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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: IV Domingo de Cuaresma, Año A

26 de marzo de 2017 

IV Domingo de Cuaresma, Año A 

El pasaje del Evangelio de la liturgia de hoy IV Domingo de Cuaresma, nos presenta el episodio de la narración del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41). 

Es un pasaje muy largo, y para poder entrar en él examinemos un poco la estructura. 

Vemos que hay una primera parte (9,1-12) en la cual es narrado el milagro en sí; después tenemos la segunda parte, la más larga (Jn1,13-34) que tiene por protagonistas junto al ciego sanado, a los fariseos con su debate delante de Jesús y las interrogaciones alrededor del milagro que él ha efectuado; mientras que en la tercera parte (Jn 1,35-41) Jesús encuentra de nuevo al ciego sanado. La narración concluye con el juicio que hace Jesús hacia quien tiene la presunción de ver. 

En la primera parte el ciego es sanado; en la segunda, los fariseos rechazan creer en el milagro y se hunden en una ceguera siempre más profunda. 

En la primera parte el ciego recupera la vista e inicia una vida nueva que lo llevará a creer y a ser salvado; en la segunda, los fariseos se cierran siempre más en su pretensión de conocer la verdad, y con ello de hecho, se alejan más. 

En las tres partes, hay dos grupos de términos que se repiten y tienen la función de ser hilos conductores, dan la clave de la narración. 

El primer grupo de términos, es  aquel ligado a ver o a ser ciegos: Jesús encuentra un ciego, el ciego es sanado, y comienza a contar a todos lo que le ha sucedido: “Era ciego y ahora veo”. En el curso del pasaje lo repetirá 4 o 5 veces. 

El segundo grupo está ligado al concepto de pecado y de culpa. El problema emerge de inmediato desde los primeros versículos y, acompañará todo el pasaje hasta el final. Los primeros en hablar son los discípulos, que delante del ciego preguntan a Jesús quién había pecado, quién era el culpable de tal desgracia. Hacen dos hipótesis: la culpa es suya, o de sus padres (v.2) 

Después de ello, de pecado y de culpa hablan continuamente los fariseos, tal pareciera que no son capaces de otra cosa que de encontrar un culpable. Lo encuentran fácilmente en el ciego (v.34) usando el término de “pecador” que usan también para referirse a Jesús: hablan mucho de él pero no lo llaman por nombre, se limitan a llamarlo y apostrofarlo como “pecador” (v.24). En el Evangelio de San Juan este término es usado sólo aquí y en este capítulo. 

Este enlace enfermedad-culpa (por el cual si una persona no ve es porque ha cometido un error) está implícito en todo el episodio y era opinión popular en aquel tiempo. Y quizá este modo de pensar no ha desaparecido del todo hoy en nuestras culturas. 

Jesús entonces revierte completamente esta lógica, detrás de la cual hay una imagen de un Dios que castiga y sanciona. La enfermedad -según Jesús- no sólo no depende del pecado, sino que puede inclusive ser lugar privilegiado de la revelación de Dios: Jesús lo declara en este Evangelio (v.3) y lo repite en el episodio de la resurrección de Lázaro: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”(Jn 11,4). El pecado no está ahí donde se está enfermo, sino en donde se rechaza a creer a la revelación de Dios, de creer en su misericordia, que obra siempre inclusive fuera de nuestros esquemas y por lo tanto también en sábado. El pecado está propiamente ahí donde no se reconoce la propia ceguera y se rechaza dejarse curar. 

El ciego sanado se abre a esta evidencia, reconoce simplemente de haber sido sanado, y si al inicio no sabe nada acerca de la persona de Jesús sino sólo el nombre, permanece  firme a dar testimonio de lo que le ha pasado: “Era ciego y ahora veo”. 

Los fariseos por el contrario, se esfuerzan en todas formas  de negar esta realidad, que está bajo los ojos de todos, se esfuerzan en no verla. Y para hacer esto se defienden, agreden, buscan pretextos… están ciegos, pero no lo saben. 

El ciego sanado se convierte cada vez más en sí mismo, cada vez más libre, verdadero, sin miedo. Encara a los fariseos con simplicidad e ironía, y paga en persona -con la expulsión- el sostenerse en la verdad que le aconteció. Los fariseos a su vez, se hacen cada vez más mezquinos, hay más división entre ellos, son menos creíbles y menos creyentes. 

¿Por qué hacen esto? El diagnóstico exacto de su enfermedad les es ofrecido por el ciego mismo: “ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito, ¿para qué quieren oírlo otra vez?” (v.27) 

Este es el problema de los fariseos, su incapacidad de escuchar otro que no sean ellos mismos, sus convicciones, su ley. Pero escuchar es la única condición para conocer verdaderamente a Dios, para abrirse a él. Sólo quien escucha, ve. 

De hecho, al final Jesús se revela al ciego sanado como Aquel que habla, y usa con él significativamente  la misma expresión que el domingo pasado hemos escuchado con la mujer de Samaria: “Soy yo, el que habla contigo” (Jn 4, 25). 

Cuando Jesús se entera de que el ciego sanado ha sido expulsado, va a su encuentro. Lo busca para hablarle, porque la sanación se convierte en salvación solo dentro de un diálogo: el diálogo hace personal la relación, y esta es la salvación. 

Entonces, cuando el ciego ve que Jesús le habla, hace una profesión de fe y se postra a adorarlo (v. 38): es Jesús el punto culmen del pasaje evangélico. Y es también el punto de llegada del camino cuaresmal que tiene por meta la profesión de fe bautismal en la Vigilia Pascual, posible sólo a quien humildemente acepta la propia ceguera del corazón, a quien acepta a Aquel que desciende  a los abismos para volver a darnos la luz. 

El camino de la fe finalmente, exige un camino doloroso, que es aquel de la soledad: el ciego viene de alguna manera desconocido por la familia y expulsado de la Sinagoga. No significa ello que debiera pasarnos algo igual, sino que a Jesús se le encuentra fuera del ámbito de nuestras certezas, de nuestros esquemas mentales. Los fariseos no fueron capaces de salir de sus esquemas y no acogieron la grande novedad frente a ellos, podían ciertamente ver, tenían la vista, pero no podían verlo a Él, no podían reconocerlo y reconocer la verdad que estaba frente a sus ojos. Significa que se puede encontrar inclusive ahí donde no me espero de encontrarlo. 

¿Tú crees en el Hijo de Dios? (v. 35). La pregunta de Jesús está ahora frente a nosotros. 

+Pierbattista