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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: III Domingo de Cuaresma, año A

15 de marzo 2020 

III Domingo de Cuaresma, año A

Las lecturas de los domingos de cuaresma, particularmente las del ciclo A que estamos viviendo, nos ofrecen un recorrido de crecimiento para la vida de los discípulos. Este pasaje, junto a los de los próximos domingos, constituyen una larga catequesis bautismal que no podemos abarcar completamente. Nos detendremos entonces, en algunos puntos. 

En el primer Domingo de cuaresma hemos sido llevados al desierto, donde nos fue dado a conocer el propio corazón, ahí nos fue revelado quiénes somos y a quien pertenecemos; en el segundo, fuimos llevados a un monte alto, el discípulo aprende poco a poco a escuchar y a ver a Jesús, su vida en total donación de sí. 

En este tercer Domingo nos será dado descubrir cuál deseo nos habita en lo profundo. 

El lugar donde esto ocurre es en Sicar, una ciudad de la Samaria donde Jesús, viniendo de la Galilea y yendo hacia la Galilea, cansado del camino, se detiene en un pozo mientras sus discípulos  van a la ciudad a proveerse de alimento (Jn 4, 3-8). Jesús encuentra a una mujer samaritana, y con ella inicia un diálogo largo y complejo, en el cual, los dos interlocutores parecen no entenderse. 

Aun asi, esta mujer, que parece siempre no entender las palabras de Jesús, llega gradualmente, a pasos pequeños, a la fe. 

El primer paso es dado por el hecho de que Jesús simplemente le habla, es él de hecho, y no ella a iniciar el diálogo. Ello genera en la mujer un grande estupor: ¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Jn 4, 9) Jesús de hecho, habría podido y debido evitar este diálogo por varios motivos: sobretodo porque su interlocutora es una samaritana,  cercano a decir que es una hereje; también porque convive con un hombre que no es su marido y por lo tanto, para la ley, es considerada adúltera, pecadora; y finalmente, por el hecho de ser mujer, y ningún maestro de la Ley se hubiera detenido a platicar en público con una mujer. 

Por el contrario, Jesús le habla. “Soy yo, el que habla contigo”, le dirá al final del diálogo (Jn 4, 26). Le habla no dirigiéndole una corrección, cuanto menos una catequesis; simplemente le pide de beber. 

El segundo paso lleva a la mujer a intuir que hay algo de sí que le escapa, algo que le falta, algo que sólo le puede ser revelado: “Si conocieras el don de Dios”… (Jn 4, 10). 

A veces podríamos pensar, como la mujer de Samaria, que nuestra vida esté contenida en todo aquello que ya conocemos, en los hábitos de los que está ya hecha nuestra cotidianidad, de nuestro pasado, pero no es así. Nuestro verdadero rostro está todavía delante de nosotros. 

¿Cuál es este don, del cual la mujer tiene sed sin saberlo? 

No es de agua, como ella pensaba. La sed que la habita es aquella de adorar al Padre en espíritu y en verdad (Jn 4, 23), es decir, adorarlo en el amor. 

La verdad, en Juan, es el plan de salvación que Dios tiene para la humanidad, el plan que Jesús vino a cumplir, aquel por el cual se restablece la comunión entre Dios y el hombre: esta es la verdadera sed del hombre. 

Y la mujer de Samaria, es en cierto modo, el símbolo de una humanidad perdida, vaciada de la fatiga de recorrer amores que no le quitan la sed. 

Es solo al interno de la relación con Jesús, del diálogo con él, que el horizonte de nuevo se abre: no estamos hechos para nada que esté por debajo de la vocación al amor. 

Como fue Jesús a iniciar este diálogo, así también él lo concluye. Y lo concluye con una afirmación de frente a la cual la mujer no tiene nada más que replicar: esta importante afirmación de Jesús, “Soy yo, el que habla contigo”, dice que Aquel que colma y conoce la sed del hombre está ahora presente, y no hay palabras por agregar. 

Ahora se abre el espacio de la fe, que la mujer inicia con una carrera hacia la ciudad, hacia su pueblo, al cual repite la invitación que ya había resonado en las primeras palabras de Jesús a los discípulos: “Vengan y lo verán” (Jn 1, 39). 

Después de esto, la mujer desaparece, y el espacio de la fe se abre para otros,  como un encuentro contagioso de bien: “Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».” (Jn 4, 41-42) 

+ Pierbattista