3 de mayo de 2026
V Domingo de Pascua, año A
Jn 14, 1-12
Las palabras que escuchamos hoy (Jn 14,1-12) siguen inmediatamente al capítulo XIII del Evangelio de Juan, donde Jesús se despojó de sus vestiduras y lavó los pies a sus discípulos. Pero también donde Jesús habló abiertamente de su pasión ya cercana (Jn 13, 33), donde se anunció y se consumó la traición de Judas (Jn 13, 30) y donde Jesús reveló la negación de Pedro (Jn 13, 38).
Este es el contexto, dramático, en el que Jesús pronuncia las palabras que el evangelista Juan recoge en los capítulos 14-17, que son palabras de consuelo, palabras de vida con las que el Señor quiere atravesar junto a sus discípulos el drama que está a punto de ocurrir.
Y estas palabras comienzan así: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14,1).
Es una frase que Jesús, a lo largo de su vida, repitió a menudo, en el diálogo con sus discípulos o con la gente que encontraba, cada vez que la muerte parecía prevalecer: en los momentos de la tormenta en el lago, o cuando la enfermedad estaba a punto de llevarse a un ser querido. No tengáis miedo, no temáis. También aquí resuenan estas palabras, en este momento en el que el miedo podría realmente ensombrecer la vida y la fe de los discípulos.
Dos son los motivos, graves, por los que esto podría suceder.
El primero es la inminente pasión, con la consecuencia de que la relación entre el Señor y los suyos podría interrumpirse. El mismo Jesús lo dice con claridad: «Me queda poco tiempo, para estar con vosotros» (Jn 13,33).
Pero en el corazón de los discípulos surge otro temor, y es el miedo causado por su propia infidelidad, por su escasa capacidad de amar, por su corazón ambiguo. Es el miedo, no tanto a lo que está por suceder, sino a no saber resistir la tentación de huir; es el miedo a sí mismos. Jesús no los acusa, no los reprende, no los amenaza, no los hace sentir culpables.
Pero Jesús no se limita a animarlos, no les endulza la píldora: no les dice que estén tranquilos porque ya no volverán a equivocarse, a huir, a traicionar. Sabe que sus discípulos pueden vencer este miedo, pueden atravesar este momento, sin hacer un esfuerzo adicional ni un nuevo propósito. No pueden hacerlo solos.
Jesús indica varias razones por las que es posible no dejarse aplastar por el miedo.
Nos detenemos en la primera, donde Jesús dice que hay una casa que nos espera, la casa del Padre (En la casa de mi Padre hay muchas moradas - Jn 14,2).
Jesús habla de ella como de una casa grande y espaciosa, donde hay sitio para todos y donde, sobre todo, el lugar está listo, preparado por el propio Jesús gracias a haberse hecho hombre, a su regreso al Padre cargado de nuestra humanidad redimida.
Jesús no dice simplemente que la casa del Padre es grande, es espaciosa, sino que subraya que esta casa tiene muchas moradas. El término que utiliza Jesús remite a un verbo muy querido por Juan, el verbo "permanecer". Las moradas de las que habla Jesús no son habitaciones, sino lugares de permanencia, espacios de relación estable. No es una imagen arquitectónica, sino trinitaria: la casa del Padre es la comunión misma con Dios.
Y el hecho de que estas moradas sean muchas no indica habitaciones separadas, sino formas diferentes de estar en la misma comunión, en la misma casa. No existe una única forma correcta de ser discípulos, y hay lugar también para quien ha traicionado, para quien ha renegado.
Más adelante, Jesús dará un paso más, cuando dirá así: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).
La casa del Padre, pues, tiene tantas moradas como vidas hay de hombres. No es el lugar al que nosotros vamos, sino el lugar al que Él viene. Las muchas moradas no son habitaciones en el cielo, que hay que merecer con nuestras buenas obras, sino las muchas, infinitas formas en que Dios habita en la humanidad y en que la humanidad habita en Dios.
Jesús, por tanto, no está hablando para describir el paraíso, sino para sanar el temor de los discípulos de que lo que está sucediendo pueda interrumpir la relación con Él y con el Padre. No solo no la interrumpirá, sino que, por el contrario, precisamente la Pascua será lo que hará de esta casa una morada, un lugar estable y seguro.
Y esto será lo "más grande" (Jn 14,12) que los discípulos podrán hacer a partir de la Pascua: será creer en esta casa de muchas moradas, creer firmemente que nuestra vida tiene una morada: «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago y hará otras más grandes que estas, porque yo voy al Padre».
Y es "más grande" no porque sea más espectacular, sino porque es la obra que transforma el corazón, que cambia la forma de estar en el mundo, que nos libera del miedo.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

