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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: María Madre de Dios, año A

1 de enero de 2023 

María Madre de Dios, año 

Hace unos días celebramos la Navidad del Señor, y conmemoramos aquel acontecimiento de la historia en el que Dios tomó nuestra carne. 

Ahora seguimos celebrando la Navidad, porque este nacimiento no deja de ser vital, activo: el Señor sigue naciendo, creciendo, existiendo en la vida de cada bautizado y -de modo misterioso- en la vida de cada hombre. Pero el nacimiento de Jesús en nosotros no es un acontecimiento que sucede en un instante: es más bien un proceso largo, que requiere tiempo y paciencia, y que nos va envolviendo lentamente, cada vez más profundamente, hasta alcanzar todas las esferas de nuestra existencia. 

El Evangelio de hoy nos ofrece una visión de la vida interior de la Virgen María, de cómo aprende día a día a estar ante el misterio del niño que se le ha dado. Lucas nos dice que los pastores, habiendo encontrado la señal de la que les había hablado el ángel, informaron "de lo que se les había dicho acerca del niño" (Lc 2,17). Los presentes quedaron atónitos ante este relato: tenían ante sí a un niño como cualquier otro, nacido en condiciones aún más precarias que muchos otros. Y se enteraron de que su nacimiento estuvo acompañado de apariciones celestiales, de acontecimientos prodigiosos. 

El misterio siempre nos precede, nos adelanta y nos sorprende; tiene algo de imprevisible, de absolutamente nuevo, no inmediatamente comprensible. Ante la novedad del misterio, el evangelista dice que María "guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2,19). Esta es el modo habitual de vivir de María, ante Dios: al final de los relatos de la infancia, después del episodio de Jesús, a los doce años, perdido y luego encontrado en el templo de Jerusalén, Lucas utiliza una expresión parecida para María: "Su madre guardaba todas estas cosas" (Lc 2,51). 

En ambas ocasiones, María no comprende todo lo que ha sucedido. En el episodio de Jerusalén, el evangelista lo deja claro: "María y José no entendían lo que Jesús les había dicho" (cf. Lc 2,50). Mantenerse indica una actitud positiva y una actividad interior, de reflexión, de preguntas, ciertamente, pero también de aceptación positiva de lo que ocurre, aunque no se entienda todo. Los pastores corren a la Gruta, ven, dan testimonio, suscitan asombro: saben, han visto, cuentan. María guarda silencio. Sin embargo, su historia, su relación con este Niño que es su Señor y su carne, que es la Vida a la que da vida, ha durado nueve meses y ha superado ya muchas pruebas. Pero aún no sabe cómo dar una "historia" a lo que le ha ocurrido. Guarda en su corazón la exaltación del anuncio, el canto que brotó de su corazón cuando conoció a Isabel, ese momento único, súbito y sorprendente en el que le sintió moverse dentro de ella por primera vez. El anuncio del censo, la salida de casa de la madre y el largo viaje, la llegada a Belén donde no hay sitio para ellos, el nacimiento en la cueva: cuántos acontecimientos golpearon el corazón y la mente de la niña de Nazaret... "María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón". Guardar es más que preservar: es dejar que el tiempo revele lo que ha pasado, es dejar que crezca la inteligencia del corazón escuchando el silencio de Dios. 

María acepta dejar que la vida viva en ella, hacer sitio, acoger la vida que llega, sin poseerla. María permite que su hijo sea el Hijo de Dios. Permite que la vida sea otra que sus propias expectativas y pretensiones; da confianza permaneciendo en la expectativa activa de que este misterio dará fruto, y será un fruto de salvación. 

Guardar es recordar, sin rechazar todo lo que sucede, sin pensar que hay algo que no tiene sentido. 

Guardando nos dice que la fe no es el acto de un momento, tal vez heroico, sino la actitud ordinaria y cotidiana de quien cree constantemente que la vida está habitada por un más allá. Que la vida no es sólo lo que ven nuestros ojos. 

Se guarda lo que es mucho más grande que el propio corazón y que, por el momento, no se comprende; pero también se guarda lo que es frágil y, por tanto, necesita más cuidado y atención. Y la presencia de Jesús también es así: no una posesión segura, no una respuesta obvia, sino una pregunta y una semilla, que sólo lentamente desarrolla todo su potencial. Y por eso requiere mucha atención. Por último, nos quedamos con lo que es muy preciado ..... 

Frágil como un niño, precioso como un hijo. 

Ante el misterio, podemos adoptar distintas posturas: se puede negar (será el caso de Herodes que, asustado por el misterio, tratará de matar a Jesús); se puede ignorar (como los jefes del pueblo y los ancianos que, ante el anuncio del nacido en Belén, no se ponen a buscarlo); podemos intentar comprenderlo, plegándolo a lo que ya conocemos, a unos cuantos patrones tranquilizadores (como hicieron después los fariseos y los líderes del pueblo); podemos perderlo por el camino; o podemos conservarlo. 

Una imagen de estas diferentes maneras de acoger el misterio, Jesús la contará más tarde, y será la parábola del sembrador, la semilla y la tierra (Lc 8,4-15). En ella descubrimos que la buena tierra es buena no tanto porque sea mejor que otras, sino porque es capaz de conservarse a sí misma. Es la humilde perseverancia diaria la que permite que la semilla muera y nazca, que dé fruto. 

Una forma segura de mantener es devolver: mantener no es sinónimo de esconder (como el talento escondido en la tierra); tampoco es sinónimo de retener. Para conservar, paradójicamente, hay que dar y compartir. Sólo así podemos entrar en esta perspectiva de donación que finalmente nos permite entrar en el misterio, y comprenderlo no con un puro esfuerzo del intelecto, sino con una vida que ella misma se convierte en misterio. 

El año que se abre ante nosotros está ciertamente lleno de misterio.  

Y a nosotros nos corresponderá aprender a custodiarlo como María hizo con su Hijo, a la espera de que cada acontecimiento nos desvele y cumpla el misterio de vida y de salvación de la cual Él es el portador. 

+Pierbattista