21 de diciembre de 2025
IV Domingo de Adviento, año A
Mt 1, 18-24
El evangelista Mateo sitúa el pasaje que leemos en este cuarto y último Domingo de Adviento (Mt 1,18-24) inmediatamente después del relato de la genealogía de Jesús.
Las dos partes están directamente relacionadas, porque comienzan con la misma palabra, génesis: al principio encontramos la "genealogía de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham" (Mt 1,1); la segunda parte nos dice que "así fue el nacimiento de Jesucristo" (Mt 1,18).
La historia que el evangelista se dispone a relatar se inserta en una historia milenaria, una red de nombres, de acontecimientos, de fragilidades. Hecha sobre todo de alianza y de fidelidad de Dios a una promesa hecha a Abraham, y luego continuamente renovada a lo largo de los siglos, a pesar de todo.
Pero hay otras referencias entre estas dos partes del inicio del Evangelio de Mateo. Nos centramos en las cuatro mujeres que Mateo inserta en su genealogía, porque tienen un vínculo especial con José.
Tamar (Gn 38), engañada por Judá, se disfraza de prostituta para tener. Su gesto es audaz, escandaloso, pero revela una justicia que va más allá de la ley: defiende el derecho a la vida y a la promesa. Rahab (Jos 2) es una prostituta de Jericó y acoge a los exploradores arriesgando su propia vida. Es la primera creyente pagana, lo que le otorga un lugar en la genealogía del Mesías. Rut, también es extranjera. Su justicia suprema se expresa en una fidelidad más allá de toda obligación, por la gratuidad de un amor que permanece fiel a su suegra Noemí, incluso cuando ya no podía esperar nada de ella. Y finalmente está Betsabé (2Sam 11), que ni siquiera es nombrada: es la esposa de Urías, asesinado por David, que intenta así ocultar su propio pecado. Dios, en cambio, no oculta, no borra la historia herida, sino que la transforma: de Betsabé nace Salomón, rey de paz.
Las mujeres de la genealogía son capaces de arriesgar, de acoger, de amar, de transformar. Muestran que la salvación no pasa por la regularidad ni la perfección, sino por su fe y por su capacidad de dejarse atraer dentro de la historia de Dios. No son justas, pero si justificadas.
Aparentemente, el vínculo entre estas mujeres y José no existe. Ellas son mujeres, José es un hombre. Ellas son a menudo pecadoras, marginales, irregulares; él es definido como justo ("José, su esposo, porque era un hombre justo" - Mt 1,19). En realidad, dentro de la historia del justo José emerge esa misma idea de justicia que supera los confines, que se cumple no donde la Ley se observa, sino donde se acepta acoger, a abrazar el plan de Dios.
Estas mujeres, por lo tanto, abren el camino a José. Él también se encuentra ante algo nuevo, ante una acción incomprensible de Dios, algo que todavía no tiene nombre, que todavía no existe. José está llamado a dar un nombre a esta novedad, es decir, a reconocerla como algo que proviene de Dios, algo que solo él puede acoger en sí mismo ("José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu esposa" - Mt 1,20).
Dar el nombre a alguien, pronunciarlo, es un acto profundamente simbólico, que establece una relación, que transforma la vida de quien lo pronuncia. En el relato del Génesis, por ejemplo, vemos que Adán se convierte en sí mismo y conoce su propio nombre solo en el momento en que pronuncia el de la mujer, Eva.
José se convierte en padre justo en el momento en que le da el nombre a Jesús, entrando así en una relación de custodia y de responsabilidad con este hijo que le es dado.
Su vida da un vuelco total, pero precisamente esta es la señal de que Dios está actuando y llevando adelante su historia con los hombres. Así, en el momento en que cada creyente pronuncia el Nombre del Señor, afirma su fe en Aquel que nos salva ("porque él salvará a su pueblo de sus pecados" - Mt 1,21), que es Dios con nosotros, Emanuel (Mt 1,23).
Y al pronunciar ese Nombre, nos dejamos transformar por su significado, dejándonos arrastrar a la gran historia de la salvación.
+Pierbattista

