14 de junio de 2026
XI Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 9,36 - 10,8
En el pasaje del Evangelio que precede al de hoy, respondiendo a los fariseos que se habían extrañado al verlo sentado a la mesa junto a publicanos y pecadores, Jesús utiliza la imagen del médico: «No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos» (Mt 9,12). Jesús utiliza esta imagen como síntesis de toda su misión entre los hombres, como clave interpretativa de toda su historia terrenal.
Esta misma imagen del médico sirve de fondo a todo el pasaje de hoy (Mt 9,36-10,8): y no solo es una imagen vinculada a la misión de Jesús, sino que se convierte en una referencia al estilo de vida de los apóstoles, al criterio y forma de la Iglesia. Los versículos que hemos escuchado, además, nos dan una idea del estilo con el que Jesús ejerce su ministerio de sanación, y que luego transmitirá a los apóstoles y a toda la Iglesia.
La primera cosa que un médico hace es mirar, ver: Jesús recorre pueblos y aldeas, enseñando y curando, y a su alrededor se reúne mucha gente. Y Jesús, ante todo, mira: "Al ver la multitud …." (Mt 9,36).
El ministerio de curación de Jesús comienza siempre así: con una mirada. Jesús se detiene y mira, porque el mal más profundo del hombre es el de no ser visto: la soledad, el abandono, la invisibilidad son heridas que preceden a todas las demás.
El Evangelio de Mateo está lleno de miradas con las que Jesús mira a las personas individuales o a multitudes enteras.
Y de esta mirada nace siempre algo. Jesús no se limita a mirar: de esa mirada nacen siempre palabras o gestos que abren a la curación y a la salvación, que abren a la vida.
El segundo paso es revelador: de la mirada, de hecho, Jesús no pasa directamente al diagnóstico o a la cura. El segundo paso es el de la compasión: "Jesús, viendo a la multitud, sintió compasión por ellos ..." (Mt 9,36). Es un paso significativo, porque la compasión orienta nuestra comprensión de la realidad. Sin compasión, nuestra mirada se convierte en juicio. Pero la compasión nos permite no culpabilizar. No aísla las personas, no les añade más cargas, sino que ve más allá y les abre a la esperanza.
El tercer paso que da Jesús, como todo buen médico, es el del diagnóstico: son personas "cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor" (Mt 9,36). Jesús ve no solo el síntoma, sino también la causa, el motivo profundo de este cansancio y de este abatimiento que pesa sobre la multitud. Están cansadas y abatidas porque son como ovejas sin pastor, personas a las que nadie mira, sobre las cuales nadie posa la mirada. No tienen una orientación.
La misión de los discípulos nace aquí, de esta falta de visión y de cuidado. Por esto Jesús llama a los discípulos, porque ni siquiera Él puede curar solo: tiene necesidad de una comunidad de cuidado, de personas capaces de tener su misma mirada sobre las multitudes cansadas y abatidas.
Y tres son las dimensiones del ministerio que Jesús confía a los Doce: deben curar, deben liberar y deben anunciar el Reino ("Llamó a sus doce discípulos, ... para que curaran toda enfermedad y toda dolencia... Por el camino, predicad diciendo: 'El Reino de los Cielos está cerca'." - Mt 10,1.7).
Ante todo, deben curar, entrar en contacto con las heridas de la gente y hacerse cargo de ellas, llevar a todos la presencia del Reino que restituye la vida. Porque el Reino no es una idea, es una fuerza que allí donde llega, obra una novedad y una salvación.
Luego deben liberar. Jesús da a los Doce el poder de "expulsar a los espíritus impuros" (Mt 10,1): en el Evangelio de Mateo, los espíritus impuros representan todo lo que deshumaniza, aprisiona, divide y quita libertad. Porque no basta con curar el cuerpo: es necesario romper las cadenas interiores.
Finalmente, Jesús ordena a los suyos predicar que el Reino de los cielos está cerca (Mt 10,7). Y esto es porque la curación y la liberación no son magias: son signos. Signos de un mundo nuevo que está naciendo.
La cura, por tanto, que Jesús prescribe no pasa a través de medicinas o estrategias, sino por el tejido vivo de las relaciones: una cura hecha de misericordia que levanta, de gratuidad que no calcula, de compasión que permite ser herir; porque el Reino cura así, a través de personas que saben mirar, tocar y asumir el dolor de los demás.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

