DOMUS GALILAEAE – El sábado 6 de junio de 2026, en la Iglesia de los Doce Apóstoles de la Domus Galilaeae, cuatro diáconos del Seminario Redemptoris Mater de Galilea fueron ordenados presbíteros para el Patriarcado Latino de Jerusalén por la imposición de manos y la oración consecratoria de Su Beatitud el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén.
Los nuevos sacerdotes son David Sotgiu, de Italia; Adolfo René De León Salguero, de Guatemala; Francisco Hurtado Cárdenas, de Colombia; y José Pablo Morera Mesén, de Costa Rica. La celebración reunió a numerosos presbíteros, seminaristas, familiares, amigos y comunidades neocatecumenales de Tierra Santa y de los países de origen de los ordenandos.
La ordenación tuvo lugar en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, una coincidencia que el Patriarca señaló como providencial. En su homilía, recordó que “no hay Eucaristía sin sacerdote, ni sacerdote sin Eucaristía”, subrayando que el sacerdote no solo celebra la Eucaristía, sino que está llamado a vivir según su forma: como pan partido y vida entregada para la Iglesia.
“El amor no puede encerrarse en sí mismo; debe comunicarse, debe hacerse don”, afirmó el Patriarca, explicando que la Eucaristía es el modo en que el amor de Dios se entrega al mundo. Por eso invitó a los nuevos presbíteros a dejar que la vida de Dios entre en ellos y se convierta, a través de su ministerio, en don para las comunidades a las que serán enviados.
El Cardenal Pizzaballa recordó también que el sacerdocio no es una posesión personal, sino un don recibido que debe ser custodiado en toda la vida: en las palabras, en los gestos, en el modo de pensar y de relacionarse con los demás. “Si lo retenéis para vosotros, se sofocará; debe convertirse siempre en un don”, dijo, exhortando a los nuevos sacerdotes a vivir su ministerio sin esperar recompensa, especialmente en los lugares y situaciones más difíciles.
A partir de la primera lectura, el Patriarca insistió en la importancia de la memoria: “Recordad lo que el Señor ha hecho con vosotros”. Invitó a los ordenandos a no olvidar el camino recorrido, las personas que los han sostenido y la fidelidad de Dios que los ha conducido hasta este día.
Dirigiéndose a ellos, les recordó además que el sacerdote está llamado a ser pastor no para vincular a las personas a sí mismo, sino para conducirlas al encuentro con Cristo. La vida del presbítero, dijo, debe dar forma al rebaño mediante el testimonio, ayudando a las comunidades a experimentar la fe como una realidad viva en el seno de la Iglesia.
Al final de la homilía, el Patriarca destacó la belleza y la exigencia de servir a la Iglesia de Jerusalén: una Iglesia pequeña, compleja y herida por muchas situaciones, pero precisamente por eso llamada a una autenticidad profunda. “Aquí es necesario llegar hasta el fondo, vivir hasta el extremo la vida de Dios, allí donde la Palabra se ha encarnado y se ha hecho tangible y real”, señaló.
La celebración concluyó en un clima de profunda alegría y gratitud por el don de estos nuevos presbíteros, llamados a servir al Patriarcado Latino de Jerusalén y a la misión de la Iglesia en Tierra Santa y allí donde el Señor, por medio de sus pastores, los envíe.
Que el Señor acompañe a David, Adolfo, Francisco y José Pablo en su ministerio sacerdotal, y los haga testigos humildes y fieles del amor de Cristo en medio de su pueblo.







