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Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: Pentecostés, año A

4 de junio de 2017

Pentecostés, año A

El pasaje del Evangelio que escuchamos hoy (Gv 20,19-23) nos remite a la tarde de Pascua, según el Evangelista Juan en aquella misma tarde se aparece a sus discípulos, que por miedo están encerrados en casa, y allí, sin esperar cincuenta días como lo señala Lucas en los Hechos de los Apóstoles, les dona su Espíritu. 

La teología de Juan une estrechamente el don del Espíritu a la Pasión y a la Pascua, como un único movimiento, un único misterio de salvación: quiere subrayar y hacernos comprender que el Espíritu brota desde la cruz, del costado abierto del Señor que da la vida. No viene a nosotros el Espíritu sin el don de sí que Jesús lleva a cumplimiento por nosotros en la cruz, y por otra parte la Pascua no se cumple sino ahí donde el Espíritu es dado a los hombres. 

El Evangelio de Juan que hemos leído en los domingos del tiempo pascual, ha puesto en evidencia que el objetivo de la Pascua no es que Jesús resurja y regrese al Padre, sino que su vida habite dentro de nosotros, que nosotros seamos partícipes de Su mismo modo de vivir. Por ello Jesús, el mismo día de la Resurrección, se reúne pronto con sus discípulos y comparte a ellos la vida que ha reencontrado, la que el Padre le ha dado dentro de la muerte: misma vida que es verdadera pues ha renacido desde los abismos y ahora le pertenece también a quienes lo recibirán. 

Para decir que Jesús dona el Espíritu, el evangelista Juan usa un término importante y rarísimo, en el Nuevo Testamento lo encontramos solo aquí. Dice entonces que Jesús sopló, infundió su aliento sobre ellos (Jn 20,22). En el verbo griego encontramos el prefijo “in”, como diciendo que no simplemente transmitió este aliento sobre ellos, sino en ellos, dentro de ellos: el Espíritu es un don que no permanece externo a la persona, sino que entra, se convierte en el respiro mismo de la persona. 

Este verbo que no encontramos en otra parte en el Nuevo Testamento está presente ya en el Antiguo, propiamente al inicio, donde Dios después de haber formado al hombre con polvo del suelo, “sopló” (insufló) en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente (Gen 2,7): el hombre entonces está formado por dos elementos, ambos marcados por una grande precariedad: el polvo del suelo, o bien, aquella parte más delicada y menos consistente de la tierra y por ello simboliza la fragilidad de sus constitución física; y el aliento de vida, que indica todo aquello que hace de un cuerpo  inanimado una persona viva: todo aquello que permite respirar, que da la posibilidad de vivir. 

Y bien, así como Dios soplo en la nariz de Adán la vida natural, para que pudiera vivir, así Jesús sopló sobre sus discípulos el respiro de la vida nueva, para que pudieran vivir como resucitados: el Espíritu no es algo más, un accesorio, es exactamente aquello que nos hace vivir, que nos une en nuestra fragilísima condición humana y la hace participar de la vida de Dios. El hombre es entonces una creatura llamada a tener juntos estos dos elementos, que por ellos mismos serían lejanísimos entre ellos, así como el cielo dista de la tierra. 

Pentecostés entonces, revela en modo definitivo el misterio del hombre: en la tarde de Pascua, a través del aliento de Jesús, Dios no sólo nos hace nuevas creaturas, sino una creatura que vive de la misma vida de Dios, alguien llamado a tener juntas la vida natural y la vida divina, la carne y el Espíritu, la tierra y el cielo. Solo entonces el hombre está completo. 

Otro elemento viene también a iluminar esta plenitud de creación que Pentecostés realiza. En la narración del Génesis la obra de Dios se refiere al hombre, el primer hombre. En Pentecostés hay algo distinto: la tarde de Pascua Jesús dona el Espíritu a los discípulos estando juntos, los vuelve a crear como comunidad de hermanos, nace la Iglesia. 

La obra del Espíritu de hecho, no es aquella de crear personas perfectas pero solas, por cuanto perfectas puedan llegar a ser. La obra del Espíritu es un evento de comunión, crea fraternidad, compone las diferencias, hace posible la unidad, en otras palabras, el Espíritu está a los orígenes de la Iglesia. 

La vida nueva del Espíritu, no se vive en la solitaria búsqueda de la propia realización, sino en el encuentro con el hermano con el cual la vida viene compartida, y no puede ser vivida si a su vez no viene comunicada, donada, porque esta vida no es otra cosa que un don. Si la poseemos y la encerramos, se apaga el Espíritu y se vuelve a la muerte. 

Por ello estrechamente ligado al don del Espíritu, está el don de perdonar los pecados (Jn 20, 23), la capacidad de no dejar que el mal domine al hombre destruyendo así sus relaciones: los apóstoles llenos del Espíritu Santo, son enviados a hacer la misma cosa que han visto en Jesús: llevar la vida ahí donde está la muerte. Es este el Espíritu que han recibido. 

Si el don del Espíritu Santo es una vida que ha renacido de la muerte, el mejor modo para compartirlo será aquel de anunciar el perdón a quien vive en la muerte, en el pecado, para que así todos puedan vivir. 

+ Pierbattista