13 de febrero de 2022
VI Domingo del Tiempo Ordinario, año C
Una clave para entender el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 6,17.20-26) nos la da el versículo 20, cuando leemos que Jesús "alzo los ojos hacia a sus discípulos y dijo...."
En el origen de estas conocidas palabras, que llamamos bienaventuranzas, hay una mirada de Jesús sobre los que le siguen: Jesús los mira, y luego dice cómo los ve.
Las Bienaventuranzas son básicamente una mirada, una forma de ver a los demás, la vida, la historia, las situaciones. Jesús ve la vida a su manera, que es la del Padre. Jesús viene, dice cuál es su mirada, y trata de comunicársela a los suyos. Les dice a sus discípulos que hay otra forma de mirar la realidad.
La nuestra es una mirada que se detiene en lo que ve: si ve a un pobre, no ve más que a un pobre; si ve a alguien llorando, solo ve a alguien llorando; si ve gente rica, solo ve gente rica. Ve la realidad cerrada sobre sí misma.
La mirada de Jesús, en cambio, es una mirada capaz de ver dentro, de ver más allá, de mirar las cosas en relación con el Padre y con el modo que tiene el Padre de hacer su historia con el hombre.
Ve a los pobres como aquellos a quienes pertenece el Reino; ve a los hambrientos como aquellos que experimentarán el cuidado del Padre; ve a los afligidos como aquellos que conocerán a un Dios que consuela; ve a los perdedores como aquellos que se abren a la verdadera riqueza, a la mayor recompensa.
Y ve a los ricos, a los acomodados, a los saciados, como personas que no pueden abrirse a nada más que lo que ya tienen, como personas cerradas en su presente, personas para quienes la vida es todo lo que viven aquí y ahora.
Jesús no explica por qué sucede esto: no es algo que se pueda explicar con la lógica humana, sino que es una mirada de fe que hay que acoger. Más adelante, en el capítulo 10, el mismo Jesús contará su asombro ante este misterio, ante esta mirada del Padre: "En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de los la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has decidido en tu benevolencia»”. (Lc 10,21).
Las bienaventuranzas son, pues, el sentido de la historia revelado a los pequeños.
¿Qué sucede cuando existe esta mirada?
Esta mirada conduce a una inversión total de perspectivas, de interpretación de la realidad.
La realidad sigue siendo la misma, que los pobres son pobres y así sucesivamente; pero la mirada sabe ver que esta realidad es un privilegio, un don, una satisfacción; esta realidad es el camino que lleva a Dios, que lo pone en relación con Él.
Quien experimenta la salvación, la venida de Dios en su propia vida, por tanto ve la realidad de manera diferente y renovada.
No se puede dejar de pensar en la Virgen María: después de haber vivido su encuentro personal con Dios en la Anunciación, después de haber experimentado que el Señor verdaderamente había traído vida donde la vida verdaderamente no podía existir, entonces María, entona un nuevo canto en su Magníficat, canta a un mundo nuevo; el mundo tal como lo ve ahora, en relación a Cristo y su salvación dada a los más pequeños.
Y lo mismo podemos decir del apóstol Pablo: tras encontrarse con el Señor Jesús en el camino de Damasco, su manera de ver la vida y el mundo cambia por completo. Y él mismo dice que lo que le parecía esencial ya no lo es, se convierte en basura. Mientras que lo que le parecía despreciado e indigno, se convierte en el espacio de salvación, de felicidad.
No se trata de forzarnos a ser dichosos; se trata de dejar que nuestra mirada se transforme, para que sea una mirada pascual.
Si falta esta mirada, el cristianismo no aporta nada nuevo al mundo y es incapaz de transformar nada: la historia permanece cerrada sobre sí misma.
Pero si existe esta nueva mirada, existe también otra forma de pensar, de vivir, de actuar, una forma capaz de transformar la historia para que se acerque cada vez más a esa visión que uno lleva en el corazón.
+Pierbattista
