Homilía para la Misa Crismal
Jerusalén, Getsemaní, 17 de junio de 2026
Is 61,1-3, 6, 8-9; Ap 1,5-8; Lc 4:16-21
Queridos hermanos y hermanas,
Hoy nos encontramos celebrando la Misa Crismal que según el calendario litúrgico correspondería al Jueves Santo, pero que la historia ha pospuesto hasta este momento. Y sin embargo, hay una verdad que debemos reconocer con humildad y asombro: no existe "retraso" para la unción de Dios. Existe en cambio su kairós, su tiempo pleno, el momento en la que la Palabra deja de ser memoria y se convierte en carne viva. Y hoy, aquí, en esta ciudad que ha sido encrucijada de pueblos y escenario de la pasión y resurrección, la Palabra se hace una vez más carne.
El Evangelio de Lucas nos presenta un gesto aparentemente simple: Jesús entra en la sinagoga, se levanta para leer, toma el rollo del profeta Isaías, encuentra el pasaje donde está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18). Este gesto no es un simple ritual. Jesús no se limita a interpretar una Escritura antigua: la cumple, la actualiza, la convierte en un acontecimiento presente.
La unción del Espíritu que Jesús recibe no es un privilegio, es una misión. Y la misión es clara: llevar la buena nueva a los pobres, proclamar la libertad a los presos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos.
Estas no son meras palabras bonitas. Se trata de un programa que subvierte toda lógica humana. Porque los pobres, los presos, los ciegos y los oprimidos no son categorías abstractas: son los rostros que hemos cruzado en los días oscuros, son las familias que lo han perdido todo, son los jóvenes que han visto destrozados sus sueños, son los ancianos que han tenido que empezar de cero. A ellos, y con ellos, Jesús les habla. Y nosotros, que hoy renovamos la unción bautismal y sacerdotal, estamos llamados a hacer lo mismo.
El profeta Isaías, en el primer pasaje que hemos escuchado, describe el efecto de la unción con imágenes poderosas: vendar las heridas de los corazones rotos, proclamar la libertad, consolar a todos los afligidos, darles óleo de alegría en lugar de ropas de luto. Estas palabras, en la tradición bíblica, evocan el jubileo, el año santo en el que se restituía la libertad y se devolvía la esperanza. Pero Isaías no habla de un solo año, habla de una condición permanente: quien es ungido por Dios se convierte en instrumento de continua consolación y liberación.
Este es el desafío que hoy nos interpela: nosotros no estamos llamados a gestionar el sufrimiento, o peor a sufrirlo, sino a transformarlo. No estamos llamados a consolar con palabras vacías, sino a generar esperanza con acciones concretos. El óleo que consagramos hoy –el crisma, el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos– no es un símbolo decorativo, es un signo que nos impulsa a la acción.
El crisma nos recuerda que estamos consagrados para ser santos, pero la santidad no es huida del mundo, es inmersión valiente en la historia.
El óleo de los catecúmenos nos recuerda que la fe es un camino que se realiza día tras día, y que dura toda la vida.
El óleo de los enfermos nos recuerda que la unción de Dios acompaña cada fragilidad, y sostiene en la enfermedad del cuerpo y del espíritu.
Y esto vale no solo para nosotros sacerdotes, sino para todo el pueblo de Dios. El Libro del Apocalipsis nos ha recordado una verdad fundamental: Cristo nos ha hecho un reino, sacerdotes para su Dios y Padre (Ap 1,6). Todos los bautizados comparten esta dignidad sacerdotal. Todos son ungidos para interceder, para bendecir, para consolar. En una tierra como la nuestra, donde las divisiones parecen insalvables, esta conciencia se convierte en una responsabilidad ineludible. Estamos llamados a no vivir la fe como un hecho privado: la fe es la levadura que fermenta la masa, es la sal que da sabor, es la luz que ilumina las tinieblas.
Queridos sacerdotes, hoy renovamos nuestras promesas. Lo hacemos como un acto de fortaleza espiritual, oponiéndonos a la resignación, al desaliento, a la tentación de abandonar el campo.
Pero renovar nuestras promesas significa también mirar hacia adelante. Significa preguntarnos: ¿qué clase de pastores queremos ser para el futuro? ¿Pastores que se esconden detrás de las estructuras o pastores que se consagran entre el pueblo? ¿Pastores que hablan solo a las comunidades ya cristianas o que salen fuera, como Jesús, para buscar a quienes se han perdido? ¿Pastores que ignoran las divisiones o que recomponen lo que ha sido lacerado? La unción que hemos recibido no es para dividir, es para unir. No es para cerrar, es para abrir. No es para juzgar, es para salvar.
Jesús concluye su intervención en Nazaret con una palabra clara: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que vosotros habéis escuchado» (Lc 4,21). Ni mañana, ni ayer: hoy. El hoy de Dios no es un concepto abstracto, es una puerta que se abre en la historia. ¿Qué significa para nosotros "hoy"? El Señor, hoy, como había hecho en la sinagoga de Nazaret, nos pide abrir de nuevo el rollo de la Escritura, leer en él la verdad de nuestro presente, y volver a envolver dentro la vida: la vida de cada uno de nosotros, la vida de nuestras sociedades, la vida de nuestra Iglesia, con sus expectativas, sus esperanzas y sus fatigas.
Ciertamente, sabemos bien que en este nuestro contexto tan complejo, desgarrado por tantas injusticias y divisiones, no será fácil mantener vivo nuestro testimonio. Pero tenemos la certeza que ninguna realidad histórica puede socavar: Dios es fiel. Su alianza es eterna. Su amor es más fuerte que todo odio. Y si tenemos el coraje de creer en ello, entonces también nosotros podemos convertirnos en instrumentos de su unción.
Desde este lugar tenemos una visión maravillosa sobre Jerusalén. Esta ciudad que ha visto pasar profetas, reyes, emperadores, cruzados, peregrinos. Esta ciudad que ha sido destruida y reconstruida innumerables veces. Esta ciudad, que custodia las raíces de nuestra fe, hoy, una vez más, nos invita a elegir de qué lado estamos. Nosotros queremos estar de la parte de Dios, que está siempre de la parte de la vida, y de quien custodia la justicia y la verdad.
Y mientras bendecimos los óleos, pidamos al Señor que nos bendiga también a nosotros. Que nos consagre, nos fortalezca, nos sane. Porque tenemos necesidad de ser sanados para sanar, de ser consolados para consolar, de ser liberados para liberar. Y tenemos necesidad, sobre todo, de no perder la memoria de lo que somos: un pueblo ungido, un pueblo sacerdotal, un pueblo llamado a ser signo de esperanza en medio de un mundo que a menudo parece haber perdido toda esperanza.
Queridísimos,
En este día en que renovamos nuestras promesas sacerdotales, en que renovamos nuestro sí a la Iglesia, permitidme renovar en la oración una vez más el sueño de una Iglesia verdaderamente profética, profundamente sacerdotal, auténticamente real.
Profética, porque libre de la lógica humana de poder, y por ello capaz de consolar, de visión y de coraje. Capaz de hablar al corazón del hombre y de indicar la respuesta a la sed de vida y de amor que reside en cada uno de nosotros.
Sacerdotal, porque es capaz de interceder entre los hombres y Dios, de interceder ante Dios por el bien del mundo, de entregar y ofrecer su vida a Dios y ofrecer su propia vida por amor del mundo.
Real, porque capaz de testimoniar el señorío de Cristo sobre el mundo, señorío de amor, de don, de libertad y de gratuidad.
Que el Espíritu del Señor, que hoy está sobre nosotros, nos acompañe. Que nos dé la fuerza de ser, en esta ciudad y en esta tierra, signos vivos de su presencia.
Amén.

