Ordenaciones Diaconales
Jerusalén, Santa Ana, 29 noviembre 2025
Hechos, 6, 1-7; Rom 12, 8-16; Jn 21, 1.15-17
Queridos hermanos y hermanas,
queridos hermanos ordenandos,
Que el Señor os dé la paz.
Hoy nuestra Iglesia vive un momento de gran alegría: el Señor llama a estos hermanos nuestros a convertirse en diáconos, servidores del Evangelio y de la comunidad. Es un día que llega después de años de estudio, discernimiento, pruebas y consuelo, pero sobre todo después de años en los que el Señor ha llamado pacientemente a la puerta de vuestro corazón, y a lo largo de estos años, ciertamente no sin alguna dificultad, a veces, siempre habéis confirmado vuestro "Aquí estoy".
El ministerio que hoy recibís no nace de un mérito personal ni de una habilidad particular. No estáis aquí porque seáis mejores que los demás, sino porque fuisteis amados primero. Es el Señor quien os ha mirado, llamado, elegido. Y esta conciencia os acompañará durante toda vuestra vida: el verdadero protagonista no sois vosotros, sino Él.
Las lecturas que hemos escuchado iluminan con claridad vuestro camino.
La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos lleva a los orígenes del diaconado. La comunidad está creciendo, surgen tensiones y quejas, y los apóstoles comprenden que no pueden descuidar a nadie. Entonces invocan al Espíritu y eligen hombres "de buena reputación, llenos de Espíritu y de sabiduría". Así es como nace el ministerio diaconal: no para añadir figuras o para ocupar roles, sino para salvaguardar la unidad de la comunidad y para servir con concreción a quienes corren el riesgo de ser olvidados.
El diácono es el hombre que permite a la Iglesia seguir siendo Iglesia. Ve a las personas, no los problemas; reconoce los rostros, no las categorías; acoge las fragilidades, no las etiquetas. Es el hombre que mantiene abierto el corazón de la comunidad. Y, como nos recuerda el final del pasaje, cuando esto sucede "la Palabra de Dios se difunde": la misión nace del servicio.
San Pablo, en la carta a los Romanos, describe el estilo del ministro. No es una lista moral, sino el retrato de una vida transformada por el amor de Cristo. "Que vuestro amor sea sin fingimiento": el diácono está llamado a una vida sincera, transparente, no dual, no construida sobre roles o apariencias. "Sed fervientes en espíritu": el servicio no es filantropía, sino el fuego que nace de la oración. "Sed atentos los unos con los otros": el diácono es un hombre de cercanía, de ternura, que observa y se detiene. "Alegraos con los que están alegres, llorad con los que lloran": esta es quizás la imagen más hermosa de vuestro ministerio. Estar al lado de los demás sin juzgar, compartiendo sus vidas. De esta manera, no con palabras sino con vuestra presencia, proclamaréis que Dios está cerca de todo corazón herido.
Lo hemos experimentado especialmente en estos tiempos tan difíciles en la vida de nuestra Iglesia y de nuestra Tierra Santa. Donde no podíamos resolver los problemas, pero, también, donde hemos podido hacer algo, la cercanía y el compartir, importaban más que lo que pudiéramos hacer. Reconociendo la dignidad de cada persona y amándola.
El Evangelio, en cambio, nos conduce a la orilla del lago, ante un diálogo entre Jesús y Pedro que toca la esencia del ministerio. Jesús no pide explicaciones a Pedro, no le reprocha su negación, no le pide resultados: le pregunta solo esto, tres veces: "¿Me amas?". Y en esa pregunta, tan sencilla y tan ardiente, Pedro reencuentra la verdad sobre sí mismo: un hombre frágil, capaz de caer, incluso de traicionar y negar, pero también capaz de llorar y aceptar el perdón.
Aquí es donde nace el verdadero ministerio: no de la fuerza, sino de la fragilidad habitada por Dios; no de las capacidades, sino del perdón aceptado; no del coraje, sino de una relación que nunca falla. Jesús no borra el pecado de Pedro: lo recorre con él. Y justo allí, en ese lugar de vergüenza transformada en amor, le confía la tarea más grande: "Apacienta mis ovejas".
Así, estimados, el Señor hoy os confía su Iglesia. Os dice: si habéis experimentado mi misericordia, entonces podréis ser ministros de la misericordia; si habéis conocido mi compasión, podréis inclinaros con compasión hacia los demás; si os habéis dejado amar en vuestras limitaciones, entonces podéis servir con humildad y sin miedo.
El diácono es el hombre del delantal, no del trono. Es el hombre que sirve en el altar porque sabe servir en la vida. Es el hombre de la Palabra, que proclama lo que antes ha escuchado y meditado en secreto. Es el hombre de la caridad, que no deja a nadie al margen. Pero sobre todo, es el hombre que permanece arraigado en esta pregunta: "¿Me amas?". Porque desde esta pregunta comenzamos de nuevo cada día.
Estimados, la Iglesia hoy os abraza y os confía este ministerio con confianza. No tengáis miedo de ser pequeños, porque el Señor le gusta obrar a través de los humildes. Mantened vuestra relación con Él en la oración diaria, en la Eucaristía, en la escucha de la Palabra. Y cuando el cansancio, el desánimo o la decepción llamen a vuestra puerta —como les sucede a todos— recordad a Pedro. Recordad que el Señor nunca os preguntará si fuisteis perfectos, sino solo si intentasteis amarlo y servirlo con el corazón.
Y hoy rezamos para que vuestro "sí" permanezca siempre vivo, humilde, confiado. Que vuestra vida se convierta en un reflejo de la ternura de Dios por su pueblo. Y que, a través de vuestro ministerio, muchos puedan descubrir que el Señor no se cansa de amarnos y llamarnos.
Que el Señor, que ha comenzado en vosotros esta buena obra, la lleve a término. Y que la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia, interceda por cada uno de vosotros y os sostenga en vuestro ministerio.
Amén.
*Traducido por la Oficina de Prensa del Patriarcado Latino

