3 de septiembre de 2017
XXII Domingo del tiempo ordinario, Año A
Inmediatamente después de la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filippo (Mt 16,13-20), Jesús siente la necesidad de introducir a sus discípulos en el misterio del sufrimiento que le espera. Sabe que puede alimentar expectativas mesiánicas lejos del verdadero significado de su misión, y comienza a definir los contornos de su modo de concebir el reino de Dios, su salvación. Una manera que es siempre diferente de lo que el hombre esperaría.
Así, tres veces, anuncia a su pueblo que tendrá que enfrentar una gran prueba, que esta prueba culminará con una muerte infame, pero al tercer día resucitará.
En el Evangelio de hoy encontramos el primero de estos anuncios: “empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. ” (Mt 16,21).
Jesús acentúa en primer lugar que debe vivir esta pasión. Este verbo, “debe”, es un verbo importante. No amamos mucho el verbo “deber”, que nos habla de constricción, de falta de libertad. Jesús “debe” enfrentarse a esta muerte, pero no como alguien que se ve obligado a hacer algo que no quiere hacer: lo suyo es una obediencia libre. Es la obediencia de quien sabe que debe seguir por ese camino si quiere amar hasta el final. Es la obediencia libre de aquellos que saben que esto es necesario, y no retrocede, no huye: los que aman verdaderamente saben que el amor implica deberes, porque crea lazos que se deben honrar cotidianamente.
La libertad falta sólo donde falta el amor, y el amor siempre lleva en sí una necesidad, un deber y por lo tanto, necesariamente una muerte.
Y un amor que honra hasta las últimas consecuencias su relación, al final no puede no resucitar …
Jesús entonces, sabe que la salvación del hombre depende de su obediencia al plan de amor del Padre, y no interpone nada en el cumplimiento de esta voluntad.
No interpone nada, ni el sufrimiento, ni una muerte causada por la gente de su propio pueblo: Esta muerte no será un escándalo para él (v. 23), no le impedirá amar, y de hecho será el lugar para revelar las dimensiones ilimitadas de su amor por el hombre.
Si el escándalo es todo lo que está en medio, lo que bloquea el camino, lo que interrumpe la comunicación, Jesús no se escandalizará por la muerte, la injusticia, el rechazo, la negación.
El único escándalo que Jesús puede percibir para sí mismo y para sus discípulos no es por lo tanto los acontecimientos dramáticos y dolorosos a los que se enfrentará, el único escándalo posible es el de un pensamiento que no venga del Padre, un pensamiento que pretenda afirmar que es posible la salvación que no pase a través del don de la vida.
Un pensamiento que intenta poner fronteras al amor, que pone confines precisos y no quiere ir más allá.
Al comienzo de su misión, este pensamiento apareció ante el diablo en el momento de la tentación (Mt 4, 11). Ahora, en esta ocasión también importante, el mismo pensamiento es expresado por Pedro, que toma al maestro a un lado y lo “reprende”. A esta actitud Jesús le llama escándalo.
Escándalo no es por fuerza un hecho grave y vergonzoso; El escándalo es también “simplemente”, todo pensamiento razonable que va más allá de una lógica que busca salvarse a sí mismo primero. Esto es lo que impide el camino, que distrae el corazón de la meta.
Por lo tanto, frente a la revelación de Jesús, todas las resistencias del discípulo surgen inmediatamente, y es normal que lo sea: Pedro es cada uno de nosotros.
Jesús simplemente pide a Pedro que redescubra su lugar, el de los que están detrás del maestro, no antes, no entre Jesús y el Padre, como una piedra de tropiezo, un escándalo. ¡Ve detrás de mí, Satanás! ¡Me eres escandalo porque no piensas según Dios, sino según los hombres! “(16, 23).
Le pide humildad para aprender una nueva y diferente lógica: incluso esto no puede ser revelado por carne y sangre (Mt 16,17), sino sólo por el Padre, que lo da a los pequeños.
El lugar de Pedro es el lugar de todo discípulo, “si alguno quiere venir detrás” del Señor (Mt 16,24), debe, como Pedro, dejar su propia lógica, la que busca la vida con su propia fuerza, para entrar en una lógica del don, sin confines.
Recibirá la gracia de no escandalizarse de nada: no hay mal en el mundo, ni siquiera la muerte, que pueda separarnos del Señor, que nos impida hacer el único deber que nos hace hombres verdaderamente: amar hasta el final.
+Pierbattista
