Acojo con satisfacción el Mensaje del Papa León XIV sobre la paz como una palabra oportuna y necesaria para el momento que estamos viviendo. No porque ofrezca soluciones rápidas o respuestas sencillas, sino porque se niega a aceptar la resignación como el horizonte final de la historia. En un clima global marcado por guerras en curso, una fragmentación creciente y la peligrosa idea de que la guerra es una herramienta inevitable de la política, el mensaje del Papa llama a todos –sin excepción– a una responsabilidad compartida: no renunciar a la labor de la paz, incluso cuando se siente frágil, distante o irreal.
Para muchos, hablar de paz hoy puede parecer fuera de lugar. En muchas partes del mundo, y de manera más dolorosa en Tierra Santa, la violencia ha dejado heridas profundas, tanto físicas como simbólicas, haciendo difícil, incluso, imaginar otro futuro. Y sin embargo, renunciar a la paz significaría aceptar la guerra como el "lenguaje normal" en las relaciones humanas e internacionales. El Mensaje del Papa no ignora la gravedad de la situación, pero se niega a permitir que esta tenga la última palabra.
En ningún lugar esta tensión es más emblemática que en Tierra Santa. Allí, la guerra no solo ha demolido ciudades, sino que ha dejado cicatrices en las conciencias de las personas, ha envenenado el lenguaje y ha debilitado la capacidad de ver al otro no como un enemigo, sino como un interlocutor para dialogar. El trauma corre el riesgo de encerrar a las personas en un ciclo de victimismo contra victimismo, haciendo que la reconciliación parezca cada día más lejana. En este contexto, es crucial recordar: poner fin a la violencia, aunque urgente y necesario, no equivale, automáticamente, al comienzo de la paz.
Como nos recuerda el Papa León XIV, la paz no es un momento. No es simplemente el resultado de un alto el fuego o un tratado. Es un proceso largo y difícil –propenso al fracaso– que exige tiempo, paciencia y constancia. Sobre todo, requiere un trabajo profundo en nuestras conciencias, nuestras relaciones y los sistemas que rigen nuestra convivencia. Sin esta transformación interior y estructural, incluso las soluciones políticas más sofisticadas seguirán siendo frágiles y reversibles.
Desde esta perspectiva, la paz no debe reducirse a un eslogan ni tratarse como un objetivo secundario. La paz se convierte en un criterio para juzgar las decisiones políticas y las responsabilidades institucionales. Cuando se sacrifica la dignidad de la persona humana a la lógica del interés propio, de la seguridad entendida en un sentido exclusivo o del consenso inmediato, la paz se socava en su raíz. No hay paz duradera sin justicia, pero no hay justicia real a menos que el otro sea reconocido como persona, no como herramienta ni como obstáculo.
El Papa León XIV también subraya el papel insustituible de la comunidad internacional. No basta con intervenir cuando estallan los conflictos o limitarse a gestionar las emergencias humanitarias. Es necesario acompañar los procesos de reconstrucción social, institucional y cultural, apoyando trayectorias educativas, espacios de diálogo y políticas capaces de mirar más allá del corto plazo. Invertir en la paz es aceptar que los resultados no serán inmediatos, sino que conciernen al futuro de las generaciones venideras.
En todo esto, la dimensión religiosa no debe ser ignorada. En muchas zonas de conflicto, la religión está profundamente ligada a la identidad y a la memoria colectiva. Puede ser mal utilizada para justificar la violencia, pero también puede ofrecer poderosos recursos para la reconciliación. El mensaje del Papa León XIV llama a las comunidades religiosas a una responsabilidad particular: salvaguardar un lenguaje que no alimente el miedo o el odio, sino que abra el camino a la conversión, la responsabilidad y el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano.
Jerusalén, en este sentido, sigue siendo un símbolo poderoso y dramático. Reducirla a un mero objeto de contienda, o reclamarla como posesión exclusiva de una sola identidad, es traicionar su vocación más profunda. Sigue desafiando a la comunidad internacional sobre la posibilidad misma de una coexistencia fundada en el respeto mutuo y el reconocimiento del otro.
En este contexto reside el testimonio de la Iglesia en Tierra Santa: pequeña y frágil, sin poder político, pero llamada a salvaguardar una visión de la humanidad que haga posible la paz. Ser la Iglesia aquí es mantener abiertos los espacios de diálogo, rechazar la lógica de la pertenencia exclusiva y seguir creyendo en la reconciliación, incluso cuando parezca humanamente irreal.
Acoger el mensaje del Papa León XIV no es caer en un optimismo ingenuo. Más bien, es abrazar una esperanza exigente. Una esperanza que no niega la realidad de las heridas, el trauma y el miedo, pero se niega a permitir que tengan la última palabra. Seguir hablando de paz y trabajando por ella sigue siendo, hoy, un acto de responsabilidad tanto moral como política. Abandonar esta tarea equivaldría a aceptar la guerra como el horizonte permanente de la historia. Seguir buscando la paz, en cambio, es permanecer fiel a Dios, a la humanidad y a la vocación más profunda de la humanidad.
*Traducido por la Oficina de Prensa del Patriarcado Latino de Jerusalén

