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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

1 de Octubre de 2017  

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Año A 

El domingo pasado, el Evangelio nos ha presentado la parábola de un propietario que invita -a todas horas- obreros para su viña, y al final de la jornada da a todos el mismo salario (Mt 20, 1-16). 

Hoy escuchamos una parábola en la que un propietario manda también a trabajar a su propia viña, esta vez no son trabajadores, sino sus dos hijos, que a su vez responden con dos actitudes opuestas. 

Estamos ya en el capítulo vigésimo primero del Evangelio, Jesús ya ha entrado solemnemente en Jerusalén (Mt 21,1-10), ha expulsado del templo a quienes vendían y compraban, y ha tirado las mesas de los que cambiaban monedas (Mt 21, 12). Ahora se encuentra en el templo discutiendo con los jefes de los fariseos (Mt 21,23), quienes lo interrogan acerca de la autoridad con la cual cumple estos gestos y enseña estas palabras. 

Jesús no responde directamente a esta pregunta, sino que con una referencia a Juan Bautista (Mt 21,24-26) los desenmascara y revela su incapacidad de recibir cualquier provocación y advertencia: ¡Aquí está el verdadero problema! 

Jesús agrega después la parábola que escuchamos hoy, introduciéndola con una pregunta: “¿Qué opinan de esto? – Mt 21,28) con la cual pide a los oyentes la escucha atenta. 

Esta pregunta será retomada poco después, cuando los oyentes sean invitados a hacer un discernimiento sobre quién, ‑en la parábola- haya efectivamente obedecido al Padre (Mt 21,31); con la intención de poder releer la propia vida, las propias cerrazones y abrirse a la conversión. 

La parábola (Mt 21,28-30), muy breve y sencilla (de modo que ninguno pueda decir que no entendió) presenta a un padre que tiene dos hijos y una viña. Pide a ambos ir a trabajar: el primero le dice que no, porque no tiene ganas, después se arrepiente y va. El segundo dice enseguida que sí, pero no va. 

La parábola puede ser leída en al menos dos niveles. 

El primero, es aquel típico del Evangelio de Mateo, para quien no bastan las palabras para decir que se pertenece efectivamente al Reino: necesito también los frutos. Es suficiente pensar en el parábola que concluye el discurso de la Montaña (Mt 7,24-27) acerca de las dos casas: una construida sobre la roca y otra sobre la arena. La parábola es precedida por su interpretación, según la cual: “No todo el que me dice Señor Señor entrará en el Reino de los cielos, sino quien hace la voluntad de mi Padre…” (Mt 7,21). 

Mateo tiene en aprecio este tema, y no faltarán los ejemplos positivos de personas que no dicen, pero hacen. El primero es seguramente José, que no habla nunca, pero pone siempre en práctica aquello que escucha (Mt 1,24; 2,14); y tantos otros como él los encontramos en la última parábola narrada por Jesús, que precede directamente a la narración de la pasión y la resurrección: es la parábola del juicio final (Mt 25,31-46) con la cual se descubrirá que al Reino pertenece quien sea que haya hecho un gesto de amor, inclusive inconscientemente. 

El tema de la relación entre palabras y obras, es importante porque habla de la unidad del corazón de quien vive la salvación de Cristo: entonces sus obras expresan simplemente aquello que hay en el corazón, aquello en lo que el hombre cree: es la Palabra que lleva a dar buen fruto: (Mt 13,23). 

Pero hay un segundo nivel de interpretación: inmediatamente después de la parábola, Jesús aclara que el trabajar en la viña no consiste sobre todo en hacer determinadas obras, sino en el arrepentirse y creer (Mt 21, 32), como aquel que primero dice que no, pero después se arrepiente y va a trabajar en la viña. 

Si leemos la parábola haciendo memoria del domingo pasado, podremos decir que ir a trabajar en la viña, consiste en aquella conversión del corazón de quien entra en la nueva lógica del Reino. 

Decir que sí y después ir, exige dejarse transformar radicalmente el corazón, la mirada y toda la vida. No se trata entonces de ir a hacer algo, sino de una óptica nueva de la cual vivir. 

Como los obreros del domingo pasado, el cansancio y el trabajo por hacer está sobre todo dentro de sí, para salir de una óptica del mérito y de recompensa y se entrar en una lógica de gracia, una lógica paradójica que solo existe en el Reino de los cielos. 

Y si damos un paso atrás en los Evangelios dominicales pasados, la lógica nueva es aquella del perdón, de quien vive del perdón recibido y no puede hacer otra cosa que compartirlo con los propios hermanos. 

El jefe de los fariseos seguramente hacía muchas obras buenas. 

Lo que faltaba a ellos, ese sí dicho con las palabras y con la vida, consistía en un arrepentimiento profundo, una adhesión al Dios de la gratuidad que transforma toda la existencia, cambiando con ello relaciones, haciéndolas verdaderamente fraternas. 

En esto, los pecadores están en cierta forma avanzados, pues es más evidente para ellos sentirse necesitados: ellos se les adelantarán (Mt 21, 31) así como en la parábola del Domingo pasado: los últimos pasaron delante y se convirtieron en los primeros. 

Adelantarse es el verbo del Maestro que camina delante del discípulo, mostrando así el camino. 

En un domingo anterior este verblo lo hemos escuchado cuando Jesús decía a Pedro de ponerse detrás (Mt 16, 23), de no hacer el papel de maestro, sino de discípulo. Y en Mateo 23, 10 Jesús pide expresamente que ninguno sea llamado Maestro sino solo él. 

Los únicos maestros que –paradójicamente-  Jesús deja que lo sustituyan son los pequeños: los niños (Mt 18,3; 19,14) y los pecadores, aquellos que han aprendido la lógica que se vive en esta extraña viña, donde el Padre llama a todos, siempre. Y a todos los que lo reciben, dona gratuitamente la vida. 

+Pierbattista