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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: VII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

20 de febrero de 2022 

VII Domingo del Tiempo Ordinario, año C 

El pasaje evangélico de hoy (Lc 6, 27-38) está estrechamente ligado y es consecuente con el del domingo pasado en el cual escuchábamos las Bienaventuranzas según la versión del evangelista Lucas. 

Al escuchar las Bienaventuranzas comenzamos a mirar la vida con la mirada misma de Jesús, como el mismo ve, que el Reino de Dios está presente en los pobres, en los últimos y en los afligidos. Este pobre modo de vivir es en realidad una participación en la vida misma de Dios y en su estilo de relacionarse. 

¿En qué consiste este Reino? ¿Cuál es el estilo de vida de Dios? Todo esto se describe en lo que acabamos de escuchar hoy. Y probablemente podríamos resumirlo en la simple experiencia de poder amar al otro más que a uno mismo. 

Pero, ¿cómo llegar a esta síntesis? 

Los versículos 27-30 nos hablan de episodios concretos de la vida, de cosas ordinarias que marcan la vida cotidiana. Y puede pasar en nuestros días, que alguien nos quite algo que es nuestro, o que nos perjudiquen, o que nos pidan algo importante para nosotros. Pero entonces, ¿qué hacer? 

Me parece que surgen dos posibilidades. 

La primera es la de amar al otro tomándose uno mismo como medida de este amor. Entonces amamos en la medida en que el otro no me quita nada de lo que considero vital para mí. Y si amar me quita algo, entonces me detengo porque lo mío es más importante que lo otro.  

Sin embargo, si amo de esta manera, en realidad no amo a nadie. Sólo me amo a mí mismo y lo que hago por mí mismo. 

Pero hay otra medida, que es la de amar al otro más de lo que puedo amarme a mí mismo. Amarlo más allá de mi dolor, mi necesidad de justicia, mi derecho a ser resarcido, mis heridas. Amar según esta medida significa anteponer al otro a todo eso, aun cuando éste me haya lastimado. 

Así que no acepto que lo que el otro pueda sustraerme o pedirme, que ninguna de las heridas que pueda infligirme, pueda impedirme permanecer en relación con él. Porque no puedo vivir sin amar al otro, tal como es. 

Así que la medida del amor verdadero no puede ser nosotros mismos. 

Pero entonces, ¿cuál es esta medida? La respuesta la encontramos en el versículo 36: “sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. 

En el Reino de Dios, que Jesús revela en los pobres y en los pequeños, sólo hay un modo de amar. Y es la del Padre. No sólo todos estamos llamados a amar así, sino que sólo podemos amar así porque el amor del Padre vive en nosotros y permanece presente por la gracia del Espíritu. Este es el Reino de los Cielos. 

Mientras cada uno intente amar con sus propias fuerzas, entonces no podremos salir de un amor autorreferencial. Permanecemos en un amor del que somos la medida. Puede que sea alto y hermoso, pero es incapaz de ir más allá de nosotros mismos. 

Pero, ¿qué sucede cuando amamos como ama el Padre? 

Los últimos versículos del Evangelio de hoy nos presentan el resultado de una vida así vivida, el resultado de lo que le sucede a quien elige al Padre como medida de su propio amor. 

Es interesante notar que el domingo pasado se nos presentó precisamente este modo de amar con la mirada puesta en los pobres, en los que en la vida, son los últimos y luchan por vivir. Y hoy concluimos este viaje  con una imagen que habla de abundancia, de algo que desborda y supera toda expectativa y toda esperanza. Quien se abre a una medida de amor al estilo del Reino, se vuelve verdaderamente rico, con una riqueza que llena la vida de verdad. 

Pero para el mundo, esta persona parece ser un perdedor, alguien que parece incapaz de reclamar sus propios derechos, de buscar justicia como sería normal y legítimo hacerlo. 

En realidad, a esta persona, se le dará una medida de vida muy especial y única, la que solo conocen los que aman.   

No sólo no pierde nada, sino que salvando a toda costa su relación con el amigo y el enemigo, se enriquece con la posibilidad de amar que hace la vida verdadera y eterna. 

+Pierbattista