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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: I Domingo de Cuaresma, año A

1 de marzo 2020 

I Domingo de Cuaresma, año A

El episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto está puesto en los tres evangelios sinópticos, después de la experiencia del bautismo de Jesús en el Jordán. Jesús sale del Jordán lleno del Espíritu Santo, de la vida misma de Dios. 

Y es propiamente el Espíritu a conducirlo al desierto (Mt 4, 1), en la vida ordinaria, en aquella vida que pone a prueba y nos pide mostrar la propia identidad, de revelar quiénes somos. 

La identidad de Jesús es aquella que fue revelada en el Jordán, la de ser el Hijo amado, en el cual el Padre ha depositado su amor (Mt 3, 17). Pará él entonces, este “¿quién eres?” coincide con “¿de quién eres hijo? ¿A quién perteneces?” 

Por ello, no es coincidencia que el tentador inicie con esta expresión: “Si eres hijo…” (Mt 4, 3.6) 

La tentación siempre mira este aspecto fundamental de la vida, nos alcanza siempre hasta ese punto de nuestra relación con el Padre, pues es de ahí que depende nuestra vida. En la prueba entonces, se hace visible si somos hijos, si verdaderamente vivimos como hijos. 

Jesús se sabe Hijo, y por ello el diablo lo tienta en el contenido de esta relación, en el modo de serlo. Le sugiere otro modo de ser Hijo. 

Y la tentación es precisamente esto: es el pensamiento sutil de que puedan existir distintos modos de ser hijos, que cada uno pueda elegirse un padre distinto del que se tiene. 

En realidad se tiene uno solo y Jesús lo elige sin caer en la tentación de inventarse otro. ¿Cuáles modos alternativos sugiere el diablo? 

En la diversidad de las situaciones, el modo alternativo es uno solo: aquel que sugiere que no es el Hijo que obedece al Padre, sino el Padre que obedece al Hijo. 

En la primera tentación entonces, debería suceder que si tengo hambre, decido yo cómo cambiar las cosas, como replegarlas a mi servicio. La creación debería obedecerme y debería obedecerme el Padre. Pará Jesús no es así: pues lo que nutre la vida de hijo es cada Palabra que sale de la boca de mi Padre, por ello le obedezco. (Mt 4, 3-4) 

En la segunda tentación se pasa a otro plano, pero siempre en la misma dinámica: yo puedo todo, pretendo todo, así obligo al Padre a salvarme, a venir en mi ayuda. Por el contrario, para Jesús, yo no puedo hacerlo todo, porque dejo al Padre amarme como quiera. No lo obligo a que me obedezca, soy yo el que permanece en relación filial. (Mt 4, 5-7) 

Y así la tercera tentación: no decido yo cual Dios adorar, porque no se puede tener más que un solo Padre (Mt 4, 8-10). 

La obra del diablo, el objetivo de la tentación desde el inicio de la historia sagrada, es la de sugerir al hombre que hay un Dios distinto de aquel que se ha revelado como Padre: un Dios que no es amor, que no da todo, del que no puedes confiar del todo y por lo tanto debes caminar por tu propia cuenta, debes salvarte por ti mismo. 

Esta tentación regresará en la cruz, en modo más dramático y furtivo. También ahí Jesús elegirá escuchar solo al Padre, confiar solo en él, adorar a un solo Padre. 

Ahora resulta claro que al inicio de la Cuaresma se nos pida revisar nuestros cimientos, nuestra identidad, que como la de Jesús, no es otra que la de ser hijos amados, con la mirada del corazón dirigida a un solo Padre. 

+Pierbattista