6 de junio de 2026
Solemnidad de Corpus Christi, año A
Jn 6, 51-58
Al escuchar el pasaje del Evangelio de esta festividad (Jn 6,51-58), nos sorprende la cantidad de veces que aparecen términos relacionados con el tema de la vida.
Solo en el primer versículo (Jn 6,51) encontramos ya tres: Jesús es el pan vivo, si uno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que él dará es su carne para la vida del mundo. Así, continuando la lectura, volvemos a encontrar estos términos seis veces más, y esto nos indica la importancia de este tema en el Evangelio de Juan y, en general, en el pensamiento mismo de Jesús.
De hecho, una concentración tal del término "vida" la encontramos en Juan desde el primer momento, en el capítulo primero, Prólogo de su Evangelio. No como un tema entre otros, sino como la clave de acceso a su Evangelio, el hilo conductor que lo atraviesa todo y que en Juan 6 encuentra una de sus expresiones más altas.
Juan abre su Evangelio diciendo de inmediato lo esencial: que la vida de Dios está hecha para ser compartida. No es una posesión celosa, no es un privilegio divino: es un movimiento que sale, que se dona, que busca al hombre.
Es un tema fundamental en toda la Biblia: la revelación nos dice, en efecto, que esto es lo que Dios lleva en el corazón, nuestra vida. Le importa que vivamos, y que nuestra vida sea plena y verdadera, que sea su vida en nosotros.
El pasaje del Evangelio de hoy gira precisamente en torno a esto.
En el versículo 57, Jesús afirma que el "Padre tiene la vida". Parecería una obviedad, pero no lo es en absoluto.
Es el Padre quien tiene la vida en sí mismo, y nadie más. El Padre tiene la vida porque Él mismo es la vida: es un movimiento que comienza en Él, del cual solo Él es la fuente. No es una posesión humana, no es una autoproducción, no es un mérito. Es un origen, una fuente que no nace de nosotros, que el hombre no puede crear por sí solo. El punto de partida de la vida no somos nosotros, sino el Padre.
Pero la buena noticia es que el Padre no se guarda la vida para sí, no la retiene. El primero en disfrutar de la vida del Padre, en participar de ella como de algo que también es suyo, es el Hijo mismo. Jesús lo dice en ese mismo versículo 57: «Como el Padre, que tiene la vida, me ha enviado y yo vivo por el Padre ... » (Jn 6,57).
Y al decir esto, Jesús revela la estructura misma de su identidad: el Hijo no es un ser autónomo, no es una vida autosuficiente. El Hijo no vive de sí mismo: su vida es recibida, total y continuamente.
Y precisamente porque es recibida, puede ser donada. Esta es la segunda buena noticia del Evangelio de hoy.
Aquella vida de la cual el Padre es la fuente, aquella vida que el Padre dona al Hijo, no se detiene en Él. Jesús no es un punto final. La vida que Él recibe no se la guarda para sí: la traduce en carne, en gestos, en pan partido.
«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54). Es una acción concreta: comer, beber, asimilar. Dios no se limita a hablar desde lejos: se hace alimento. Y el alimento se convierte en parte de nosotros.
Recibir la vida de Dios no es un sentimiento, sino un acto. Acoger la Eucaristía significa dejar que la vida del Hijo entre en nuestra vida real, en los pensamientos, en nuestras decisiones. Y, una vez dentro, esa vida pide pasar más allá. Lo que nos nutre verdaderamente tiende a salir de nosotros. El amor recibido se convierte en amor donado. El perdón acogido se convierte en perdón ofrecido. Una vida plena no puede permanecer cerrada.
No es algo vago: es la lógica del pan. El pan no se come para que permanezca en el cuerpo, sino para convertirse en energía en movimiento. Así es quien se nutre de Cristo: recibe para vivir, vive para donar.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

