Hermanos y hermanas, todos reunidos aquí esta tarde, en Jerusalén, precisamente donde todo comenzó.
Estamos aquí: pertenecemos a diferentes ritos; estamos aquí como familias, como movimientos, como religiosas y religiosos. Estamos aquí con nuestras lenguas y nuestras historias personales. Y estamos aquí, sobre todo, para escuchar.
Hemos escuchado juntos la palabra de Dios y rezaremos en las diferentes lenguas: en francés, en inglés, en español, en hebreo, en árabe, en suajili, en tagalo, en malayalam, en portugués, en chino, en polaco, en amhárico. Parece que ya estemos en Pentecostés: cada uno de nosotros oye hablar de las grandes obras de Dios en su propia lengua. No es un efecto especial. Es la realidad de nuestra Iglesia en Jerusalén: un mosaico de lenguas, ritos, culturas, sensibilidades diferentes, que aun así buscan ser un solo cuerpo.
Y la primera lectura, del libro del Génesis –esa magnífica página de la creación de la luz– nos ha recordado que a Dios le gusta separar para hacer emerger la vida: separa la luz de las tinieblas, las aguas de arriba de las de abajo, el día de la noche. Y después, en la creación del hombre y de la mujer, nos dice que nos hizo a su imagen, como relación. No estamos solos. Existimos porque estamos en relación.
Pero hay otra separación, en la segunda lectura, la de Babel. También allí, Dios confunde las lenguas y dispersa a los hombres. No como castigo, como a veces pensamos, sino para salvarnos. En Babel, los hombres querían hacerse un nombre para sí mismos, construir una torre que llegara al cielo, con la presunción de convertirse en Dios, y quisieron unificar todas las lenguas en una sola: "Toda la tierra tenía una única lengua y únicas palabras" (Gen. 11, 1). Entonces el Señor los dispersa nuevamente, y devuelve a la humanidad a la intención original, que es fruto de la libertad para la cual nos creó: diversidad de lenguas y culturas. La dispersión de Babel es un acto de misericordia: Dios detiene nuestra soberbia, nuestra arrogancia de seres autosuficientes, de uniformar todo en un único pensamiento. Desde entonces, sin embargo, Babel ha dejado también una herida en las relaciones humanas: la falta de comunicación. Ya no nos entendemos los unos a los otros.
En Pentecostés, sin embargo, ocurre algo radicalmente nuevo. El Espíritu hace que cada uno escuche y comprenda en su propia lengua. El Espíritu no uniforma, unifica. Hay una diferencia sutil pero decisiva. La uniformidad es una prisión, la unidad es una sinfonía. En Babel, la dispersión en lenguas lleva a la separación y a la incomunicación. En Pentecostés, la misma diferencia de lenguas se convierte en el lugar en el que el amor de Dios se hace entender por todos.
Por eso, nosotros, estamos aquí, en Jerusalén. Somos la ciudad de las lenguas divididas. Somos la ciudad de tantas separaciones físicas e interiores. Somos la ciudad donde la desconfianza es a menudo la primera lengua que aprendemos. Y, sin embargo, somos también la ciudad del Cenáculo. Somos la ciudad donde el Espíritu descendió. Estamos llamados a vivir no la Babel de la guerra, sino el Pentecostés del encuentro.
Hermanos, recemos por la Iglesia, por la unidad de los cristianos, por la paz, por los jóvenes, por los migrantes, por los pobres. Recemos en particular por nuestra Diócesis: una diócesis pequeña, pobre, pero viva. Estamos en una casa salesiana, que tiene el carisma de los jóvenes en el corazón: recemos por nuestros jóvenes. Cuántos de ellos, aquí en Jerusalén, en Tierra Santa, han perdido la esperanza. Cuántos piensan que la única lengua es la de la violencia, o la del silencio resignado. Queremos pedir al Espíritu que los impulse a construir, a proclamar con sus vidas que es posible escribir otra historia, aquí, en nuestra Tierra Santa.
Recemos por los migrantes y los refugiados. Jerusalén es su ciudad, porque aquí Dios ha prometido reunir a los dispersos. Cada vez que acogemos a un extranjero, cada vez que escuchamos una lengua diferente sin miedo, estamos celebrando Pentecostés.
Hay un versículo muy hermoso en el relato de Joel que hemos escuchado: "Sobre todos, también sobre los siervos y las siervas, derramaré mi Espíritu" (Jl 3, 2). El Espíritu no mira el título, la función, el rol. No mira si eres sacerdote o laico, si perteneces a la comunidad neocatecumenal o focolariano, si eres franciscano o carmelita. El Espíritu es como el viento: sopla donde quiere. Y tú no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo único que puedes hacer es dejar abierta la puerta del corazón.
Quizás esta tarde alguno de nosotros nos sentimos cansados. Cansados de las divisiones, también dentro de la Iglesia. Cansados de las incomprensiones, de las murmuraciones, de los celos. Quizás se hace sentir el peso del ministerio, o de la vida consagrada, o de la vida familiar. El Espíritu viene precisamente sobre este cansancio. No viene solo sobre las almas entusiastas, viene también sobre la carne débil, dice Joel. Sobre toda carne. Sobre nuestra carne, con nuestros fracasos y nuestras tristezas.
Por lo tanto, dejémonos hacer. No tengamos miedo al fuego. El fuego del Espíritu no destruye, purifica. Como hemos cantado en la Secuencia: "Lávanos lo que está sucio, riega lo que está árido, sana lo que sangra". Sí, tenemos necesidad de ser lavados, regados, sanados.
Al término de esta vigilia, saldremos. Y no saldremos solos. Salimos como la comunidad de los creyentes que, el día de Pentecostés, salió del Cenáculo. Ya no era la misma. Ya no hablaba solo arameo o griego. Hablaba todas las lenguas. Y la gente decía asombrada: "¿Cómo es que los oímos hablar en nuestra lengua?" (Hch 2, 8).
Que también mañana, cuando nos crucemos por las calles viejas de Jerusalén, o en nuestros pueblos de Galilea, o en nuestras parroquias de Jerusalén, alguien pueda decir mirándonos: "¿Cómo es que, en medio de tanta ira y de tanto miedo, estos consiguen todavía hablarse, buscarse, quererse?".
Entonces el Espíritu habrá descendido verdaderamente.
Ven, Espíritu Santo. Ven.
Amén.

