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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: II Domingo de Pascua, año C

24 de abril de 2022 

II Domingo de Pascua, año C 

Hace ocho días, el domingo de Pascua, vimos dónde comienza el camino de fe de todo cristiano: en la tumba vacía. Aquí es donde llegamos a ver el lugar donde fue enterrado Jesús, donde las mujeres y los discípulos descubren que su cuerpo ha desaparecido. Jesús ya no es prisionero de la muerte. 

Pero esto es realmente sólo el punto de partida y requiere un camino. 

Por eso, los relatos de los encuentros entre el Resucitado y sus discípulos hablan muy a menudo de un camino: los discípulos van al sepulcro, Jesús se acerca a ellos en el cenáculo, los discípulos van de camino a Emaús, y luego se apresuran a volver a Jerusalén. 

Es un camino físico, por supuesto, pero también un camino espiritual. Es el camino de la fe. 

Por eso, si con el Evangelio de la mañana de Pascua vimos dónde empieza este camino de fe, hoy vemos a dónde nos lleva, dónde debe terminar. Debe llevarnos a reconocer al Señor resucitado, a verlo con nuestros propios ojos, a creer en él, a redescubrirlo como nuestro Señor y nuestro Dios. 

Es de este viaje de fe del que ahora queremos destacar algunos aspectos. 

En primer lugar, es importante señalar que después de la mañana de Pascua, tras el día siguiente al sábado, todos buscan a Jesús, pero nadie lo encuentra. Es él quien encuentra los suyos. Y los encuentra cuando y donde le parece bien. En el Evangelio de hoy lo vemos realmente: Jesús encuentra por primera vez a los suyos reunidos por la noche en el Cenáculo. Luego, ocho días más tarde, vuelve a reunirse con Tomás, que estuvo ausente en el primer encuentro. El camino de la fe pasa por esta senda estrecha, la de dejarse encontrar, la de reconocer que no somos nosotros los que encontramos al Señor, sino que es él quien nos encuentra a nosotros. 

Pero, ¿dónde nos encuentra? Exactamente donde estamos, en nuestros miedos y dudas, donde estamos encerrados. Los discípulos estaban encerrados en el Cenáculo por miedo a los judíos (Jn 20,19), Tomás estaba encerrado en la incapacidad de pensar en el Señor vivo, de dar al Señor la posibilidad de venir a él. Por el contrario, como hemos visto, es el Señor quien viene.  

Y viene a hacer tres cosas. 

La primera es dar el Espíritu (Jn 20,22). Es decir, dar la vida que él mismo ha encontrado después de la muerte. Es la vida a la que el Padre le ha llamado, como coronación y realización de su don de amor. Pero una vez que recibe esta vida, Jesús no puede retenerla para sí mismo: la da a sus amigos. 

Lo segundo que hace Jesús es enviar a los discípulos. Apenas los encontró después de la confusión de la Pasión, no los retuvo para sí, sino que los envió inmediatamente, como el Padre lo había enviado. Así, la vida que han reencontrado debe ser compartida ahora e inmediatamente con todos los hombres, pues la Pascua es para todos. Y la forma en que esto sucederá es única: el perdón de los pecados (Jn 20:23). Porque el perdón es el signo definitivo de la victoria del Resucitado sobre la muerte. 

Finalmente, Jesús sale al encuentro y cura a Tomás. 

La necesidad del hombre herido, del pecador, es siempre extender la mano, tocar y tomar, como hizo Adán. Es la necesidad de poseer. Y Jesús llega justo a este punto. Él se ofrece a nuestra necesidad enferma. Y al hacerlo, ofreciéndose a sí mismo como lo hizo en la cruz, nos cura dándonos la posibilidad de otra forma de vivir. Esta nueva vida es la del que confía y cree. 

Y si tocar y poseer son acciones que nos encierran en nosotros mismos, que nos repliegan sobre nosotros mismos y nuestras propias necesidades, incluidas las religiosas, creer es ya una forma de salir de nosotros mismos. Este es, de hecho, el principio de la misión para la que el Resucitado nos envía. 

Los que son prisioneros de su propia necesidad de esperar para ver y tocar nunca se van de verdad.  

En cambio, quien cree que el Señor está siempre con él, que le da continuamente la vida, no puede quedarse quieto. El creyente no puede dejar de salir, para que también otros sean alcanzados por el mismo don de la gratuidad y de la vida. 

+Pierbattista