Logo
Donar ahora

Reflexión del Arzobispo Pizzaballa: Pascua, año A

16 de abril del 2017 

Pascua, año A 

Jn 20,1-9 

El primer día después del sábado en la mañana temprano, María de Magdala va al sepulcro a ungir el cuerpo del Señor, pero ve que la piedra que cerraba la tumba ha sido removida, y entiende que algo ha sucedido (Jn 20,1). Y piensa en la única cosa que puede pensar: que alguien ha robado el cuerpo del Señor. 

No encuentra de inmediato al Resucitado que la espera. 

Ella y después Pedro y Juan hacen primero una experiencia, aquella de iniciar a intuir simplemente que algo nuevo ha acontecido. 

La mañana de Pascua, la primera cosa que sucede es que existe una novedad. 

Aquello que todos daban por descontado, aquello que todos se esperaban y que era natural que sucediera, en realidad deja el lugar a algo nuevo. 

La primera grande noticia de Pascua es que algo nuevo, de distinto puede suceder. 

Y así, el primer paso a realizar para entrar en el reino de la Pascua, es aceptar humildemente la posibilidad de lo inaudito, de lo nuevo, de algo que nuestra mente no podría por si solo producir. 

Nosotros de ordinario, vamos por la vida resignados, y nos hemos habituado al hecho de que no puede suceder ya nada de nuevo, algo bello. Pero de hecho la novedad existe. 

¿Cuál es esta novedad? 

Hemos visto el jueves santo el camino de Jesús que, viniendo del Padre, estaba a punto de regresar a Él: su hora había llegado (Jn 13, 1). 

Pero después viene la muerte, y la muerte ha dado la impresión de interrumpir este camino, ha buscado de muchas maneras que también Jesús concluyera su vida con ella, en su casa, en su viaje terreno. Pero no ha sido así. 

María de hecho va al sepulcro pensando encontrar la muerte y no la encuentra. 

El sepulcro está vacío, la casa de la muerte ha sido devastada: alguien ha sido más fuerte que ella (Lc 11, 22). 

María de Magdala va al sepulcro a llevar su triste tributo de muerte. Va con perfumes, porque la única cosa que puede hacer es cubrir el olor corrosivo de la muerte con el perfume de su amor. Es la única cosa que le queda hacer. 

Nosotros vivimos convencidos de que encontraremos la muerte detrás de cada ángulo, que está ahí esperándonos, esperando tender una emboscada, para decirnos que todo aquello en lo que creemos, en realidad no existe. Está ahí para decirnos que nuestra esperanza más bella está destinada a terminar encerrada en un sepulcro con ella para siempre. 

La muerte así, se convierte en una señora, patrona de nuestra vida, y terminamos viviendo para ella: le damos el poder de someternos, vivimos con el pensamiento fijo de estar en camino hacia ella, así como María de Magdala va hacia el sepulcro. 

Pero la muerte aquella mañana no está ahí esperando a las mujeres. María no encuentra aún al Resucitado, pero no encuentra tampoco la muerte. 

Entonces, la segunda grande y bella noticia de Pascua es que la muerte no existe más. Y es de veras una muy bella noticia, de aquellas que son capaces de cambiarnos la vida. 

Cambia también la vida de Pedro y de Juan, informados por María se dirigen al sepulcro (Jn 20, 3), pero ellos hacen algo más: entran (Jn 20, 6.8). El Evangelio se detiene en este entrar: uno llega primero, el otro poco después pero entra enseguida, después lo hace el otro. 

Quizá se quiere subrayar la importancia de este entrar y de que todos para entrar, tienen su propio  tiempo. Antes o después los dos entran. Entran en el lugar de la muerte, en el reino de la muerte y ven que está vacío: Jesús ha salido de él. Ven que todos los instrumentos que la muerte utilizaba para tener a los hombres ligados a ella están ahí por tierra, o dejados doblados en lugar a parte (Jn 20, 5-7); y no sirven más a nada, no atan a ninguno. La muerte no envuelve más la vida, ha sido vaciada de su poder. 

El Evangelio dice que el otro discípulo después de haber visto esto “creyó” (Jn 20, 8): creer es entonces un modo de ver en profundidad, reconocer que la ausencia de un cuerpo no habla de un robo, sino de una vida nueva acontecida. Ve un vacío pero cree que este vacío es en realidad plenitud. 

Y es eso a lo que hoy estamos llamados a hacer: entrar en los lugares de la muerte, y estar ahí en el límite del sepulcro, para ver y creer que no obstante la muerte continua a darnos miedo, en realidad no tiene más poder. 

Somos personas llamadas a habitar ahí, en el umbral del sepulcro, como teniendo una frontera abierta, un paso; a vivir en continuación este movimiento: de la muerte a la vida. 

A ver que los signos de la muerte están todavía presentes en nosotros y fuera de nosotros, pero a creer también  en esta novedad grande y absoluta de un “más fuerte” que ha venido a este mundo a derrotar a aquel enemigo que el hombre por sí solo, no habría nunca, ni siquiera podido afrontar. 

+Pierbattista