28 de desembre de 2025
Domingo de la Octava de Navidad, Sagrada Familia de Jesús, Maria y José
Mt 2,13-15.19-23
El Evangelio de este domingo después de Navidad, fiesta de la Sagrada Familia (Mt 2,13-15.19-23), nos cuenta que Dios entra en el mundo no como un hombre poderoso, sino como un niño frágil y vulnerable, un niño que necesita ser acogido, cuidado y protegido.
Mateo subraya esto al relatar lo que sigue a la visita de los Magos (Mt 2,1,13): su paso por Jerusalén despertó sospechas y alarmó al rey Herodes, quien decide entonces mandar matar a todos los niños de dos años para abajo (Mt 2,1-16).
Herodes, al igual que más tarde su hijo Arquelao, representa la figura del hombre poderoso, alguien que cree que puede disponer libremente de la vida de los demás: y su poder es descrito como un poder de muerte, un poder cruel.
Pero Dios no elige ser poderoso.
Un ángel se aparece entonces en sueños a José, para que proteja la vida del niño huyendo a Egipto, regresando donde el pueblo había sido primero extranjero y luego esclavo.
Esta es una primera forma de decir que la vida de este niño no es diferente de la del pueblo al que pertenece, que su historia no es diferente, no es más sencilla, ni más segura.
Es la historia de todo hombre.
Dios, por tanto, elige el camino de la fragilidad para revelarse.
No está entre nosotros como un Dios omnipotente, que no necesita nada ni a nadie. Al contrario.
La primera cosa que Dios hace es necesitar de nosotros y de nuestros cuidados.
Lo que le permite crecer en nosotros y entre nosotros es el cuidado que le damos.
José es descrito como el icono de este cuidado, de este poder bondadoso que protege la vida: es todo lo contrario del rey Herodes y de todo poderoso de la tierra.
Pero, ¿qué hace realmente José para ejercer este poder bondadoso, para proteger la vida frágil del Hijo de Dios?
Destaquemos algunas de sus actitudes.
La primera es la de una escucha obediente. Un ángel se le aparece en sueños (Mt 2,13) para revelarle los designios de Dios, para indicarle el modo en que podrá salvar la vida de Jesús, y José escucha, confía, hace espacio a las palabras que ha escuchado. También en los versículos siguientes (Mt 2, 19-20), cuando se trata de regresar a Israel, José hace lo mismo: espera una Palabra, la escucha, y solo después se pone en camino.
Puede proteger a Jesús porque primero custodia la palabra que Dios le dirige.
Esta es, por tanto, la primera forma de cuidar, la de escuchar.
La segunda, es que después de escuchar, José actúa, con prontitud, sin vacilar: para poder custodiar es necesario dejarse incomodar, es necesario permitir que los propios planes y proyectos puedan ser modificados, es necesario aceptar tener como prioridad la vida del otro.
Pero lo que es sorprendente y fundamental en la tutela, y que estas dos actitudes están profundamente unidas, es una sola cosa: José hace lo que escucha.
En el texto, esto es muy claro: el ángel se le aparece diciéndole que se levante, que tome consigo al niño y a su madre y que huya a Egipto.
Y el texto dice que José se levanta, toma al niño y a su madre y huye a Egipto.
No hace otra cosa, nada más y nada menos.
Esta es una constante en la vida de José.
Ya encontramos esta actitud al comienzo del Evangelio, cuando había otra vida que custodiar, la de María (Mt 1,18-24): también allí un ángel se le aparece en sueños, diciéndole lo que debe hacer, y José obedece e "hizo como le había ordenado el ángel del Señor" (Mt 1,24).
El Señor también entra nuestras vidas como algo frágil y delicado, lo que hay que cuidar.
No se impone, no exige nada.
Pero si queremos que su presencia crezca en nosotros y que su vida se convierta en nuestra vida, debemos cuidar de su presencia, haciendo como José, que espera la Palabra, la escucha y luego deja que esta Palabra dé forma a sus pensamientos, gestos, pasos, acciones, actitudes, vida.
+Pierbattista
*Traducido del italiano por la Oficina de Prensa del Patriarcado Latino.

