31 de mayo de 2026
Santísima Trinidad, año A
En este domingo de la Santísima Trinidad, se nos da a leer un breve pasaje del capítulo tercero del Evangelio de Juan (Jn 3,16-18). Es un texto que no habla de Dios en abstracto: muestra cómo Dios se mueve, cómo ama, cómo entra en la historia.
En este texto vemos claramente que hay algunas palabras que pertenecen al mundo de Dios, a su modo de ser y de actuar. Y hay otras que no le pertenecen, que no hablan del rostro de Dios tal como nos es revelado por el Señor Jesús, Hijo de Dios.
Las palabras que pertenecen a Dios son todas palabras que hablan de comunión.
Y las palabras que no le pertenecen son todas palabras que hablan de separación.
Empecemos por estas últimas, por las que no hablan de Dios.
En el texto encontramos al menos dos: "condenar", que aparece tres veces (Jn 3,17.18) y "perder" (Jn 3,16).
Jesús, dice, de hecho, que Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo (Jn 3,17), que el que cree no es condenado y el que no cree ya tiene su condena (Jn 3,18).
Así como dice que el que cree no se pierde (Jn 3,17) porque, como dirá en otra parte del Evangelio de Juan, la voluntad del Padre es que Jesús no pierda a ninguno de los que Él le ha dado (Jn 6,39).
El Padre, por lo tanto, no quiere condenar a nadie.
Es más, un poco más adelante, dirá que no solo no condena, sino que ni siquiera juzga.
Juzgar, en el sentido humano, significa separar, clasificar, excluir. Esto no pertenece a Dios.
En Juan, el "juicio" no es un acto de Dios, sino la reacción del hombre a la luz: la luz viene, y cada uno revela lo que lleva en el corazón. Dios no juzga: Dios ilumina.
Si Dios no juzga, mucho menos condena.
La condena es el acto de quien cierra, define, arrebata el futuro. Dios no condena porque Dios abre: abre caminos, abre la historia. La condena, más bien, es lo que el hombre se hace a sí mismo cuando rechaza la luz.
Dios no juzga y no condena porque no quiere perder a nadie.
Y no puede perder a nadie porque Él no olvida a nadie: cada criatura permanece grabada en su memoria de amor, como un nombre escrito en lo profundo de su corazón.
Estas palabras, por tanto, no pertenecen a la semántica de Dios.
¿Cuáles, en cambio, le pertenecen?
En el pasaje de hoy encontramos tres: amar, dar, salvar.
Escuchamos, de hecho, que "tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo" (Jn 3,16); y que "envió al Hijo al mundo…para que el mundo sea salvado por medio de Él" (Jn 3,17).
Amar es el primer movimiento de la Trinidad: el Padre genera al Hijo en el amor, el Hijo recibe y devuelve, el Espíritu es el amor que circula y alcanza. El amor no es una cualidad entre otras: es lo que Dios es y, por tanto, también lo que Dios hace. Dios no puede no amar, no puede hacer otra cosa.
Este amor no es amor en abstracto: el amor da y se da a sí mismo.
El don es la forma concreta del amor. Dios no retiene, no ahorra, no calcula: se expone, se entrega.
Y, finalmente, salvar: es el gran deseo de Dios, su voluntad, que todos los hombres se salven.
¿Pero qué significa ser salvado?
No es un premio después de la muerte y no significa ser apartado del mundo; tampoco significa comportarse bien o ser irreprochable. Significa, más bien, ser introducido en la vida de la Trinidad: vivir de su amor, respirar de su Espíritu, pertenecer al Hijo como el Hijo pertenece al Padre.
Ser salvados significa participar de la vida misma de Dios, de su comunión de amor, porque la salvación no es un lugar, es una relación: "Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros" (Jn 17,21).
He aquí la "vida eterna", donada a quien cree: no es algo que sucede después de la muerte, sino algo que sucede dentro de la vida. La comunión trinitaria se convierte en casa y morada interior, el espacio en el que el hombre vive ya ahora de la misma vida de Dios, participando de su amor que nunca termina.
+Pierbattista
*Traducido del original en italiano

