1 de febrero de 2026
IV Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 5, 1-12a
Vimos el domingo pasado (Mt 4, 12-23) que Jesús comienza su ministerio público en una tierra herida, de frontera. En esta tierra herida, sus palabras llegan como una luz; mejor dicho, como una gran luz, la misma gran luz que el profeta Isaías había anunciado, cimentando así la esperanza de quienes vivían en una tierra de tiniebla y de muerte (Is 8, 23-9, 1).
Cuál sea esta gran luz lo vemos de inmediato en el Evangelio de hoy (Mt 5, 1-12a). Es el Evangelio de las Bienaventuranzas, que da inicio al primer gran discurso del Evangelio de Mateo: el Sermón de la Montaña.
Es un pasaje que todos conocemos casi de memoria, y que hoy intentamos leer utilizando una doble clave de lectura vinculada a la mirada. El pasaje de hoy comienza diciendo que Jesús ve a las multitudes, y que a raíz de esta mirada nacen las palabras que luego pronuncia. No solo eso. Prosiguiendo en el discurso, vemos que el tema de la mirada regresa en referencia al Padre: el Padre ve en lo secreto y recompensará todo aquello que se hace en secreto (Mt 6, 4.6.18).
Este Padre, por tanto, es un Padre que ve, ante todo: su mirada se dirige a sus hijos, a aquellos que siguen a Jesús y acogen su presencia.
El Sermon de la Montaña, a partir de las Bienaventuranzas, narra cómo vive quien está bajo esta mirada del Padre. No se trata de un ideal inalcanzable, sino de la descripción de lo que sucede cuando el Reino toca la vida.
Quien vive bajo la mirada del Padre vive de una manera distinta a las lógicas dominantes, de una manera alternativa.
La diferencia es radical: no es solo un añadido moral o una corrección hecha a algo que no funciona suficientemente bien; es, realmente, otro modo de vivir, la propuesta de un mundo diferente.
Esta nueva manera de vivir es, ante todo, una forma diferente de vivir el poder.
La lógica mundana, de hecho, se basa en el poder: es feliz quien puede mucho, quien lo puede todo.
Las Bienaventuranzas, en cambio, hablan de un poder evangélico. El poder de los pobres de espíritu, que no posee a los demás, sino que los deja libres. El poder de los mansos, que no aplasta, sino que protege. El poder de los afligidos, que es el poder de permanecer en el dolor sin negarlo y sin huir de él. El poder de los que trabajan por la paz, que construyen relaciones sin imponer nada. El poder de los limpios de corazón, un poder sin dobleces. El poder de los hambrientos de justicia, que buscan la verdad y no el propio beneficio. El poder de los perseguidos, es decir, de los que permanecen fieles incluso cuando cuesta.
Y es una manera de vivir que, de algún modo, refleja el plan original de Dios sobre el hombre: no es una adición tardía, sino un retorno al origen; es decir, al modo de vivir que Dios había ofrecido al hombre antes de que el miedo, la competencia y el dominio deformaran las relaciones entre las criaturas.
El Padre había pensado para nosotros relaciones basadas en la confianza, en la transparencia y en la custodia recíproca, pero el pecado introdujo después, como un veneno, una lógica diferente: la del dominio, la de la acusación y la de la traición.
Con el anuncio de las Bienaventuranzas, Jesús no dice nada realmente nuevo: habla de una realidad recreada según la verdad originaria del plan de Dios.
Y si surgiera la duda de que estas hablan de una humanidad derrotada, de un modo de vivir que empequeñece al hombre o que van contra la naturaleza, por el contrario, hay que reconocer que van
más bien contra la "naturaleza herida", porque la naturaleza verdadera, la querida por Dios, es la de las Bienaventuranzas.
La continuación del Evangelio nos mostrará que las Bienaventuranzas no son solo un anuncio, sino que son la vida misma de Jesús: en Él vemos cumplirse lo que en las Bienaventuranzas se proclama, hasta la cruz, donde cada bienaventuranza encuentra su perfección; y hasta la resurrección, donde tenemos la confirmación de que este modo de vivir es el modo verdaderamente humano de vivir, en el cual el Padre se complace.
+Pierbattista

