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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: XV Domingo del tiempo ordinario, año A

16 de julio de 2017  

XV Domingo del tiempo ordinario, año A 

El pasaje del Evangelio de la liturgia de hoy, abre el capítulo treceavo del Evangelio de Mateo. Un capítulo que consta de siete parábolas de Jesús, y tienen como tema el Reino de los cielos: el Reino de los cielos es semejante a un hombre que ha sembrado buen grano, es semejante a una semilla de mostaza, es semejante a la levadura, a un tesoro escondido en un campo o a una red lanzada al mar, y así sucesivamente. Hoy leemos la primera de estas parábolas que es la parábola del sembrador que lanza la semilla y de los terrenos que la reciben. Es la parábola principal y que después es referencia para las demás. 

El pasaje está dividido en tres partes bien diferenciadas entre sí. En la primera de ellas Jesús expone la parábola (Mt 13, 4-9), después en una segunda parte Jesús responde a los discípulos acerca del por qué hablar en parábolas, y finalmente una tercera parte donde explica la parábola que ha narrado. 

Antes de entrar en la comprensión de este pasaje, debemos notar que en los capítulos precedentes, Mateo narra las múltiples resistencias encontradas por Jesús durante sus predicaciones, ha anunciado su Palabra de vida. Redirigiéndonos a la parábola del día de hoy, podemos decir que Jesús ha lanzado su semilla y lo ha hecho con holgura, sin excluir ningún terreno. Después ha constatado que los terrenos -los que han escuchado- son distintos: algunos acogedores, otros menos; y que distinta es también la capacidad de dar fruto.  Ha observado también que el terreno bueno -aquellos que saben escuchar y dar fruto- son los pequeños y los pobres, y por ello ha agradecido y alabado al Padre, (Mt 11,25). 

Hoy Jesús se detiene, medita acerca de este misterio y después lo transforma en parábola. 

Iniciamos desde la parte central de la narración: de frente a la curiosidad de los discípulos que se preguntan por qué Jesús habla a las multitudes en parábolas, el Señor da una respuesta misteriosa. Parece que lo hiciera para que la gente no entienda, y que las parábolas estén hechas a propósito para cerrar a las personas el acceso del Reino de los cielos: “Para ello les hablo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no oigan ni comprendan” (Mt 13,13). Evidentemente no es así: la semilla es para todos, pero el Señor escoge usar las parábolas para ayudar a quien escucha, a reconocer la dureza del propio corazón, la propia incapacidad de escuchar, de acoger y de entender. 

No es el objetivo de las parábolas ser oscuras y misteriosas, es más, precisamente porque son claras y no se prestan a equívocos, tienen la capacidad de traer a la luz las resistencias que habitan en lo profundo del corazón del hombre, resistencias por las cuales esta generación es similar a aquellos niños que de frente a un lamento no lloran, y no bailan cuando escuchan un canto alegre (Mt 11, 16-19). Reconocer la propia dureza es el primer paso, doloroso pero necesario, para que la semilla pueda ser recibida y dar mucho fruto. 

Los distintos terrenos sobre los cuales cae la semilla, representan las distintas maneras de recibir la Palabra, o bien, los distintos modos de escuchar: La Palabra de Dios es sembrada en cada corazón humano, y a cada uno de ellos quiere llevar un fruto lleno de vida. Los distintos terrenos por su parte, nos dicen que la interiorización de la Palabra tiene necesidad de espacios, tiempos oportunos y adecuados: no es una cosa que se da donde sea, en un instante. 

No ocurre en la superficialidad de la vida, donde se es insensible y estamos distraídos por otras miles de voces. Y no ocurre en un instante, el terreno pedregoso habla de un recorrido hecho presurosamente (el adverbio súbito lo encontramos dos veces), y por ello no puede arraigar, no es capaz de perseverar las grandes distancias. Para hablar de estas inconstancias el Evangelista Mateo usa un adverbio particular que literalmente significa “aquello que solo es para un momento” (proskairós): el hombre de “un momento” que es aquel que se entusiasma de todo, pero no ama nada en profundidad, vive de muchos fragmentos, pero no se une en torno a una relación, no conoce la paciencia. 

La semilla entonces, debe ir más a fondo, descender al corazón de la vida, y desde adentro transformarla. 

Y sin embargo ni siquiera esto basta. Aunque la semilla brote, se necesita estar atentos a que no haya algo que la sofoque: las preocupaciones y los afanes de la vida son temas muy queridos por Mateo, ha hablado largamente del tema en el discurso de la montaña del capítulo sexto, para indicar que toda preocupación es de por sí una idolatría, una falta de fe en el Padre que viste los lirios del campo y nutre a los pájaros del cielo (6,25-34. “no se preocupen por su vida y por aquello que comerán… miren a los lirios del campo, etc ”) la fe, es entonces el terreno bueno que recibe la semilla y la hace crecer. 

Cuando esto sucede, entonces ocurre algo del cual no somos nosotros los dueños: la semilla trae fruto de manera inesperada y sorprendente (produce el ciento, el sesenta, el treinta por uno) generando una nueva vida. 

Finalmente una palabra para el sembrador. 

El cual parece tener un comportamiento extravagante y se permite “desperdiciar” su semilla, donde sabe anticipadamente que no habrá fruto. No calcula dónde y cuándo lo hará, no decide previamente donde sí y donde no. No tiene miedo al fracaso. 

Y no pretende que de su semilla haya fruto siempre y de la misma manera. Precisamente por esto su Palabra es eficaz porque es gratuita y porque deja libres: es donada por amor y quiere ser recibida con amor. Y este amor libre y gratuito es ya su fruto. 

+ Pierbattista