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Reflexión del arzobispo Pizzaballa: IV Domingo del Tiempo Ordinario, año B

28 enero 2018 

IV Domingo del Tiempo ordinario, Ciclo B 

Para profundizar en el episodio del evangelio de hoy debemos recordar el de la semana pasada. 

Las primeras palabras de Jesús en Galilea que nos servirán como clave de lectura para adentrarnos no sólo en el episodio de hoy, sino las perícopas de los próximos domingos. 

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,14). Es esta la buena noticia, el Evangelio que Jesús trasmite y anuncia. Dios se ha hecho vecino, no permanece como un Dios lejano. Dios se avecina para poder amar. Cumple la esperanza del ser humano, el tiempo de espera se ha cumplido. En el resto del Evangelio, los hechos y palabras de Jesús no serán otra cosa que una explicación de cómo en él se realiza esta cercanía de Dios, como Dios se hace siempre cercano. 

Ahora se puede comprender el episodio de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. No se dice que es lo que ha dicho, pero se dice que su enseñanza produce estupor (Mc 1,22), porque los presentes intuyen en él una autoridad distinta de la de los escribas (Mc 1,22), una enseñanza nueva: ¿Qué es esto? Una sabiduría nueva con autoridad (Mc 1,27). Los asistentes están estupefactos por la autoridad de Jesús. 

¿Qué significa esta autoridad y de donde procede? ¿Qué es lo que habrán escuchado los habitantes de Cafarnaúm? 

¿Cuándo una enseñanza tiene autoridad? 

Jesús en su discurso tiene autoridad porque no se limita a enseñar la ley o a ofrecer una interpretación; no habla de algo que le sea extraño, sino que habla de lo que le es propio, de aquello que le afecta. 

Es muy diferente cuando uno habla de lo que ha escuchado, o incluso de lo que ha aprendido, de cuando habla de sí mismo, de lo que está en su corazón, de aquello que es parte de su propia vida. 

El segundo motivo por le que Jesús tiene autoridad lo dicen los mismos habitantes de Cafarnaúm: “ordena a los espíritus inmundos y le obedecen” (Mc 1,27). La enseñanza de Jesús tiene autoridad porque es una enseñanza liberadora. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús reprochará a los escribas y a los fariseos que su doctrina oprime y hecha fardos pesados a la espalda de la gente. Pero la suya no es así, libera, promueve, restituye la dignidad, devuelve al origen. 

Su doctrina es nueva. No sólo porque dice cosas nuevas, sino porque transforma la vida, la hace nueva. 

No aumenta el conocimiento de los oyentes con un conocimiento nuevo, pero produce una conversión. 

Esta doctrina, sin embargo, para algunos es una ruina (Mc 1,24). 

Es una ruina para aquellos que oprimen al hombre, lo degradan, como el espíritu impuro que se había apoderado del hombre presente en la sinagoga. Es una ruina incluso para aquellos que se niegan a entrar en la dinámica de cambio, de transformación que Jesús promueve. Es una ruina para aquellos que ven amenazada su autoridad, su poder. 

Veremos más adelante, en el capítulo 11, que esta autoridad será desafiada. Después de expulsar a los vendedores del templo, de hecho, los ancianos le preguntarán: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te ha dado la autoridad para hacerlas? “(Mc 11, 28), y Jesús no les contestará directamente. Los invitará a responder a su vez sobre la autoridad del Bautista, para preguntarles de dónde venía, o del cielo o de los hombres (Mc 11,30-33). 

Es importante destacar que el espíritu impuro no dice ninguna mentira, que no sea ortodoxo, sino que proclama correctamente la identidad de Jesús, quien es verdaderamente el “santo de Dios” (Mc 1, 24). 

A la confesión de fe del espíritu impuro le falta la fe, la humildad para aceptarlo como el santo de Dios. Jesús es visto como un obstáculo, un impedimento para su propio poder sobre el hombre, y no quiere tener nada que ver con Él (Mc 1, 24). 

Pero sobre todo falta la cruz: esta profesión de fe será “verdadera” solo cuando su verdad será adorada bajo la cruz, como hará el centurión cuando Jesús muera quien dirá: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,39) . 

+Pierbattista