7 de diciembre de 2025
II Domingo de Adviento, año A
Mt 3, 1-12
Tanto el tiempo de Adviento como el de Cuaresma traen consigo una urgente invitación a la conversión.
Sin embargo, ambas invitaciones tienen matices diferentes: el tono de la Cuaresma es más penitencial, remite a la lucha interior e indica prácticas como el ayuno, la limosna y la oración. Es la conversión del corazón, que necesita ser transformado por el amor pascual, un amor que vence el pecado y la muerte.
La conversión que se nos propone en el tiempo de Adviento concierne, ante todo, a nuestra mirada: quiere ayudarnos a prestar atención, a saber reconocer al Señor que viene. Es una conversión "escatológica", un gozoso aprendizaje a vivir, ya desde ahora, como ciudadanos del Reino que viene.
La conversión es también el tema central del pasaje del Evangelio de este segundo domingo de Adviento (Mt 3,1-12). Y precisamente este pasaje nos ayuda a profundizar la relación entre Adviento y conversión.
El protagonista es Juan, el Bautista, que está en el desierto y desde allí invita a todos a la conversión (Mt 3,1-5).
Su figura, austera, remite a la del profeta Elías, inspirando así en quienes lo ven y lo escuchan la espera de la inminente venida del Mesías. De hecho, el profeta Malaquías había vinculado el regreso de Elías con la venida del Mesías, creencia común en aquel tiempo. ("Mirad, os envío al profeta Elías antes que venga el día grande y terrible del Señor. Él convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres" - Mal 3,23-24). La predicación del Bautista creaba precisamente esta atmósfera de espera. El eco de su palabra es fuerte: muchos descienden al Jordán y se hacen bautizar, confesando sus pecados (Mt 3,5-6).
Sus palabras conmocionan a todos, pero especialmente a los muchos "fariseos y saduceos" (Mt 3,7) que se dejan llamar por Juan y que se sienten interpelados como "raza de víboras": Juan denuncia la posible hipocresía de aquellos que se conforman con una religiosidad exterior, y no se abren a una verdadera conversión de corazón.
La invitación, para todos, es a adoptar una actitud penitencial, a estar dispuestos a acoger a Aquel que viene, a quien Juan describe como alguien más fuerte que Él, que bautizará con el Espíritu Santo y fuego, que juzgará a todos con justicia (Mt 3,11-12).
Hay, por tanto, dos polos en este proceso de renovación que Juan intenta implantar: por un lado, la conversión y por el otro, la espera. Son dos polos fundamentales para la vida de fe, y deben mantenerse unidos.
Porque sin conversión, la espera corre el riesgo de ser estéril: un sueño vago, una esperanza sin impacto en la vida concreta. Pero sin espera, la conversión corre el riesgo de convertirse en moralismo, un ejercicio ascético cerrado en sí mismo, que no se abre al encuentro con el Otro.
Juan el Bautista, en cambio, mantiene unidas estas dos actitudes, y lo dice desde el principio: "Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca" (Mt 3,2). La cercanía del Reino es la razón, el motor de la conversión, que se convierte así en dirigir la mirada hacia Aquel que viene, hacia Aquel a quien se espera.
La conversión no significa el esfuerzo voluntario de quien busca mejorar, de no cometer más errores. La conversión, manteniéndose siempre en las imágenes utilizadas por Juan, se asemeja más bien al trabajo del agricultor, que cuida de sus plantas.
Juan usa la imagen agrícola dos veces en este pasaje: primero, cuando pide a fariseos y saduceos que den frutos dignos de conversión ("Haced, pues, fruto digno de conversión" - Mt 3,8); luego, inmediatamente después, en el versículo 10, cuando afirma que el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y que todo árbol que no dé buen fruto será cortado ("El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego" -Mt 3,10).
La conversión de la que habla el Bautista, por lo tanto, no consiste en hacer un esfuerzo temporal, que generalmente se agota en poco tiempo, o en adoptar un estilo moralista. Se trata, en cambio, de cimentar la propia vida, de echar las propias raíces en aquello que, poco a poco, construye una vida plena y agradecida: la relación con Dios. En la escucha perseverante de la Palabra de Dios, y dejándose transformar el corazón por la espera de Aquel que viene por amor a nuestras vidas, para que nuestras vidas den frutos.
+Pierbattista

