Homilía del Corpus Christi
Jerusalén, Santo Sepulcro, 4 de junio de 2026
Dt 8,2-3, 14-16; 1Cor 10,16-17; Jn 6,51-58
Hermanos y hermanas,
En esta solemnidad del Corpus Christi, celebramos aquí, en el corazón de la Ciudad Santa, en este lugar único, donde se custodia la memoria de la Pascua del Señor: el lugar de la cruz y el lugar de la resurrección.
Aquí, donde la muerte ha sido atravesada y la vida ha tenido la última palabra, escuchamos el Evangelio que nos habla, una vez más, de vida: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo... el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).
Este Evangelio insiste, con fuerza, en una palabra: vida. No una vida cualquiera, sino la vida misma de Dios, que no se queda cerrada en sí misma, sino que se dona, se comunica, se ofrece.
El Padre, nos dice Jesús, es la fuente de la vida. No somos nosotros quienes la creamos, no somos nosotros quienes la poseemos: la recibimos. Y esto ya es un mensaje importante para nosotros, aquí, hoy, en Jerusalén. En una tierra donde a menudo se experimenta la fragilidad de la vida, donde la vida no siempre es respetada como debería, donde tantas personas llevan heridas, miedos e incertidumbres en sus corazones, la Palabra de Dios nos recuerda que la vida no nace de nuestros esfuerzos o de nuestros equilibrios precarios, sino que tiene una fuente más profunda: Dios mismo.
Y esta vida no se retiene: el Padre se la dona al Hijo. Y el Hijo vive al recibir continuamente del Padre. Pero el Evangelio va más allá y afirma que esta vida no se termina en Jesús. Jesús no se queda con lo que recibe, sino que lo dona: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51). He aquí el corazón de la Eucaristía.
Dios no se limita a hablarnos de la vida, no nos ofrece simplemente una enseñanza: se hace alimento. Aquí, en este lugar, donde recordamos el cuerpo entregado en la cruz y el cuerpo resucitado, entendemos mejor qué significa: la Eucaristía es la manera concreta con la que Cristo sigue dándonos su vida.
No es un símbolo lejano: es una presencia real que entra en nuestra existencia. Una presencia silenciosa pero poderosa; discreta pero capaz de transformar. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6, 54). Recibir la Eucaristía no es simplemente un gesto devoto: es acoger la vida de Cristo en nosotros. Y esta vida, una vez recibida, no se queda estancada.
El texto que hemos escuchado nos ayuda a comprenderlo con una imagen muy concreta: el pan se come no para seguir siendo pan, sino para convertirse en vida, energía, movimiento. Lo mismo ocurre con nosotros.
Si realmente recibimos a Cristo en nosotros, entonces algo en nosotros debe cambiar: un amor recibido se convierte en amor donado, un perdón acogido se convierte en perdón ofrecido, una vida recibida se convierte en vida compartida. Y esta transformación a menudo es silenciosa, no aparente, pero real, concreta y cotidiana.
Al celebrar la Eucaristía aquí, no podemos olvidar la realidad que nos rodea. Pero la fiesta de hoy no nos empuja a la polémica ni al desaliento. Nos invita, más bien, a mirar más allá de lo evidente. Nos invita a dejarnos guiar por la mirada de Dios, que no se detiene en la superficie, sino que ve posibilidades de vida incluso allí donde nosotros solo vemos dificultades.
En medio de las tensiones, de las divisiones y de las fatigas de esta Tierra, la Eucaristía nos recuerda que la lógica de Dios es diferente: no es la lógica de retener, sino de donar; no es la lógica de cerrarse, sino de compartir. Es una lógica que puede parecer frágil a los ojos del mundo, pero que, en realidad, es la única capaz de construir de verdad.
Esto no resuelve los problemas de manera automática, pero cambia la manera de estar dentro de la realidad. Nos llama a ser, aquí, signos discretos pero reales de una vida diferente: capaces de custodiar la vida, de realizar gestos concretos de paz y de entablar relaciones que no se cierren en el miedo.
Hay un vínculo profundo entre este lugar y la Eucaristía.
Aquí vemos en profundidad qué significa «cuerpo entregado»: un cuerpo entregado en la cruz, un cuerpo depositado en el sepulcro, pero también un cuerpo que el Padre ha devuelto a la vida. Aquí comprendemos que el don no es una pérdida, sino un paso hacia la plenitud.
Cada Eucaristía está dentro de este misterio: el don pasa por la cruz, pero no se detiene allí. El don genera vida. Y este es el gran anuncio de hoy: la vida donada por Dios es más fuerte que todo lo que la contradice. Es más fuerte que el pecado, más fuerte que la violencia, más fuerte incluso que la muerte.
Queridos hermanos y hermanas,
Hoy, ante el pan eucarístico, pidamos una gracia sencilla pero esencial: no solo recibir a Cristo, sino dejarnos transformar por Él. Pidamos la gracia de no acostumbrarnos nunca a este don, de redescubrir cada vez su novedad. Para que, precisamente aquí, en Jerusalén, podamos convertirnos en hombres y mujeres que viven no para sí mismos, sino según la lógica del Evangelio: recibiendo para donar, viviendo para hacer vivir.
Que la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, mujer «eucarística», interceda por la vida de nuestra Iglesia y por cada uno de nosotros. Amén.
*Traducido del italiano

