de amor es para todos, pues los discípulos pueden partir y llevar a todos el don de este nuevo comienzo.
Su misión nace de la plenitud: los discípulos no llevan un poder, sino que participan de una vida que ya desborda y se difunde hacia todas las gentes.

Por esto, es importante subrayar: el mandato misionero («id, pues…») no es una tarea humana, sino una acción que se desarrolla dentro de la soberanía escatológica de Cristo.
En otras palabras, los discípulos no van "antes" de que Jesús reine, sino que pueden ir porque Jesús ya reina; no preparan el Reino, sino que actúan dentro del Reino inaugurado por la Pascua.

Si el Reino ya está inaugurado por el Resucitado, entonces la misión consiste en manifestar el testimonio, en hacerlo accesible. Mateo lo expresa con tres verbos: hacer discípulos, bautizar, enseñar (Mt 28,19).
"Hacer discípulos" es el verbo principal de la frase. No significa "convertir" o "convencer", sino más bien introducir a alguien en un camino. El discípulo es aquel que entra en la relación con el Maestro, no aquel que se adhiere a un sistema. Hacer discípulos, pues, no crea el Reino: abre el acceso a la vida que el Resucitado ya dona.

Los misioneros deben luego "bautizar", que no significa solo celebrar ritos, sino sumergir continuamente a cada persona en la comunión trinitaria, mantener abierto el acceso a la circulación de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu. Es el acceso al corazón mismo del Reino, porque el Reino es la vida trinitaria que el Resucitado nos ha abierto para nosotros.

Y, finalmente, Mateo habla de "enseñar": no se trata de una enseñanza doctrinal abstracta, sino de enseñar como guardar ("observar") todo lo que Jesús ha mandado. Es una enseñanza que moldea la vida, no solo la mente. Enseñar significa ayudar a vivir según la lógica del Resucitado.

Una vida que nace de la plenitud del Resucitado, a quien todo le ha sido dado, por quien todas las gentes son alcanzadas, por quien todo su Evangelio se convierte en camino, y todos los días están habitados con su presencia.

+Pierbattista

*Traducido del original en italiano