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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XXV Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

24 de septiembre de 2017  

XXV Domingo del Tiempo Ordinario, Año A 

El Evangelio del domingo pasado fue construido sobre dos ejes principales: por un lado el desmesurado e ilimitado amor del Padre que condona al hombre una deuda impagable, y por el otro la relación de los hombres entre ellos, una relación más difícil y compleja donde resulta ardua la tarea de aceptar las medidas del corazón de Dios. Pero si el perdón y el amor del Padre no transforman y dilatan el corazón del hombre, permanecen ineficaces. Incluso hoy nos enfrentamos con el mismo dilema. 

La parábola que abre el capítulo vigésimo del Evangelio de Mateo, pone en escena a un “patrón de casa” (Mt 20,1) verdaderamente muy particular: tiene una viña donde hay que trabajar, y sale varias veces al día para contratar trabajadores para su viña. Sale cinco veces en diferentes momentos del día, y a todos los que encuentra les promete una recompensa apropiada. También sale cuando la jornada laboral ha terminado, y parece más preocupado en el tema de que todos trabajen que de su mismo viñedo y sus propios intereses. Está más preocupado él que los mismos obreros en encontrar un trabajo. Esta es la primera paradoja. Pero hay una segunda aún más evidente: cuando al final de la jornada el patrón le pide al encargado que dé la recompensa “justa” (Mt 20, 4) prometida a los trabajadores. La paradoja comienza con el orden de pago hecho a la inversa: “comenzando desde los últimos a los primeros” (Mt 20, 8) ¿Por qué comienza con el último, y ​​no por aquellos que habían comenzado a trabajar? 

Comenzando a pagar desde el último, necesariamente los primeros se hacen espectadores de la “injusticia” del amo, que da a todos el mismo salario; casi parece que el maestro los ha llamado para esto: no sólo para trabajar, sino para ver cómo paga. Y para ver profundamente este obrar del patrón, los primeros no pueden sino aprender de los últimos, que no se muestran así mismos ni la fuerza de su trabajo, sino el don gratuito y paradójico del maestro. Los primeros quedan escandalizados y murmuran: el murmullo es un verbo recurrente en el Éxodo. Hay diferentes episodios en los que Israel no sabe ver la salvación del Señor. En la narración, también hay una incapacidad para ver: los “primeros” ven inmediatamente la injusticia, y no ven la bondad del patrón que, llamándoles les reprocha llamándolos envidiosos (Mt 20,15), o bien que no saben ver . Sólo se permiten ver que estos últimos reciben un salario como el suyo, pero no saben ver en este modo de actuar la bondad del patrón. ¿Pero, por qué se sienten tan ofendidos? ¿en qué han sido defraudados? 

Ciertamente no del pago, que era justo y respetaba el pacto: un denario por la jornada, les había dicho el patrón al principio del día (Mt 20, 2). Los “primeros” se sienten defraudados por la certeza de haber merecido el pago, de haber sido recompensados ​​exactamente por lo que hicieron. Estaban defraudados por la certeza de que aquel denario se lo merecían, que el patrón estaba en deuda con ellos. 

Defraudados también por la sutil gratificación de haber trabajado más, de ser mejores. 

Al patrón le perturba este mismo modo de concebir la vida, la fe, la vocación, como si fuera simplemente un dar-tener que permanece en balance, que nunca se desequilibra, que no conoce la gratuidad del amor. Da un vuelco a un estilo de relación que no conoce la posibilidad de donar. Y así se inaugura una justicia diferente, la justicia del Reino, en la que se es llamado a trabajar en la viña, pero a trabajar gratuitamente para recibir una recompensa gratuita: ¡es verdaderamente una manera distinta de vivir! Sólo así hay espacio para la solidaridad, y para la posibilidad de gozar del bien que alcanza gratuitamente al hermano, como gratuitamente nos ha alcanzado a nosotros. La alternativa es la envidia: y la parábola nos dice que toda envidia hacia el hermano es en realidad envidia hacia el Señor, hacia su magnanimidad. 

Magnanimidad que hace escuela a través de los últimos, aquellos que no pueden jactarse si no es de la gracia del Señor: son ellos los verdaderos maestros que se convierten en los primeros (Mt 20, 16)   y nos pasan delante con el testimonio humilde de quien ha aprendido la gratuidad del Señor. Son los únicos que realmente tienen algo que enseñar. 

+ Pierbattista