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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: IV domingo de Pascua, año A

7 de mayo de 2016 

IV domingo de Pascua, año A 

El pasaje que hemos escuchado está tomado del capítulo décimo del evangelio de Juan, es el famoso capítulo en el cual Jesús se define como el pastor bueno, aquel que da la vida por sus ovejas. 

En la primera parte de este capítulo no es tanto la figura del pastor a ser el centro, cuanto esta otra imagen con la cual Jesús se compara: la puerta (Jn 10,1.2.6.9) 

Se habla también del pastor, pero solo para decir que el pastor es aquel que en el aprisco entra a través de la puerta. Todos los demás, que buscan entrar por otra parte, son ladrones y bandidos (Jn 10, 1) 

Por ello, una vez dentro, las ovejas no lo reconocen: son extraños y las ovejas huyen de ellos (Jn 10, 5) 

El pastor por el contrario, aquel que entra desde la puerta, entra legítimamente, sin trampas: entra en algo que es suyo, y por lo tanto es normal que las ovejas lo reconozcan. Por eso, escuchando su voz lo siguen (Jn 10, 4). 

¿Por qué es importante la figura de la puerta? 

Para entender esta imagen podemos probar a pensar a dos habitaciones contiguas entre ellas. 

Si entre una y la otra no hubiese una puerta, las personas que están en estas habitaciones estarían cercanas, pero sin poder comunicarse. Las personas estarían cerca pero separadas. 

Puede haber deseo de encontrarse, por parte de ambos, pero si falta la puerta todo es inútil. Si por el contrario, entre las dos habitaciones hay una puerta, entonces el encuentro es posible. 

Además, si en una habitación no hay puerta, o si la puerta ha sido bloqueada, quien está dentro no es libre para salir. Está prisionero dentro la habitación. La habitación puede ser muy bella, confortable, pero es una prisión. 

Esta imagen es la imagen de nuestra vida. 

El pecado había hecho las dos habitaciones, dos mundos  –aquel de Dios y aquel del hombre– separados entre ellos. La muerte había intervenido para alejar a Dios de su creatura: el hombre no tenía más como destino último la comunión con el Señor, sino el vacío y la nada de la muerte, la puerta estaba cerrada. 

El hombre por sí solo, no puede abrir ninguna puerta. 

Este es el verdadero drama de la existencia,  toda la Palabra de Dios trae el eco de este drama, de una relación interrumpida, marcada por el miedo del hombre. 

Por ello San Pablo llega a exclamar: “¡Soy un desdichado! ¿Quién me librará de este cuerpo vacío por la muerte?” (Rom 7, 24) ¿Quién abrirá la puerta? 

Hay entonces necesidad de una puerta, que reabriera el mundo del hombre al mundo de Dios. 

Esta puerta es Jesús. 

No es casualidad que en todos los Evangelios, al inicio de la vida de Jesús en la tierra se hable de cielos abiertos, de ángeles que descienden entre los hombres para anunciar la presencia del reino de Dios sobre la tierra: el camino se ha reabierto. 

Y el Evangelio de Juan repite más veces que Jesús viene del Padre y que al Padre regresa: ninguno ha nunca subido al cielo sino el Hijo del hombre que ha descendido del cielo, dice Jesús a Nicodemo (Jn 3,13). 

Pero no es solo la puerta la que permite a Dios descender a los hombres. 

En el Evangelio que hemos escuchado, la imagen de la puerta es utilizada para dos propósitos: en el versículo primero es el pastor que entra, que usa esta puerta para ingresar en el aprisco, para llegar a las ovejas. Pero en los versículos posteriores la puerta sirve a las ovejas para salir del aprisco y seguir al pastor que las conduce a los pastos, pues las ovejas que permanecieran siempre en el aprisco estarían condenadas a la muerte. Por el contrario el Señor ha venido para que quien crea en él tenga la vida en abundancia (Jn 10,10). 

Es más, el versículo 9 es todavía más preciso: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. Quien conoce la gracia de Cristo entra a formar parte del pueblo de los salvados; pero la salvación consiste en salir, en la posibilidad de abrir el propio mundo –destinado a la muerte– a la plena comunión con Dios, a otra vida, a la vida eterna. 

Si Jesús es la puerta, si una puerta existe, entonces quiere decir que no estamos todos destinados a permanecer esclavos de este mundo, destinados a la muerte. Quiere decir que la vida no acaba aquí dentro de las cuatro paredes de esta existencia eterna: nuestra vida vuelve ser infinita. 

Esta puerta no se encuentra propiamente al final de la vida. 

Es una puerta abierta ya desde ahora, y por ello el hombre puede vivir ya este paso. Puede permanecer en esta tensión: un continuo paso entre nuestra vida esclava de nosotros mismos, encerrada en nuestro egoísmo, a una vida que ya desde ahora puede ser verdadera, bella, eterna. 

El hecho de que se lea este Evangelio a la mitad del tiempo pascual es importante, no olvidemos que esta puerta se ha abierto en la Pascua de Jesús. Es más, la Pascua es la verdadera puerta. 

Y también nosotros, para pasar de la muerte a la vida tenemos que pasar desde ahí: todo aquello que en nosotros es viejo puede morir unido a la muerte de Cristo, y lo volveremos a encontrar ya desde ahora, en la otra habitación; y aquello que ha pasado allá no morirá más. 

+Pierbattista