17 de septiembre de 2017
XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, año A
La parábola que escuchamos hoy concluye el capítulo décimo octavo del Evangelio de Mateo, donde se habla del discurso de Jesús sobre el tema de las relaciones al interno de la comunidad eclesial.
Se pueden distinguir dos partes: en primer lugar tenemos la pregunta de Pedro acerca del número de veces que tiene que perdonar (Mt 18,21), y la respuesta de Jesús, se desarrolla en la así llamada parábola del siervo despiadado (Mt 18,22-34) y concluye con la última parte acerca del límite dado por el hombre al perdón que otorga el Padre (Mt 18,35).
La pregunta de Pedro, a su vez, nace a partir de las palabras anteriores de Jesús sobre el tema del perdón: la comunidad conoce el problema del pecado, la división, el mal, y Jesús ha dado un camino a recorrer para que los hermanos se ayuden a salir de la muerte.
Frente a esta perspectiva, la reacción de Pedro es muy humana, muy razonable: es bueno perdonar, es bueno perdonar a menudo y repetidamente, pero en algún momento podemos toparnos con un límite. ¿Cuál es este límite? ¿Hasta dónde hay que amar? ¿Quién nos da la medida?
Y Jesús responde.
En la parábola, hay, sobre todo, elementos paradójicos.
El primero se refiere al monto de la deuda del siervo con su patrón-rey: diez mil talentos es un valor impensable, igual a una suma de dinero que en ese momento en Palestina ni siquiera estaba en circulación.
Pero esa era la deuda del criado.
El segundo es la reacción del maestro que, sin dejarse rogar demasiado perdona toda la deuda. Podría haberle condonado una parte y exigir el resto. Podría haber dejado más tiempo, y seguiría siendo un buen maestro, un paciente maestro.
Pero no, lo dispensa todo, e inmediatamente.
Cuando Pedro nos pregunta por la medida del perdón a la que estamos llamados a participar, Jesús responde hablando del amor del Padre y de su medida de perdón.
El hombre, cada hombre, tiene con Él una enorme deuda que nunca podría cumplir: no sólo le debemos toda la vida que no tiene precio, sino que también le debemos la salvación de una muerte que ya nos tenía en sus fauces. Y nuestra salvación costó al Padre la vida del mismo Hijo.
Pero hay una tercera nota inesperada y absurda, esta vez al negativo, y es la del siervo que, una vez obtenida la libertad por parte de su patrón él se encuentra incapaz de perdonar a su hermano a una deuda infinitamente menor de lo que le ha sido perdonada a él.
¿Cómo es posible?
Parecería imposible, en cambio es lo que hacemos cada vez que no perdonamos a un hermano, cada vez que consideramos que el perdonar nos parece demasiado.
Somos como ese siervo, incapaz de compartir el inmenso regalo que ha recibido, como si fuera un derecho adquirido y no un regalo gratuito.
Los que no tienen conciencia del don que han recibido, los que no nutren el recuerdo del perdón a través de la gratitud y la oración, están expuestos a comportarse como aquel siervo, que no sabe perdonar obviamente.
Si no lo hace, y aquí está la cuarta novedad de la parábola, de alguna manera pierde el don que ha recibido porque se cierra a la posibilidad de disfrutarlo, de vivir de esta lógica.
Estamos llamados a perdonar siempre porque nuestro perdón no es nada comparado con la misericordia que nos ha sido dada.
Sólo un perdón ilimitado es el verdadero perdón: un perdón limitado es todavía “solo” la justicia humana, que no se parece nada en comparación con el actuar de Dios.
El hombre, como ya había lo había hecho notar la pregunta de Pedro, tiende a establecer límites, a definir una medida razonable. Dios, por otra parte, no pone ningún límite, y el único límite a su perdón es puesto por nosotros, y no por Él.
La última frase del pasaje de hoy, que nos recuerda la petición Padre sobre nuestra manera de perdonar (Mt 6,12,14-15), reflexiona sobre este misterio: el Padre no perdonará a nadie que no perdone a su hermano.
Es en verdad cierto que hay un perdón del Padre que viene antes que todo, que lo condona todo , a todos, inmediatamente.
Sólo aquellos que tienen esta conciencia y entran en esta misma lógica del don, permiten que la gracia del Señor lleve a cabo su obra creadora al máximo, permiten que el Señor haga de nosotros personas resucitadas que llevan en la vida de cada día, el don que han recibido.
Así el perdón recibido, realmente ha transformado la existencia.
+Pierbattista
